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miércoles, 24 de marzo de 2021

EL REALISMO

 EL CUENTO REALISTA

La literatura realista representa un mundo que los actores consideramos posible y ese mundo responde a la lógica corriente, según la cual se puden explicar las conductas humanas, así como las situaciones cotidianas y otras menos habituales, pero siempre verosímiles. Como el realismo excluye lo sobrenatural y lo inexplicable, el lector se ubica en un espacio y un tiempo que puede reconocer o imaginar como reales.
Este movimiento se caracteriza por su intento de reproducir fielmente la realidad, a través de la observación objetiva y directa de ambientes y personajes. Las obras tienen como protagonista al hombre común, con sus miserias y virtudes, sus esperanzas y fracasos, para terminar funcionando como vehículos de denuncia ante las situaciones de injusticia social que plantean.
En la narrativa, la corriente artística del realismo tuvo un momento de enorme desarrollo, tanto en Europa como en América, en la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, los recursos propios del realismo, centrados en crear ilusión de ralidad existen desde mucho antes de esa época y se sigue usando en la actualidad. Muchas veces estos recursos se utilizan en obras literarias que no son predominantemente realistas.
Actualmente, los textos realistas ya no se parecen a las novelas del siglo XIX, porque la esperanza de poder explicarlo todo se ha desvanecido. Además, se ha ahondado en formas de conocer y representar la realidad frente a las cuales las técnicas del realismo resultan poco satisfactorias: las ciencias exactas, el desarrollo de otras artes tales como el cine, la producción de imágenes virtuales, etc.

Carcateres del realismo:

- Observación del mundo humano y material: el escritor comienza a preocuparse por el consumo que lo rodea (ideas, hombres, costumbres, problemas, sociedad, política, cosas) y lo aprovecha como materia literaria.

- La descripción: este procedimiento literario es el más empleado por el autor realista para conseguir sus intenciones.

Finalidades extraliterarias: además de considerarse a la literatura como obra de arte, se la considera como un instrumento apto para otros fines, como los sociales, políticos o religiosos.

- Ampliación del repertorio de personajes: se incorporan a la literatura, como personajes de interés artístico, figuras comunes, vulgares, feas, malvadas o viciosas, que no revisten el carácter de héroes, prototipos o modelos como antes.

- Contemporaneidad: los temas que se desarrollan o personajes que se incorporan, son contemporáneos y no antiguos o históricos. 

- Ausencia de voluntarismo y sentimientalismo: los personajes no son ya ejemplos de voluntades firmes que se imponen sobre la vida, ni tampoco están motivadas por el sentimiento; son por lo general, vencidos o enfermos.

- Tesis: la obra encierra una tesis o idea, de corrección o mejoramiento de la sociedad circundante.

- Ampliación del público tradicional: no se escribe en adelante para minorías aristocráticas y cultas, sino para el público en general.

- Acción: las obras se centran en torno a una acción (física, emocional o ideológica) que logra un descenlace natural, de acuerdo con la psicología de los actores, las circunstancias del hecho y no con la imaginación del autor.

- Novela y teatro: el realismo cultivó principalmente la novela y el teatro.

- Prosa: los realistas escribieron mayoritariamente en prosa y se sostiene que no existió un realismo en poesía.

LA DESCRIPCIÓN EN LOS CUENTOS REALISTAS

La descripción es sin lugar a dudas el recurso que más se utiliza en la redacción de un cuento realista. Estos relatos presentan descripciones de los lugares donde ocurren los hechos y de los personajes, animales y objetos que se mencionan en los mismo. Las descripciones no solo cumplen la función de hacer más entretenida la narración sino también de ubicar las acciones en un ambiente determinado y de reconocer fácilmente los elementos que lo integran. Por lo general, los cuentos realistas presentan una relación muy estrecha entre los resonajes y su entorno. Para producir el efecto o ilusión de realidad tan necesaria para este subgénero, las descripciones del ambiente donde se desarrolla la historia deben ser lo más precisas y detalladas posible.

Sobre el cuento realista hispanoamericano

Sustituye el tono de la exaltación del romanticismo por otro más objetivo y ceñido a la verosimilitud de los hechos narrados desde el exterior. por esa razón los personajes realistas carecen de la complejidad sentimental de los románticos y se acercan al costumbrismo regional en tipos y caracteres populares, que además utilizan un lenguaje pintoresco sin alardes retóricos, antes los cuales el narrador actúa como testigo u oyente:

"No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hace cinco meses y tanto me sorprendió la maravilla que juzgo una acción criminal el no comunicarla..."

El clis del sol. Manuel González Zeledón (Magón)
Costa Rica, 1.864 - 1.935

El realismo en Hispanoamérica

En Hispanoamerica el realismo comenzó a manifestarse hacia 1.880, surgiendo con unos años de atraso en relación con el realismo europeo, especialmente el francés y el español.
Resulta muy curioso que en el continente americano este movimiento haya sido contemporáneo del modernista, sobre todo porque la literatura modernista fue más bien una literatura de evasión, es decir, lo opuesto a la realidad.
Pero el realismo se fue gestando paulatinamente, desde los últimos años del romanticismo, a través de las obras costumbristas. Este costumbrismo romántico fue el que creó el gusto por la documentación menuda en la novela, mostró una nueva técnica de ver las cosas, acostumbró al público a enterarse de aspectos ridículos y vulgares de la vida social.
Los temas fueron los propios de cada país. Así, en la Argentina, las novelas y cuentos realistas trataron los problemas de la crisis financiera, la gran oleada inmigratoria procedente de Europa, la corrupción política, la vida pueblerina, el caudillismo, la decadencia de las costumbres familiares, la transformación de Buenos Aires en una gran capital cosmopolita, las revoluciones, las vida de la alta sociedad, los viajes rumbosos de los nuevos ricos a Europa y otros pormenores de la vida nacional, sobre todo de la vida urbana.
En México, en cambio, los temas fueron algo distintos: las luchas por la posesión de la tierra, la vida de las clases pobres en la capital, la política viciosa, las asonadas y revoluciones, la vida social, los matrimonios por conveniencia, la actitud consevadora de algunos individuos, etc.
En la literatura chilena, en cambio, fueron particularmente notables los temas sobre la vida en las minas, la oposición entre capitalinos y provincianos, la lucha por el ascenso en la escala social.
Sin embargo, hubo conciencia en el enfoque de esos temas, en cuanto a que todos los escritores asumieron una actitud de crítica social.
Entre los más importantes escritores hispanoamericanos del realismo se destacan: Roberto J. Payró (Argentina), Alberto Blest Gana y Baldomero Lillo (Chile), Tomás Carrasquilla (Colombia), José López Portillo (México) y Florencio Sánchez (Uruguay-Argentina).

Fuente: Carlos A. Loprete - Literatura Hispanoamericana y Argentina - Plus Ultra
Lengua II - Prácticas del lenguaje - Editorial Santillana

miércoles, 12 de septiembre de 2018

EL CUENTO REALISTA

 REALISMO 

DEFINICIÓN

Los cuentos realistas son narraciones basadas en hechos reales, o imitados de la realidad, cuya principal condición es la verosimilitud.

ORIGEN

Junto a las narraciones maravillosas más antiguas aparecen otras con caracteres realistas manifiestos. Este tipo de relato se cultivó siempre, en todas las literaturas y en todos los tiempos y especialmente a partir de las últimas décadas del siglo XIX, cuando alcanza su mayor difusión.

CARACTERÍSTICAS

En el cuento realista, los elementos y las situaciones están tomados de la realidad, que es el medio concreto en que se desarrolla la vida del hombre.
El autor, al narrar, se coloca o intenta colocarse en una posición objetiva. Es decir, que no quiere reflejar ni sus opiniones, porque su intención es retratar sin deformar. Por eso, los escritores realistas prefieren las formas de la narrativa y el teatro que les permiten mantener la objetividad. Utilizan la tercera persona gramatical y adoptan la perspectiva de autor omnisciente.
El hecho narrado pretende dar impresión de vida real y, aunque no haya sucedido, adquiere características de verosimilitud. A veces el autor parte de un hecho ocurrido en el pasado, recogido o no por la historia, para producir en el lector la impresión de posible y creíble. Sin embargo, en la mayoría de los casos la realidad observada, los personajes y los temas son contemporáneos al autor y la anécdota es un mero pretexto para el estudio de caracteres y costumbres.
Los personajes también son verosímiles. Se constituyen en tipos, que sintetizan las características más comunes a un grupo. Son, además, una imitación de seres existentes y cotidianos y se encuentran descriptos con más pormenores que en otras clases de relatos.
En el cuento realista el espacio adquiere mayor importancia. Aparece determinado con gran presición con el objeto de crear una atmósfera, un clima de ralidad. Para ello, los autores recurren a la descripción detallada, especialmente de interiores y objetos, como fruto de la observación directa y minuciosa.
La acción se desarrolla en un tiempo lineal y cronológico que, en ocasiones, se indica con exactitud.
En su afán de verosimilitud el escritor realista reproduce el lenguaje de los personajes, hablas locales, modismos, formas coloquiales.

CONCLUSIÓN

En resumen, el cuento realista es una presentación seria y aún trágica de la vida de todos los días. Con estos caracteres nace en la última década del siglo pasado y se sigue cultivando hasta ahora con pocas variantes.

sábado, 8 de septiembre de 2018

CUENTO - LA TINAJA (CON ACTIVIDAD)

 REALISMO 

La tinaja (1909)
(“La giara”)


Luigi Pirandello
(Agrigento, Italia, 1867 - Roma, 1936)

Aquella cosecha había sido abundante también en olivas. Ramas fructíferas, cargadas el año anterior, habían conseguido fortalecerse pese a la niebla que las había acechado mientras florecían.
Zirafa, que en su finca de las Quote, en Primosole, tenía muchos olivos, previendo que los cinco viejas tinajas de barro esmaltado, que guardaba en el sótano, no serían suficientes para contener todo el aceite de la nueva cosecha, había encargado tiempo atrás una sexta tinaja, de mayor capacidad, en Santo Stefano di Camastra, donde se fabricaban: que fuera alto hasta el pecho de un hombre, barrigón y majestuoso, para que actuara como el padre prior de los otros cinco.
Pero se había peleado con el fabricante. ¿Y con quién no se peleaba don Lollò Zirafa? Por cualquier nadería, incluso por una pequeña piedra caída de un muro, incluso por una brizna de paja, pedía a gritos que le ensillaran la mula para correr a la ciudad e iniciar las prácticas legales para la denuncia. A fuerza de papel sellado y de honorarios de abogados, citando a Mengano y a Fulano y pagando siempre todos los gastos, casi se había arruinado.
Decían que su consultor legal, cansado de que apareciera dos o tres veces por semana, para librarse de él, le había regalado un librito parecido a los de la misa: el código penal, para que él mismo intentara encontrar el fundamento jurídico de los litigios en que quería involucrarse.
Antes, para burlarse de él, todas las personas con quienes se metía le decían: «¡Pida que le ensillen la mula!», ahora, en cambio, le repetían: «¡Consulte su chuleta!».
Y don Lollò contestaba:
—¡Seguro que lo haré, y os fulminaré a todos, hijos de perra!
Aquella tinaja nuevo, que le había costado cuatro onzas contantes y sonantes, mientras aguardaba un lugar adecuado en el sótano, fue colocado provisionalmente en el lagar. Una tinaja así era algo inaudito. En aquel antro impregnado de olor a mosto y del hedor agrio y crudo de los lugares sin aire y sin luz, daba pena.
Dos días antes había empezado la varea de las aceitunas y don Lollò estaba colérico porque no sabía cómo repartir su tiempo. No sabía de quién ocuparse primero, entre los hombres que habían venido para la varea y los que traían las mulas cargadas de fimo, para depositarlo en montones por la costa, de cara a la siembra de habas de la nueva estación. Y blasfemaba como un turco, amenazando con fulminar a este o a aquel si cada montón de fimo no tenía las mismas dimensiones o si faltaba una aceituna —una sola aceituna—, como si antes las hubiera contado, una por una, en los olivos. Con el sombrero blanco, los brazos y el pecho descubiertos, el rostro acalorado y bañado en sudor, corría de un lado para el otro, con sus ojos de lobo, frotándose con rabia sus mejillas afeitadas, donde la barba prepotente brotaba pese al rasurado de la navaja.
Al final del tercer día, tres de los campesinos que habían vareado aceitunas, al entrar en el lagar para depositar las escaleras y las cañas, se quedaron sorprendidos al ver la nueva y hermosa tinaja rajada en dos partes, como si alguien, de un único corte que recorría toda la amplitud de la barriga, hubiera cortado la parte delantera.
—¡Mirad! ¡Mirad!
—¿Quién habrá sido?
—¡Oh, madre mía! ¿Y quién lo aguanta ahora a don Lollò? ¡La tinaja nueva, qué lástima!
El primer campesino, más asustado que el resto, propuso que cerraran la puerta y que se fueran en silencio, dejando las escaleras y las cañas apoyadas en el muro, afuera. Pero el segundo dijo:
—¿Estáis locos? ¿Con don Lollò? Sería capaz de decir que se la hemos roto nosotros. Quedémonos aquí.
Salió del lagar y, poniéndose las manos a ambos lados de la boca para amplificar el sonido de su voz, llamó:
—¡Don Lollò! ¡Ay, don Lollòoo!
Zirafa estaba con los hombres que descargaban fimo: gesticulaba como siempre, furiosamente, calándose de vez en cuando con ambas manos el sombrero blanco en la cabeza, tan fuerte que a veces no podía quitárselo después. En el cielo se apagaban los últimos fuegos del crepúsculo y, en la paz que descendía sobre el campo con las sombras de la noche y la dulce frescura, destacaban los gestos de aquel hombre siempre enfadado.
—¡Don Lollò! ¡Ay, don Lollòoo!
Cuando subió y vio el desastre, pareció que enloquecía. Se lanzó primero contra aquellos tres, aferró a uno por la garganta y lo estampó contra la pared, gritando:
—¡Por la sangre de la Virgen, que me lo pagarás!
Aferrado a su vez por los otros dos, trastornados en sus rostros térreos y bestiales, dirigió contra sí mismo su furibunda rabia, arrojó al suelo su sombrero, se golpeó las mejillas, pataleando y despotricando como los que lloran a un pariente muerto:
—¡La tinaja nueva! ¡Una tinaja de cuatro onzas! ¡Todavía sin estrenar!
¡Quería saber quién se la había roto! ¿Era posible que se hubiera roto sola? ¡Alguien, por fuerza, tenía que haberla roto, por infamia o por envidia! Pero ¿cuándo? ¿Cómo? ¡No había señal de violencia alguna! ¿Acaso había llegado rota de la fábrica? ¡No, que no! ¡Sonaba como una campana!
Apenas los campesinos vieron que el primer enfado se había evaporado, empezaron a exhortarlo a calmarse. La tinaja se podía reparar. No se había roto de mala manera. Sólo una raja. Un buen alfarero la arreglaría. Justamente Zi’ Dima Licasi había descubierto una resina milagrosa, de la cual guardaba celosamente el secreto: una resina que, una vez seca, vencería a cualquier martillo. Si don Lollò quería, Zi’ Dima Licasi podía venir mañana al amanecer y en un momento la tinaja estaría mejor que antes.
Ante aquellas exhortaciones don Lollò decía que no, que era inútil, que ya no había remedio alguno; pero finalmente se dejó persuadir, y al día siguiente, al amanecer, puntual, se presentó en Primosole Zi’ Dima Licasi, con la canasta de herramientas a cuestas.
Era un viejo cojo, con las articulaciones deformes y nudosas, como una antigua rama de olivo sarraceno. Para sacarle una palabra de la boca se necesitaba un garfio. Había desdén o tristeza radicados en su cuerpo deforme, y también desconfianza porque nadie podía comprender ni apreciar justamente su mérito de inventor, todavía sin patente. Zi’ Dima Licasi quería que hablaran los hechos. Además tenía que protegerse para que no le robaran su secreto.
—Enséñeme esa famosa resina —le dijo enseguida don Lollò, después de haberlo observado detenidamente, con desconfianza.
Zi’ Dima negó con la cabeza, muy digno.
—La verá en la obra.
—Pero ¿saldrá bien?
Zi’ Dima puso la cesta en el suelo, sacó un grueso y viejo pañuelo de algodón rojo, que estaba enrollado; empezó a desenrollarlo lentamente, entre la atención y la curiosidad de todos los presentes, y cuando finalmente sacó un par de gafas con el arco y las patillas rotas, remendadas con hilo bramante, él suspiró y los demás se rieron. Zi’ Dima no se inmutó, se limpió los dedos antes de coger las gafas, se las puso, luego empezó a examinar con mucha gravedad la tinaja, que había sido trasladada a la era. Dijo:
—Saldrá bien.
—Pero sólo con la resina —confesó Zirafa— no me fío. También quiero unos puntos.
—Me voy —contestó Zi’ Dima sin más palabras, levantándose y cargando de nuevo la cesta en los hombros.
Don Lollò lo sujetó por un brazo.
—¿Adónde va? Señor cerdo, ¿así me trata usted? ¡Mira tú qué aires de Carlomagno! Miserable burro, tengo que poner aceite ahí dentro, ¡y el aceite transpira! Un corte de una milla, ¿quiere repararlo sólo con resina? Quiero puntos con hilo de hierro. Resina y puntos. Aquí mando yo.
Zi’ Dima cerró los ojos, apretó los labios y sacudió la cabeza. ¡Todos eran iguales! Le estaba negado el placer de realizar un trabajo limpio, escrupulosamente realizado según las reglas del arte, y dar prueba de las virtudes de su resina.
—Si la tinaja —dijo— no suena de nuevo como una campana…
—No oigo nada —lo interrumpió don Lollò—. ¡Los puntos! Pago resina y puntos. ¿Cuánto le debo?
—Sólo con la resina…
—¡Por Dios, qué cabeza tan dura! —exclamó Zirafa—. ¿Acaso no me entiende? He dicho que quiero puntos. Nos entenderemos cuando termine el trabajo, ahora no tengo tiempo que perder.
Y se fue, para ocuparse de sus hombres.
Zi’ Dima se puso manos a la obra, inflamado de ira y de rabia. Y su ira y su rabia crecieron ante cada agujero que practicaba con el taladro en la tinaja y en la parte que se había despegado, para que pasara el hilo de hierro de la costura. Acompañaba el ruido del taladro con gruñidos cada vez más frecuentes y más fuertes, y su rostro se volvía más verde por la bilis y sus ojos más agudos y encendidos por la irritación. Cuando terminó aquella primera operación, lanzó con rabia el taladro a la cesta; aplicó la parte despegada a la tinaja para comprobar que los agujeros se encontraran a la misma distancia y que se correspondieran en ambas partes, luego con las tenazas cortó tantos pedazos de hilo de hierro como puntos tenía que coser, y le pidió ayuda a uno de los campesinos que vareaban.
—¡Ánimo, Zi’ Dima! —le dijo aquel, viendo su rostro alterado.
Zi’ Dima levantó una mano en un gesto rabioso. Abrió la caja de hojalata que contenía la resina y la levantó, removiéndola, como si se la ofreciera a Dios, porque los hombres no querían reconocer sus virtudes. Luego, con el dedo, empezó a untar el borde de la parte despegada y la superficie a lo largo del corte, cogió las tenazas y los pedazos de hilo de hierro que había preparado antes, y entró en la barriga abierta de la tinaja, ordenándole al campesino que aplicara la otra parte, tal como unos minutos antes había hecho él. Antes de empezar a coser los puntos, le dijo al campesino desde el interior de la tinaja:
—¡Tira! ¡Tira con todas tus fuerzas! ¿Ves que no se despega? ¡Maldito quien no se lo crea! ¡Golpea, golpea! ¿Suena, si o no, como una campana, incluso conmigo dentro? ¡Ve, ve a decírselo a tu amo!
—¡Quien está arriba, manda, Zi’ Dima —suspiró el campesino—, y quien está abajo, obedece! Cosa los puntos.
Y Zi’ Dima hizo pasar cada pedacito de hilo de hierro por los dos agujeros contiguos, uno a cada lado de la soldadura, y cerró los extremos con las tenazas. Necesitó una hora para coser todos los puntos. Sudaba como una fuente en el interior de la tinaja. Mientras trabajaba, maldecía por su mala suerte. Y el campesino, desde fuera, lo consolaba.
—Ahora ayúdame a salir —dijo finalmente Zi’ Dima.
Pero aquella tinaja era tan amplia de barriga como estrecha de cuello. Zi’ Dima, por el enfado, no se había dado cuenta de ello. Ahora intentaba salir y no lo conseguía. Y el campesino, en lugar de ayudarlo, se retorcía de la risa. Atrapado en la tinaja que él mismo había reparado y que ahora —no había otra manera— tenía que romperse de nuevo (y para siempre) para que él pudiera salir.
Ante las risas y los gritos, acudió don Lollò. Zi’ Dima, en la tinaja, parecía un gato rabioso.
—¡Déjenme salir! —gritaba—. ¡Por los clavos de Cristo, quiero salir! ¡Enseguida! ¡Ayuda!
Al principio don Lollò se quedó aturdido, no podía creer lo que veía.
—¿Cómo? ¿Adentro? ¿La ha cosido consigo dentro?
Se acercó a la tinaja y le gritó al viejo:
—¿Ayuda? ¿Y qué ayuda puedo darle yo? Viejo tonto, ¿cómo? ¿No tenía que tomar las medidas antes? Inténtelo, saque un brazo… así… y la cabeza… arriba… ¡No, despacio! ¡Espere! ¡Así no! Abajo, abajo… ¿Cómo lo ha hecho? ¿Y ahora? La tinaja… ¡Calma! ¡Calma! ¡Calma! —les decía a todos los presentes, como si fueran los demás y no él quienes estuvieran a punto de perderla—. ¡Mi cabeza echa humo! ¡Calma! Es un caso nuevo… ¡La mula!
Golpeó la tinaja con los nudillos. De verdad sonaba como una campana.
—¡Muy bien! Como nueva… ¡Espere! —le dijo al prisionero—. ¡Ensilla la mula! —le ordenó a un campesino y, rascándose la frente con todos los dedos, continuó diciendo para sus adentros: «¡Mira tú, qué me ha pasado! ¡Esta no es una tinaja! ¡Es un aparato diabólico! ¡En marcha!».
Y corrió a sujetar la tinaja, en cuyo interior Zi’ Dima, furibundo, se movía como un animal atrapado.
—¡Es un caso nuevo, querido mío, que tiene que solucionar el abogado! Yo no me fío. ¡La mula! ¡La mula! ¡Vuelvo enseguida, tenga paciencia! Por su propio interés… Mientras tanto, muy despacio… ¡Calma! Tengo que velar por mis intereses. Y antes que nada, para salvar mi derecho, cumplo con mi deber. Le pago el trabajo, le pago la jornada. Cinco liras. ¿Es suficiente?
—¡No quiero nada! —gritó Zi’ Dima—. ¡Quiero salir!
—Saldrá. Pero, mientras tanto, yo le pago. Aquí, cinco liras.
Las sacó del bolsillo de su chaleco y las tiró en el interior de la tinaja. Luego preguntó, precavido:
—¿Ha desayunado? ¡Que traigan enseguida pan con algo! ¿No quiere? ¡Tírenselo a los perros! Me basta con habérselo ofrecido.
Ordenó que se lo ofrecieran; montó en la mula y se dirigió a la ciudad al galope. Quien lo viera, creería que iba a encerrarse voluntariamente en un manicomio, por la extraña y agitada manera en que gesticulaba.
Por fortuna, no le tocó esperar en el despacho del abogado; pero, cuando le expuso el caso, tuvo que esperar bastante antes de que este terminara de reírse. Le irritaron aquellas risas.
—¿De qué se ríe, con perdón? ¡A su señoría no le molesta! ¡La tinaja es mía!
Pero el abogado continuaba riéndose y quería que le relatara de nuevo lo ocurrido, para reírse más. Adentro, ¿eh? ¿La había cosido consigo dentro? Y él, don Lollò, ¿qué pretendía? Te… te… tenerlo ahí dentro… ay, ay, ay… tenerlo ahí dentro para no perder la tinaja.
—¿Tengo que perderla? —preguntó Zirafa con los puños cerrados—. No basta con el daño: ¡además la burla!
—¿Sabe cómo se llama esto? —le dijo finalmente el abogado—. ¡Se llama secuestro!
—¿Secuestro? ¿Y quién lo ha secuestrado? —exclamó Zirafa—. ¡Se ha secuestrado solo! ¿Qué culpa tengo yo?
Entonces el abogado le explicó que se trataba de dos casos diferentes. Por un lado él, don Lollò, tenía que liberar enseguida al prisionero para no tener que responder por secuestro ante la ley; por el otro, el alfarero tenía que responder por el daño que había provocado con su incompetencia o tontería.
—¡Ah! —Zirafa retomó el aliento—. ¡Pagándome la tinaja!
—¡Cuidado! —observó el abogado—. ¡Pero no como si fuera nueva!
—¿Y por qué?
—¡Porque estaba rota, claro!
—¿Rota? ¡No, señor! Ahora está entera. ¡Mejor que antes, lo dice él mismo! Y si vuelvo a romperla, no podré hacerla reparar de nuevo. ¡Una tinaja perdida, señor abogado!
El abogado le aseguró que ese factor se tendría en cuenta, y que lograría que Zi’ Dima lo pagara según el estado en que se encontraba ahora.
—Es más —le aconsejó—, pídale a él mismo que la tase.
—Le beso las manos —dijo don Lollò, corriendo hacia su casa.
De regreso, por la noche, encontró a todos los campesinos de celebración alrededor de la tinaja habitada. Participaba en la celebración incluso el perro guardián, saltando y aullando. Zi’ Dima no sólo se había calmado, también se divertía por su extravagante aventura y se reía de ella con la mala alegría de los tristes.
Zirafa apartó a todos de la tinaja y se asomó para mirar en su interior.
—¡Ah! ¿Estás bien ahí?
—Muy bien. Al fresco —contestó aquel—. Mejor que en mi propia casa.

—Me alegra. Pero te advierto que esta tinaja me costó cuatro onzas, nueva. ¿Cuánto crees que pueda costar ahora?
—¿Conmigo dentro? —preguntó Zi’ Dima.
Los villanos se rieron.
—¡Silencio! —gritó Zirafa—. De estas dos opciones es válida una sola: tu resina sirve o no. Si no sirve, eres un impostor; si sirve, la tinaja, tal como está, tiene su precio. ¿Qué precio? Tásala tú.
Zi’ Dima se quedó un rato reflexionando, luego dijo:
—Le contesto. Si usted hubiera dejado que la arreglara sólo con mi resina, como yo quería, antes que nada, no estaría aquí dentro y la tinaja tendría más o menos el mismo precio que antes. Con estos puntos que he tenido que darle a la fuerza, ¿qué precio podría tener? Un tercio de lo que valía, más o menos.
—¿Un tercio? —preguntó Zirafa—. ¿Una onza y treinta y tres?
—Menos sí, más no.
—Pues bien —dijo don Lollò—, confío en tu palabra: dame una onza y treinta y tres.
—¿Qué? —dijo Dima, como si no hubiera entendido.
—Si rompo la tinaja para que puedas salir —contestó don Lollò—, según dice mi abogado, tú me la tienes que pagar según tu propia estimación: una onza y treinta y tres.
—¿Yo, pagar? —se rio Zi’ Dima—. ¡Su señoría bromea! Aquí me quedo hasta que me muera.
Y, tras sacar de su bolsillo su pipa con restos de tabaco incrustados, la encendió y se puso a fumar, echando el humo por el cuello de la tinaja.
A don Lollò le sentó mal esa reacción. Ni su abogado ni él habían previsto este otro caso: que Zi’ Dima no quisiera salir de la tinaja. ¿Y cómo se solucionaba eso ahora? Estuvo a punto de ordenar de nuevo «¡La mula!», pero se percató de que ya era de noche.
—¿Ah, sí? —dijo—. ¿Quieres domiciliarte en mi tinaja? ¡Todos sois testigos! Él no quiere salir, para no pagar: ¡yo estoy dispuesto a romperla! Mientras tanto, como quiere estar allí, mañana lo cito por ocupación abusiva y porque impide mi uso de la tinaja.
Zi’ Dima echó otra humada, luego contestó, plácido:
—No, señor. No quiero impedirle nada. ¿Acaso estoy aquí por placer? Déjeme salir y me voy de buena gana. Pagar… ¡ni en broma, su señoría!

Don Lollò, en un arranque de rabia, levantó un pie para darle una patada a la tinaja, pero se contuvo; en cambio, la aferró con ambas manos y la sacudió, temblando:
—¿Has visto qué resina? —le dijo Zi’ Dima.
—¡Eres apto para la cárcel! —rugió entonces Zirafa—. ¿Quién ha provocado el daño, tú o yo? ¿Y tengo que pagarlo yo? ¡Muérete de hambre, ahí dentro! ¡Y veremos quién gana!
Y se fue, sin pensar en las cinco liras que había tirado en la tinaja por la mañana. Para empezar, Zi’ Dima pensó en proseguir la juerga —con aquellas cinco liras— con los campesinos que, a causa del retraso por aquel extraño accidente, pasarían la noche en el campo, al aire libre, en la era. Uno fue a la taberna más cercana para comprar lo necesario. Como parte de la conspiración, lucía una luna que brillaba como si fuera de día.
En cierto momento don Lollò, que se había ido a dormir, fue despertado por un ruido infernal. Se asomó a un balcón de su granja y vio en la era, bajo la luna, a una multitud de diablos: los campesinos borrachos que, cogidos de la mano, bailaban alrededor de la tinaja. Zi’ Dima, en su interior, cantaba a grito pelado.
Esta vez don Lollò no aguantó más: se abalanzó afuera como un toro enfurecido y, antes de que tuvieran la oportunidad de detenerlo, con un empujón envió la tinaja abajo, por la cuesta de la montaña. Rodando, acompañado por las risas de los borrachos, la tinaja se quebró contra un olivo.
Y Zi’ Dima venció.

LA TINAJA: Actividad

1) Nombrar y describir los distintos personajes del relato.
2) Describir el conflicto y al resolución de esta historia.
3) ¿Se podría decir que este cuento posee más de un conflicto y una resolución? (Justificar).
4) Seleccionar tres fragmentos del relato, donde el autor intenta hacer reír a sus lectores.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

CUENTO - LA TRAVESÍA

 REALISMO 

La travesía
Pedro Orgambide

Un carro avanzaba por el camino, en medio de la tierra árida. Planeaban en lo alto los chimangos, volaban su vuelo fúnebre sobre las osamentas.
–Perros –masculló el hombre.
Volvió su mirada a los médanos, más allá todavía, hacia la tierra fértil que había abandonado. La mujer observó el rostro del hombre en una muda súplica que nadie vio. Acarició a su chico con paciencia. El carro se balanceaba, ebrio, en el arenal.
–Hay que empezar de nuevo –meditó la mujer.
–Perros –repitió el hombre.
Azuzaba al caballo, los ojos fijos en el camino, en las nubes de polvo que un viento seco levantaba en la huella.
–…Mirá que decirme negro peleador y borracho –recordó, mientras los chimangos formaban un círculo en el aire, una herradura negra sobre el yermo–. Mirá que decirme eso a mí, que nunca me metí con nadie…
–Olvidá, ché.
–No puedo.
El chico los oía hablar, ajenos y lejanos, mientras miraba las huellas que dejaban las ruedas del carro en el camino. Quería dormir o jugar con su perro o ir a cazar martinetas en el monte. Quería cualquier cosas menos eso, el estar allí, tirado, junto a los paquetes, los catres, y el armario atado con sogas de la familia errante.
–Tengo sed –dijo el chico, y bebió el agua tibia de la lata. El campo entero parecía tener sed. No se veía un solo rancho. El perro, que trotaba detrás del carro, de vez en cuando encontraba un delgado, casi invisible hilo de agua, y corría hacia él con ladridos de júbilo. Túmulos de arena, algo menos que dunas, orilleaban aún la vastedad de la planicie. Ella se extendía ante los ojos del hombre como si fuera un desafío.
La mujer creyó oír la música del agua; rodaba como un eco, se confundía al ruido monótono del carro en el camino. Bastaba callar para escuchar la música.
–No estés triste –dijo.
–Nos quitaron la tierra –se quejó el hombre–. Todo, todito.
–No estés triste, te digo.
La mujer entregó la lata al hombre, que bebió en dos sorbos rápidos, para encender después un cigarrillo. Un gusto ácido le llenó la boca, pero siguió fumando, rumiando su pena. Aminoró la marcha. El caballo babeaba su sed. No se veía otra cosa que esa mancha amarilla, casi infinita, del desierto. El chico se adormecía, afiebrado, buscaba el regazo de la madre. Ella humedeció sus labios en la lata y después la cubrió con la arpillera. Sentían la ropa pegajosa de tierra y de sudor, los ojos enardecidos, y las manos torpes, cansadas.
–Vamos al valle –informó el hombre, como si en esas tres palabras cifrara su esperanza.
–¿Y qué hacemos, decí? –preguntó involuntariamente la mujer, a las espaldas de su compañero.
–Trabajamos, ¿qué otra cosa hay que hacer?
–Lastima la casa…
–No hay casa, no hay tierra. Eso es como robar, ¿oís? Así me dijo el funcionario. Te juro: lo hubiera aplastado como a un bicho. Si no lo hice fue por vos, por la criatura…
Ella se volvió, sin contestar. El aire se espesaba sobre el llano, pesaba sobre la frente, encima de un pedregal que se extendía con sus efímeros yuyos hacia el Sur. El chico buscaba el aire con la boca abierta, gimoteando. Después se adormecía, confundiendo las imágenes del monte, escuchando el ladrido del perro, nadando en un río de aire en el que se hundía irremediablemente, lejos, muy lejos de los caballos que corrían libres por la llanura.
–El chico tiene fiebre –informó la mujer.
–Es el sol. Tapalo.
No hablaron más. Sintieron las bocas secas de silencio. Avanzaban esperando la noche, un poco de ese frío del Sur que vendría junto a las estrellas.
Semejante a una gran luciérnaga en el aire, se balanceaba el farol en la mano del hombre. Parecía buscar algo en la oscuridad, un rastro humano, una pisada. Parecía buscar algo en la oscuridad, un rastro humano, una pisada. El carro, detenido, cobijaba a su gente del frío de la noche. Levantó el farol y vio a lo lejos algo menos que un rancho, una tapera en la que ondulaba una bolsa con los golpes del viento. Se acercó casi sin esperanza. Era imposible que alguien viviera allí. Un bulto se perfiló en uno de los costados de la tapera. Observó entonces la presencia de un viejo y una cabra esquelética, y, más atrás, las sombras de la mujer y los chicos. El viejo contestó el saludo del desconocido, movió apenas los labios con esa total indiferencia del yermo: lo ojos apagados, gises, estudiando al paisano de la tierra próspera.
–Tengo la mujer y el chico afuera –explicó el hombre.
Pero el viejo no le contestó. Parecía absorto, valorando las alpargatas del desconocido.
–Voy hacia el valle –agregó éste.
–El valle –repitió el viejo con la misma ausencia de su gesto–. Yo estuve allí… hace mucho.
Calló, como si se arrepintiera de la evocación.
–Tenía casa –contó–, tenía tierra…
El viejo se volvió para ordenar a la mujer.
–Hace lugar que viene gente.
El hombre agradeció con un gesto y regresó junto al carro, siempre con el farol, con la luciérnaga parpadeando en las sombras. Al rato hizo su entrada en el rancho, seguido de los suyos. Un fuego tímido indicaba a los recién llegados algo así como un ritual de la solidaridad. Se reunieron alrededor del fuego, huérfanos y acompañados en la noche del Sur.
–El chico se me moría de tanto sol –dijo la mujer.
El viejo sonrió. Para él, aquellos campesinos sin tierra eran como chicos. “Paisanos flojos”, como todos los de la llanura, hombres que en el desierto andaban perdidos, muertos de sed, mostrando sus flojeras. Él no era de esos. Se había resignado a un pedazo de yermo, que nadie, ni loco, le disputaría.
–No se van a morir, no –aseguró el viejo mientras tomaba la botella de aguardiente que le acercaba al forastero–. Se acalientan nomás, pero no mueren, no.
–Hay que llegar al valle –casi juró el hombre.
–Está lejos –musitó la mujer.
–¡Uh! –comentó la vieja, una sombra que se hizo mujer al acercarse al fuego.
El viejo estalló en una carcajada y explicó señalando a la sombra:
–Está no sabe lo que es eso. Ésta no sabe si hay cristianos del otro lado de la huella.
Siguió bebiendo sin dejar de reír.
–Yo sí conozco el valle –dijo– yo sí conozco la tierra buena. La conozco ¿eh? Pero no vuelvo más. Ustedes son jóvenes. A ustedes les quitan la tierra y vuelven a empezar… pero yo… y éstos… Si ni nos quieren para abono.
–Acá no podría vivir –pensó el hombre en voz alta.
–¿No?
–Digo…
–Y, ¿digo puede vivir el pobre, don?
Para sus adentros, el hombre se prometió que nunca viviría así. Porque no era de hombres vivir así, como las bestias. El viejo salió de la tapera con la botella de aguardiente en la mano. Gente y perros quedaron junto al fuego, silenciosos, mirando las llamas que se apagaban lentamente. Por fin se recostaron en el suelo, disponiéndose a dormir. Sólo el viejo rezongaba afuera, ebrio y solitario. El hombre escuchó su risa, los insultos y el paso vacilante del viejo entre las sombras. Oyó luego cómo arrojaba la botella, un ruido a vidrios rotos, y luego el silencio, el gran silencio que rodeaba la tierra.
–No tengás miedo –le dijo a su mujer. Y se durmió.
Hacía varias horas que el viejo los despidiera, a un costado del camino. Hacía varias horas que el hombre acariciara los flancos del caballo, animándolo a seguir. Sabían que iban a librar un combate desigual, lo olían en el aire denso, pesado, de esa madrugada. De vez en cuando veían una osamenta, un fierro, una madera. Eran los únicos vestigios de una vida probable. Y lo difícil era avanzar en el silencio, en la esperanza de una voz humana, del paso de un animal, o el ruido del agua entre las piedras. “Solos” –pensó el hombre, sintiendo cómo se cerraba la soledad sobre la pampa blanca, achicándose como un puño en el pecho.
El hombre calculaba las energías del caballo. Trataba de administrarlas lo mejor posible, temeroso de vencerlo.
Sentía una oscura, inconfesada piedad por su animal.
–Vamos –lo animó chasqueando la lengua, esperando su reacción. Con esfuerzo el caballo apuró el paso, levantó la cabeza como queriendo respirar, se agitó en un ciego impulso que el hombre controló con la riendas. Después lo hizo marchar despacio por la huella.
–Todavía aguanta –informó a su mujer.
–Pobre –comentó ella, acercándose.
–Si se nos queda ahora…
Pero era mejor no pensarlo. De suceder así, tendrían que marchar a pie, sumar cansancio al viaje. Sin embargo, no era eso lo que más temían. Lo peor era sacrificar al animal, ayudarlo a morir. Lo habían previsto, pero lo callaban. No podían ceder ahora, ni con el pensamiento.
–Tenés que aguantar –casi gritó el hombre.
Un sol ardiente les golpeó con paciencia. Lenta, penosamente, el carro atravesaba la pampa blanca.
–Maldita tierra –dijo el hombre.
Muchas horas debieron pasar. El chico despertaba con una sensación extraña, como si aquello que veía no fuera realidad sino una de las tantas imágenes de su pesadilla.
La mujer inclinaba su cabeza, vencida de cansancio. Se escuchaba, lejano, el ladrido del perro. Muchas horas debieron pasar, muchas, porque el tiempo ya era un dolor muy viejo, alguna cicatriz del hombre mientras vagaba por la tierra.
La mujer acarició la mano de su compañero: deslizó sus dedos por la piel áspera curtida por el sol. Pensaba que a veces su hombre era como un chico. Lo acarició suave, lentamente, como cuando estaban junto al río.
–Ya falta poco –lo alentó.
Otra vez el chico regresó a su sueño: regresaba a los grandes árboles y al estampido de las escopetas de los cazadores, a un vuelo fugitivo de martinetas y a un chillido de pájaros. Lo despertó el ladrido del perro. Lo vio trotar, detrás del carro. Extendió sus brazos y silbó. El perro, de un salto, estuvo junto al chico. Sin fuerzas, jugaron igual que cuando corrían por el monte. Pero un gran cansancio subía de la tierra. Pronto terminaron de jugar. El chico se adormecía, otra vez, pese a los barquinazos. El pero se echó boca arriba, como esperando lluvia. Pero la lluvia no llegó. Pasaron bajo los nubarrones grises, sin esperanza.
–Maldita tierra –repitió el hombre.
–Ya falta poco –lo alentó la mujer.
A lo lejos surgieron unos barrancones rojos, tierra alzada de sed, moles de arcilla semejantes a la cresta de algún gallo gigante. El hombre no reparó en ellas. Observó al chico dormido, al perro boca arriba.
–Ojalá que aguante –dijo el hombre mirando al caballo que avanzaba ciego, sin necesidad de las riendas.
Los ojos se cansaban de mirar lo mismo. El carro parecía detenido en un punto fijo de esa nada, de un círculo eternamente repetido, rodando de pereza por el tiempo. Pero avanzaba, lento, como la esperanza del hombre, hacia los altos álamos del valle.

De "La buena gente", 1970

LA TRAVESÍA DE PEDRO ORGAMBIDE: Actividades

A) ¿CUÁL ES EL CONFLICTO DE ESTE RELATO Y EN QUE MOMENTO SE PRESENTA?

B) EL AUTOR ELIGE UNA FORMA POCO HABITUAL DE NOMBRAR A LOS PROTAGONISTAS DE SU OBRA. ¿DE QUÉ MANERA IDENTIFICA EL NARRADOR A SUS PERSONAJES?