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martes, 28 de junio de 2016

ARTICULO DE LA REVISTA EL CARAPACHAY, SOBRE LA OBRA EL CARAPACHAY DE SARMIENTO

CARAPACHAY POR SARMIENTO

El carapachayo Sarmiento.

Hay una imagen de Sarmiento que sin ser la más conocida es una especie de síntesis y resumen de su condición anclada entre la barbarie y la civilización. En 1855 o 1856 Sarmiento compra un terreno en el Delta de Tigre, cuando llega al lugar, que no era un desierto, y bajando nomás de la chalana que lo transportaba, agarra su carabina y en un arrebato de euforia que ni él mismo puede explicarse, comienza a tirar tiros al aire en señal de afirmación y de festejo. Durante 15 minutos, carga y detona el arma ante la mirada atónita de sus futuros vecinos. La anécdota referida se deja ver, sólo en parte, en el prólogo que Liborio Justo hace de “El Carapachay”, libro póstumo de Sarmiento que recopila los escritos que sobre el delta escribiera entre 1855 y 1883, y en rigor evoca un artículo crítico a la presidencia de Sarmiento publicado en el año 1874 en el diario La Nación. La anécdota, por genial que sea, representa sin embargo una anomalía en el texto, un injerto se podría decir, porque en realidad el prologó de Justo se centra en el rastreo de los antecedentes escriturales de El Carapachay. Se trata de un trabajo minucioso y detallado que recorre uno a uno los textos que antecedieron a Sarmiento, un Liborio Justo genuino, en su mejor expresión.

En lo que tiene que ver con el prólogo en general, la anécdota funciona como un impase en esa especie de historia de la literatura que ensaya Justo, otorgándole a todo el texto un tono justificativo, una impronta se podría decir, que posibilita lecturas tangenciales de la cuestión. En el mismo párrafo y antes de referirse a la anécdota Justo se pregunta como al pasar: “¿Cómo descubrió Sarmiento el Delta del Paraná?” y se responde con mucha perspicacia, “En realidad, podríamos decir que, antes de conocerlo, Sarmiento ya lo había intuido.”. Así planteada la idea de descubrimiento que pone en juego Justo, es una idea que se corresponde no tanto con la figura del que conoce por primera vez sino más bien con la idea del que inaugura, el que da inicio, el que inventa. En esta secuencia diseñada por Justo el descubridor es el creador. Los antecedentes que enumera y describe detalladamente no tienen este carácter inaugural que tienen los escritos de Sarmiento y ese es el punto que la anécdota viene a reforzar, a potenciar. Con Sarmiento, en la visión de Justo, el delta salta del plano ficcional en que lo habían colocado Sastre con su Tempe argentino y las demás narraciones de viajeros, para colocarse en un plano de realidad tangible. El trabajo de Justo es justificativo, entonces, porque en efecto lo que hace es reforzar una idea que ya estaba presente en el trabajo de Sarmiento. La idea de que fue el propio Sarmiento el que inventó el Delta.

La tesis central de Justo es que sólo Sarmiento con toda su prepotencia y su soberbia, era capaz de conjugar los escollos geográficos y políticos con las deficiencias literarias de la época, para convertirlos en una narrativa inaugural capaz de generar un universo nuevo y único como el delta. La imagen de Sarmiento tomando posesión de una isla a los tiros no es entonces una mera anécdota, está ahí para decir algo sobre Sarmiento, está ahí para afirmar algo. Sarmiento tomando posesión de la isla a los tiros, es la imagen con que Justo sintetiza la acción inaugural, creadora y arrebatadora de Sarmiento respecto del delta.

En este sentido, El Carapachay de Sarmiento sin ser un texto conocido, ni siquiera dentro de la obra de Sarmiento, tiene sin embargo algo inaugural, pone en juego lo mejor y lo peor de un Sarmiento que ya no está en pie de guerra con Rosas o Urquiza, ni siquiera con la idea de confederación como lo evidenciaría unos años antes en su Argirópolis. Pero sobre todo porque pone en juego algo que como bien intentó señalar Justo, hasta él no se había puesto en juego. Ese algo es la experiencia vital, la vivencia. A diferencia de los comerciantes y aventureros que hablaron del delta como lo hacen las personas que hablan de lo que no saben; a diferencia de Sastre que aún conociendo el delta había decidido hablar de el mismo como si no lo conociera en absoluto; Sarmiento hablaba del delta como si estuviera hablando de sí mismo, porque Sarmiento conocía bien el delta, lo sentía, lo comprendía, ciertamente también lo quería cambiar en muchos aspectos, pero sus aspiraciones de cambio estaban signadas por un ideal que no era del todo claro mientras que sus narraciones sobre delta se anclaban fuertemente en una experiencia vital. Así, Sarmiento sabía y comprendía lo que ese cambio requería en términos de laboriosidad y en términos de sacrificios. Así, Sarmiento sabía que aquella tierra más allá de su belleza no era un lugar para cualquiera. Así, Sarmiento sabía que sólo desde dentro el delta podía transformarse a ese mismo delta en algo extraordinario. Hasta tal punto Sarmiento creía en esto que no dudó ni por un segundo en afirmar que las tierras en cuestión debían ser propiedad de sus actuales ocupantes o de aquellos que quisiesen ocuparlas de manera permanente. Más aún, desde fuera y desde dentro del estado, como publicista o funcionario, impulsó y defendió la titularización de las tierras del delta por parte de sus actuales dueños, los carapachayos, una idea, que como se dijo en algún lado pondría en aprietos a más de un detractor del sanjuanino.

El carapachay, como se dijo, tiene algo inaugural y como se dijo también, esto no es ajeno a las propias intenciones de Sarmiento. Todos los escritos, que corresponden a épocas muy diferentes de su vida, ponen en juego está idea, muy típica del sanjuanino, de que es gracias a él que el delta existe. Pero uno en especial lleva esta cuestión a un plano mucho más sofisticado y complejo que los demás. De entre todos los artículos aquel con el que empieza el libro y del cual les presentamos a continuación un breve fragmento, pone en funcionamiento un enorme aparato de significaciones cuyo objetivo, podría decirse, es otorgarle a esa parte del mundo desconocida, hasta por la ciudad de Buenos Aires, un origen mítico. El mito de origen necesario, indispensable para toda construcción potente y estable. El mito de origen necesario para toda construcción trascendente.

En este sentido, el intento de Sarmiento es un intento fallido en varios aspectos. Ninguna de sus aspiraciones llegó a buen puerto, los carapachayos nunca tuvieron su tierra en la forma en que Sarmiento quería que la tuviera. El desarrollo sostenido e indefinido augurado para el delta, nunca se concretó en el sentido que Sarmiento lo imaginó. Las riquezas que se generarían en el delta a partir del mimbre, el durazno y la naranja sólo se dieron en algunos periodos de la historia y en ningún caso dieron lugar a una industria durable. Y así prácticamente con todas y cada una de las predicciones realizadas por Sarmiento. Con todo, en lo que tiene que ver con la narración construida por Sarmiento en torno al delta, El carapachay sigue siendo aún hoy y a pesar de su poca difusión, una de las narraciones más fieles, creíbles y potentes que sobre el delta se hayan escrito. Por esto, pero también por el reconocimiento de algo así como una deuda, la inclusión de este clásico en el primer número de esta, nuestra Carapachay, era algo ineludible.

Los dejamos entonces con este gran fragmento de “El carapachay” de Sarmiento, para que lo disfruten.

Luciano Guiñazú

TEXTO ORIGINAL DE SARMIENTO

El Carapachay, imágenes de las islas del delta del Paraná

Formación. Tradiciones. Tiempos heroicos.[1]

De los misterios de la creación la pobre observación humana no ha podido comprender sino aquello que por su naturaleza prosaica, misterios no podían ser. Hínchase a veces la tierra, y como el Monte Nuevo de los alrededores de Nápoles, produce de la noche a la mañana una imperceptible arruga de su superficie, una montaña; pero de aquellas antiguas revoluciones que marcan las diversas capas que componen su costa sólida, aquel sucederse a lechos de mar, rocas, y a éstos lagos dulces, como si montañas, lagos y mares hubiesen andado vagando y empujándose sin saber dónde fijarse definitivamente, nada se comprende en cuanto a las épocas, duración, agentes motores, y motivos de su inercia actual.

Otro procedimiento de creación lenta se presenta a nuestra vista en todos los países del mundo, y por lo que nos interesa actualmente, vamos a describir acaso el más notable por su extensión que se efectúa hoy en todo el globo.

Son las aguas el agente más destructor que se presenta a nuestros ojos, sin que las rocas más duras resistan a su acción disolvente, por lo que con sus avenidas, sus torrentes y sus ríos, concluirán por desbaratar todo el globo, si no les estuviese encargada otra obra de reparación , depositando en lugares marcados las partículas terrosas que acarrean consigo. Al confundirse sus raudales con el mar, los ríos encuentran una corriente inversa que perturba su marcha, y deteniéndose a veces con la marea, haciéndolos desandar su camino, tienen que purificar sus aguas deponiendo el impuro limo que arrastran.

En la boca de cada arroyuelo se forma un depósito que se llama barra, cuando aún no aparece a la superficie, y en los grandes ríos la barra se apellida delta, después de que se ha consolidado y levantándose lo bastante para quedar en seco. El río tiene dos embocaduras por los dos costados del triángulo, y sucediéndose nuevas deltas, estas embocaduras varían el número y dirección de las bocas de los ríos. Contabasele al Nilo siete bocas, tiene otras tantas el Mississippi, y cada una de estas grandes arterias del movimiento visible de las aguas y de la tierra es un largo drama de luchas, de despojos y de conquistas. El hombre cubre hoy con sus ciudades y campañas labradas las deltas del Egipto, del Indo y del Ganges. Venecia está fundada sobe las islas de la delta del Adige y el Po.

El cabo San Antonio y el cabo Santa María señalan en el mapa los estragos que hizo el Río de la Plata al hacer su primera irrupción en el Atlántico. Tan grande es la abertura, que Solís la tomó por bahía y engolfó sus carabelas río arriba, buscando paso al que otro más afortunado llamó después mar Pacífico. La obra de reparación es más colosal todavía, principiando la delta del Plata en San Nicolás, y alcanzando ya hasta la altura de San Fernando, en las islas que subdividen el Paraná Guazú, Miní y de las Palmas, sin contar los centenares de arroyos subalternos que en otro estuario pasarían plaza de caudalosos ríos. La obra subacuática continúa hacia la embocadura del Plata por el Paraná de las Palmas, el banco Ortiz, y el inglés de fatídica presencia, que es la última delta que está preparando para tiempo y pueblos futuros. El Río de la Plata se embanca rápidamente en toda su extensión y en pocos siglos más Buenos Aires habrá dejado de ser puerto, y porteños se llamarán sólo los que pueblen la Ensenada para entonces el puerto hábil del río, o el Salado, el gran emporio del Atlántico, que como Nueva York, tendrá a su respaldo el Hudson y la zona, cuyas entradas guarda.

Las islas vienen invadiendo a pasos rápidos o más bien marchan hacia el mar, y el instrumento y la operación de hacer islas está a la vista de todos. Cuando el banco arenoso empieza a acercarse a la superficie, nace el junco, que eleva sus hilos de manera de juntar una apariencia de tierra que aún no existe. Pero el juncal es una coladera inventada por la naturaleza para forzar el agua a detenerse y deponer el limo amarilloso que da color, con lo que se forma el terreno vegetal. Las cardas, espadañas y otras plantas acuáticas nacen sobre este lecho que el junco les ha preparado, y ya puede decirse que la tierra comienza a emanciparse del dominio de las aguas y a respirar el aire vital. Muy pocos años se necesitan para que la nueva creación se engalane con el ceibo de flores de color aterciopelado y que sólo vive en el límite fangoso de las tierras sumergibles. Entonces la tierra está hecha, feraz cubierta de plantas acuáticas que crecen sobre un terreno tibio, húmedo, de color amarillo, como el río su padre, cual si el agua se hubiese consolidado y recargado de estos vegetales que lo constituyen una verdadera tierra de bruyére para el cultivo de plantas de conservatorio. El Junco es el primer día de la creación de islas; las cardas y el ceibo hacen la mañana y la tarde del día segundo. Sobre los frágiles juncos se mece luego el blandengue[2], avecilla de cuero colorado por imitar a los ceibos floridos, mientras que la tierra incuba larvas que devoran las hojas anchas de las plantas acuáticas. Un roedor sin nombre es el primer cuadrúpedo que reina en esta creación embrionaria.

Mientras el junco avanza como una guerrilla de descubierta, y se crea la tierra nueva, las islas de más antigua data se ha secado a los huracanes lo bastante para dar nacimiento a otras plantas de composición más esmerada. Figuran como arbusto la Rama Negra, el Sarandí, el Amarillo, el Miní. Descuellan el Laurel, la Cuaca, el Canelo, y otros arbustos de adorno y árboles de leña. Manadas de carpinchos (babirusa) frecuentan sus costas, bañándose en los canales las noches de luna, y guareciéndose de día entre las enredaderas que entretejen las plantas, arbustos y árboles en impenetrables masas de verdura. Y esta es la mañana del día tercero, que la tarde la forman los duraznales que empiezan a mostrarse de trecho en trecho con sus sábanas de flores rosadas en la primavera y sus dorados frutos en el otoño. ¡Cómo hacer comprender al habitante de ciertas regiones de la fértil Francia, donde pueblos enteros viven de cultivar en abanico los duraznos arrimados a paredes de ladrillo construidas al efecto para que ayuden con su calor artificial el proceso de la vegetación; cómo hacerles comprender, decíamos, que hay islas encantadas donde crecen espontáneamente los duraznos y cubren la superficie del río con sus flores deshojadas o sus frutos desperdiciados, que son un don de Dios, sin otro dueño que el que tiende la mano a cogerlos, y que exporta, no en canastillas de mimbre por docenas, sino en lanchas cargadas de borda a borda para vender por un maravedí el cinto a los habitantes de la ciudades! Pero ¿qué diría si añadimos que a la región de los duraznos se sucede la de los naranjos que ocupan islas enteras, y una sucesión de islas que abraza veinte o treinta leguas, sin ser celebradas como el verdadero jardín de las Hespérides, tan cierto es que el hombre en sus sueños poéticos, no hace más que presentir o adivinar la belleza que Dios creó, y existe y él no hace más que idealizar?

Más arriba las islas son altas, el tala desarrolla su espinoso ramaje como en el continente, y la gramilla, y la cola de zorro invitan los ganados a pacerlos. Discurren venados y gamas[3] por aquellas soledades y persíguenlos tigres hambrientos y feroces, que de isla en isla descienden del Entre Ríos extraviados o huyendo de las inundaciones que penetran en sus guaridas. Entre las enredaderas de flores vistosas hay una que produce una papa suculenta y saludable, y entre las gramíneas hay porotillos deliciosos que suministran grato alimento a los occidentales habitantes de las islas. Las pavas del monte son el rival feliz de los faisanes de la India, y en las islas tienen entre cañaverales sus moradas. Como se ve, la creación está tocando a su apogeo de belleza a medida que se asciende río arriba, hasta las islas de Santa Fe y de Corrientes, cubiertas de bosques seculares, sobre los que descuellan palmeras de madera utilizable, y donde abundan leones, yaguares, osos hormigueros, monos y caimanes voraces.

Tantas maravillas no fueron creadas para dejarlas abandonadas a las alimañas.

El sexto día de la creación de las islas, después de toda ánima viviente, apareció el carapachayo, bípedo parecido en todo a los que habitamos el continente, sólo que es anfibio, come pescado , naranjas y duraznos, y en lugar de andar a caballo como el gaucho, boga en chalanas en canales misteriosos, ignotos y apenas explorados que dividen y subdividen el Carapachay en laberinto veneciano, nombre lógico que presta al país los hombres que lo habitan, al revés de los otros países que dan su nombre al habitante, como de Francia francés, de España español. Aquí existía el carapachayo, sin que hubiera Carapachay, que nosotros hemos tenido que inventar, ya que nos ha cabido el honor de ser el primer Herodoto que describe estas afortunadas comarcas. ¿Es anterior el carapachayo al Carapachay, el contenido al continente insular? Esta cuestión grave esperamos que la someta a concurso el Rector de la Universidad.

Alguna luz puede arrojar la circunstancia notable de que no exista aún la carapachaya, al menos en las proporciones conocidas en tierra firme o en las islas consumadas. En nuestras repetidas incursiones a las islas, no hemos encontrado que revele que haya sido sustraída una costilla al primer carapachayo para hacer de ella la ninfa de las islas, sino es una, que a ser genuina, amenaza constituir una variedad singular de nuestra especie. Llámanla Manuela, para que se parezca a algo de su género en tierra firme y es conocida y temida aún en San Fernando, a cuyo puerto suele arribar manejando diestramente su chalana, a la punta de un largo botador de caña tacuara de las islas. Su figura alta y descarnada, su color cobrizo obscuro, y sus antebrazos extraordinariamente cortos, a guisa de los del yacaré, pegados a un busto breve, seguido de unas faldas en extremo largas, le dan una apariencia fantástica, cuando en las noches de luna deja ver su talla larga de pie sobre la chalana, como una estatua del gusto gótico, blandiendo el botador sobre cuyo extremo apoya el cuerpo sin inclinarse. Cuéntase de ella historias extrañas, y no obstante una fealdad que haría poco honor a su creador, si no la hiciera en vía de ensayo, achácanle seducciones de jóvenes dependientes de San Fernando, a quienes hizo en sus días juveniles derrochar las fortunas de sus patrones, llevando uno a sus islas, cual otra Calipso a gozar de sus espantables encantos, habiendo desaparecido, muerto o ahogado, Dios sabe lo que hubo, sin que la justicia hubiese podido nunca averiguar nada, ni el rumor público justificar sus sospechas, sin creer en la pretendida muerte dada por un tigre que acometió al infeliz, en sus paseos solitarios por el canal de Torito que discurre sombrío y estrecho entre cardones y arbustos que se entretejen de una a otra ribera.

Sea de ello lo que fuere, el carapachay no ha sido extraño a nuestras terribles luchas civiles. El General Lavalle reunió en las islas más de cuatrocientos que formaron el núcleo del ejército libertador. Las islas son un asilo en tiempos de revueltas, y por tanto un antemural contra la tiranía, el orden, la policía y la autoridad. El Gaucho perseguido por la justicia apunta hacia las islas, y cruzando a nado un arroyo puede decirse que ha salvado la frontera del reino del sable y del caballo. Donde la chalana comienza, la Pampa y sus gustos se quedan con un palmo de legua, el Juez de Paz incluso.

Las ocupaciones del carapachayo son análogas a las producciones del país. Corta leña, da caza a los tigres, hace carbón, colecta cuero de nutria, lleva a Buenos Aires lanchas de duraznos, y de vez en cuando algún animoso comerciante arruinado endereza sus negocios, desaparecido de las ciudades, y afiliándose carapachayo para extraer ácido de naranjas o destilar aguardiente de durazno. Las cañas tacuaras son una valiosa producción a la que se añaden timones de arado, masas y camas de carretas, cortados de árboles de madera. Sus alimentos los procuran de la caza y la pesca, que es abundantísima, valuándola en pacúes, dorados, pejerreyes, tortugas, anguilas, armados, sábalos, patíes, bagres y otras variedades. La venenosa raya no oculta su traidora púa, ni los yacarés descienden al río desde sus guaridas de Corrientes y Santa Fe. Apenas uno que otro tigre desgaritado puede verse para embellecer el paisaje y dar color a la escena, nadando en los canales o atravesando majestuosamente el Paraná de las Palmas con todo el soberbio busto sobre las aguas. Si el carapachayo tiene una carabina, lo que es raro, lánzale una bala, y entonces el tigre herido se dirige como un rayo sobre la chalana que medio vuelca con sus robustas garras; la lucha del abordaje comienza, y llueven sobre una manaza los golpes de remo y de facón, hasta que una feliz puñalada, como sabe darlas el gaucho, lo tiende de espaldas dejándose llevar a merced de la mansa corriente del río, mientras una variada del ligero esquife pone en disposición al ufano vencedor de aprovechar de los óptimos despojos.

Aquella vida y estas escenas, la locomoción por agua, los canales tortuosos e ignotos, la independencia de bucaneros, y la habitación nómade en dominios tan extraños, dilatados y solitarios, dan un carácter especial al carapachayo y origen a aventuras, costumbres y sucesos singulares. No es raro ver una chalana cargada, que cual tritones remolcan dos caballos, que el gaucho elevado a la carapachaya orden, no olvida el compañero inseparable de su antigua vida de la costa. A la Pampa ha sustituido el ancho río, a la senda el canal, al caballo el buque. ¿Qué hacer con el caballo? Remero.

Una cruz entre los juncales o al pie de un ceibo señala el lugar de alguna catástrofe, un hombre muerto por un rayo o un tigre, un marino que concluye sus días o un carapachayo asesinado.

Las tradiciones del Carapachay no son menos notables y curiosas. La etimología de la palabra guaraní significa, dicen, hombre trabajado, cara arrugada, algo que indica labor, sufrimiento, rudeza. Nombres guaraníes sirven aun para designar los canales, y hay uno que lleva el de Carapachay por antonomasia. Hay recuerdos de las antiguas carabelas, en el arroyo de este nombre y en el canal del Capitán, el arroyo de Toledo, la isla de Valencia. Los españoles cegaron con buques la Espera, antiguo canal del comercio del Paraguay, y a su lado corre la Esperita, donde como hoy en la punta de San Fernando aguardan las embarcaciones viento propicio o que el contrario amainase.

En una de las grandes islas allende el Paraná de las Palmas, que divide el Carapachay Miní del Carapachay Guazú, encuéntranse vestigios de un templo de los Jesuitas, a cuyas inmediaciones se han propagado a más de naranjos y duraznos, perales, membrillos y manzanos. Por donde quiera en América hállanse los rastros de aquella corporación que todo sabía menos encarnar sus obras en el corazón del hombre; mar tempestuoso de civilización y cristianismo que ha dejado sobre todas las playas remotas ruinas del bien que intentó hacer, pero ruinas y no monumentos perdurables.

Los nombres de los arroyos del Carapachay revelan que han sido las islas habitadas por guaraníes o frecuentadas sus aguas por los pescadores, sin lo cual no habrían distinguido con nombres los canales. ¿Dónde están hoy los insulares que han legado en su idioma aquellos nombres? la verdad es que las islas han sido reputadas hasta hoy inhabitables, y mil consejos ridículas mantienen todavía esta creencia. Cuéntase de un francés que, enamorado de las plantaciones de un carapachayo, hubo de comprarle su isla y de regreso a Francia despachó a su hijo con una colonia de obreros. Mas la nave surcó en vano el río, recorrió con la carta los lugares, sin encontrar la isla encantada que había desaparecido sumergida por las creces del Paraná. El Director Pueyrredón poblará su isla cerca de Zárate, y tres mil vacas pacían tranquilas tres años había, hasta que sobreviniendo la inundación perecieron todos los ganados ahogados; porque el Paraná, como el Nilo y los ríos de alta alcurnia, tiene inundaciones periódicas, doblando su caudal por las lluvias de las zonas tórridas que esconde sus misteriosas cuanto lejanas fuentes.

Hasta aquí llega la parte heroica y mitológica de las Islas, de que no podíamos prescindir para dar cuenta de lo que es hoy el Carapachay, a fin de presagiar lo que será mañana.

Nota: Las notas de Liborio Justo referenciadas: nota al pie n° 2 y n°3, corresponde al original de “El Carapachay” que fue corregido y prologado por Liborio Justo.

[1] El presente fragmento pertenece a “El Carapachay” de Domingo Faustino Sarmiento. Fue tomado en su totalidad de la edición de Eudeba de 1975. Se conservaron las itálicas y la puntuación de la edición, independientemente de su concordancia o coherencia.

[2] Hoy se lo conoce con el nombre de Federal (nota de Liborio Justo)

[3] Se trata, en realidad, del ciervo del pantano y no de venados y gamas, que nunca existieron en las islas del Delta (nota de Liborio Justo).

FUENTE:
https://revistacarapachay.com/2015/05/25/carapachay-por-sarmiento/

viernes, 18 de abril de 2014

BIOGRAFÍA DE TADEO ISIDORO CRUZ

I’m looking for the face I had
before the world was made.
Yeats: The winding stair.


El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desem-peñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… 


El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro 

De Jorge Luis Borges, El Aleph (1949)

Traducción del epígrafe: “Busco el rostro que yo tenía antes de que el mundo fuera creado”, Yeats (poeta inglés).

En este cuento el autor toma de la obra Martín Fierro de Hernández el personaje del sargento Cruz, le inventa un nombre y una historia. La escena final recrea el encuentro entre Cruz como sargento de policía y Fierro como gaucho perseguido que aparece la obra de Hernández.

RUY DÍAZ DE GUZMÁN - 1612

La Argentina - Libro I

Del descubrimiento y descripción de las provincias del Río de la Plata, desde el aso de 1512 que lo descubrió Juan Díaz de Solís, hasta que por muerte del general Juan de Oyolas, quedó con la superior gobernación el capitán Domingo Martínez de Irala

Capítulo I - ¿Quién fue el primer descubridor de estas provincias del Río de la Plata?


Después que el Adelantado Pedro de Vera, mi rebisabuelo, por orden de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, conquistó las islas de la Gran Canaria, que antiguamente se dijeron Fortunadas, luego el Rey de Portugal mandó poblar las islas de Cabo Verde, que están de aquel cabo de la equinoccial, y cursar el comercio de las minas de Guinea, y por el consiguiente el año de 1493 salió de Lisboa un capitán llamado Américo Vespucio, por orden del mismo Rey don Juan, a hacer navegación al Occidente, al mismo tiempo que Cristóbal Colón volvió a España del descubrimiento de las Indias. Este capitán Américo llegó a Cabo Verde, y continuando su jornada pasó la equinoccial de este cabo del Polo Antártico hacia el Oeste y Mediodía, de manera que llegó a reconocer la tierra y costa del Brasil junto al Cabo de San Agustín, que está ocho grados de la parte de la línea, de donde, corriendo aquella costa, descubrió muchos puertos y ríos caudalosos, y toda ella muy poblada de gentes caribes y carniceras: los más septentrionales se llaman Tobaiaras y Tamoios. Los australes se dicen Tupinambás y Tupinás; son muy belicosos, y hablan todos casi una lengua, aunque con alguna diferencia: andan todos desnudos, en especial los varones, así por el calor de la tierra, como por ser antigua costumbre de ellos. Y como de este descubrimiento naciese entre los Reyes de Castilla y de Portugal cierta diferencia y controversia, el Papa Alejandro Sexto hizo nueva división, para que cada uno de los Reyes continuase sus navegaciones y conquista: los cuales aprobaron la dicha  concesión en Tordesillas, en 7 días del mes de junio de 1494, y con esta demarcación los portugueses pusieron su padrón y término en la Isla de Santa Catalina, plantando allí una columna de mármol con las quinas y armas de su rey, que están en 28 grados poco más de la equinoccial, distante cien leguas del Río de la Plata para el Brasil, y así comenzaron los dichos portugueses a cruzar esta costa, por haber en aquella tierra mucho palo del Brasil, y malagueta, y algunas esmeraldas que hallaron entre los indios, de donde llevaron para Portugal mucha plumería de diversos colores, papagayos y monos diferentes de los de África; demás de ser tierra muy fértil y saludable, de buenos y seguros puertos. Quiso el Rey don Manuel dar orden que se poblase, y así el año de 1503 dio y repartió estas costas a ciertos caballeros, concediéndoles la propiedad y capitanía de ellas; como fue la que le cupo a Martín Alfonso de Sosa, que es la que hoy llaman San Vicente, la cual pobló el año de 506; y repartiéndose lo demás a otros caballeros, hasta dar vuelta a la otra parte del Cabo de San Agustín, se le dio y cupo por suerte a un caballero llamado Alfonso de Albuquerque, donde pobló la villa de Olinda, que es la que hoy llaman Pernambuco, por estar sitiada de un brazo de mar que allí hace, que los naturales llaman Paranambú, de donde se le dio esta nominación. Está de la equinoccial ocho grados, el más populoso y rico lugar de todo el Brasil: comercio y contratación de muchos reinos y provincias, así de naturales como de extranjeros. Después de lo cual el año de 1512 salió de Castilla Juan Díaz de Solís, vecino de la villa de Lebrija, para las Indias Occidentales: este era piloto mayor del Rey, y con su licencia, aunque a su propia costa, siguió esta navegación, que en aquel tiempo llamaban de los Pinzones, por dos hermanos que fueron compañeros de Cristóbal Colón en el descubrimiento de las Indias; y continuando su derrota llegó al Cabo de San Agustín; y costeando por la vía meridional, vino a navegar 700 leguas, hasta ponerse en 40 grados, y retrocediendo a mano derecha descubrió la boca de este gran Río de la Plata, a quien los naturales llaman Paraná guazú, que quiere decir río como mar, a diferencia de otro de este nombre Paraná, que así este lo es de forma, que es uno de los más caudalosos del mundo; por el cual Juan Díaz de Solís entró algunas jornadas, hasta tomar puerto en su territorio, donde pareciéndole muy bien, puso muchas cruces, como quien tomaba posesión en los arenales, que en aquella tierra son muy grandes: y teniendo comunicación con los naturales, le recibieron con buen acogimiento, admirándose de ver gente tan nueva y extraña: y al cabo de pocos días sobreviniéndole una tormenta, por no haber acertado a tomar puerto conveniente, salió derrotado al ancho mar, y se volvió a España con la relación de su jornada, llevando de camino mucho brasil, y otras cosas de aquella costa  de que fue cargado; y el año de 1519 Hernando de Magallanes, por orden de Su Majestad, salió a descubrir el estrecho, que de su nombre se dice de Magallanes para entrar en el mar del Sud en busca de las Islas Malucas, ofreciéndose este eminente piloto, de nación portugués, a descubrir diferente camino del que los portugueses habían hallado, que fuese más breve y fácil; y armando cinco navíos a costa de Su Majestad, metió en ellos 200 soldados de mucho valor, y partió de San Lúcar en 20 días del mes de septiembre; y llegando a Cabo Verde, atravesó con buen viaje el Cabo de San Agustín, entre el Poniente y Sur, donde estuvieron muchos días comiendo él y sus soldados cañas de azúcar y unos animales como vacas, que llaman antas, aunque no tienen cuernos: de aquí partió el siguiente año, último de marzo para el mediodía, y llegó a una bahía que está en 40 grados, haciendo allí su invernada; y reconocido el Río de la Plata, fueron costeando lo que dista para el estrecho hasta 50 grados, donde saltando siete arcabuceros a tierra, hallaron unos gigantes de monstruosa magnitud, y trayendo consigo tres de ellos, los llevaron a las naos, de donde se les huyeron los dos; y metiendo el uno en la capitana, fue bien tratado de Magallanes, asentando con él algunas cosas, aunque con rostro triste; tuvo temor de verse en un espejo, y por ver las fuerzas que tenía, le hicieron que tomase a cuestas una pipa de agua, el cual se la llevó como si fuera una botija perulera: y queriendo huirse, cargaron de él ocho o diez soldados, y tuvieron bien que hacer para atarlo, de lo cual se disgustó tanto que no quiso comer, y de puro coraje murió: tenía de altura trece pies, y algunos dicen quince. De aquí pasó adelante Magallanes a tomar el estrecho, haciendo aquella navegación tan peregrina en que perdió la vida en las Malucas, quedando en su lugar Juan Sebastián Cano, natural de Guetaria, el cual anduvo según todos dicen 14000 leguas en la nao Victoria: de donde se le dio un globo por armas, en que tenía puestos los pies, con una letra que decía: primus circumdedisti me; y no pudiéndole seguir en esta larga jornada Álvaro de Mezquita, dio vuelta del mar del Norte para España, donde llegado dio noticia de lo que hasta allí se había descubierto y navegado; por manera, que de lo dicho se infiere, haber sido Américo Vespucio el primero que descubrió la costa del Brasil, de quien le quedó a esta cuarta parte del mundo su nominación; y Solís el que halló la boca del Río de la Plata, y el primero que navegó y entró por él; y Magallanes el primer descubridor del Estrecho, que costeó lo que hay desde este Río de la Plata hasta 56 grados de esta tierra y sus comarcas.
   

BORGES Y SARMIENTO

El general Quiroga va en coche a la muerte
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)


El madrejon desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frio del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una arania.

El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galeron enfatico, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.

Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.

Esa cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿que ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.

Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?

Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de punialadas lo mentó a Juan Manuel.

Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.

   

viernes, 4 de octubre de 2013

CORTÁZAR

El hombre que más sabe de la vida y obra de Julio Cortázar 

Es el editor de cartas, papeles y clases del escritor argentino. En 2014 formará parte de las jornadas que se realizarán en la Biblioteca Nacional dedicadas al autor de Rayuela.

El filólogo español Carles Álvarez Garriga –editor de los papeles, clases y cartas que dejó Julio Cortázar– integrará las jornadas que planea la Biblioteca Nacional para 2014 a cien años del nacimiento del autor de Rayuela.
"No le digo ‘Julio’, le digo ‘Cortázar’, no es mi amigo, yo trabajo para él", aclaró el estudioso "archilector, pero no fanático" que llegó a Buenos Aires por tercera vez y fue entrevistado por Leticia Pogoriles para la agencia Télam. Álvarez Garriga (Barcelona, 1968) es el editor de cuentos del autor argentino. Además, junto a Aurora Bernárdez –viuda, heredera y albacea del escritor–, editaron Cartas a los Jonquières, Papeles inesperados, cinco tomos de Cartas y últimamente Clases de literatura. Berkeley, 1980, todos por Alfaguara.
"Sé más cosas de la vida de Cortázar que de la mía. Puedo decir de memoria en qué lugar estaba cada mes y cada año y no me acuerdo adónde estaba yo. He leído los cinco volúmenes de las cartas, que son 3000 páginas, por lo menos diez veces", confiesa.
Cuenta que su pasión empezó cuando tenía 14 años y comenzó a leer una serie de cuentos y la Historia de Cronopios y de Famas. "En un mes leí 1000 páginas y eso te cambia la vida, por poco sensible que sea uno", cuenta. Esa experiencia dejó una marca, algo así como "los tocados por Cortázar", como define.
Locuaz, detallista y cálido, Álvarez Garriga cumple con el mandato que cualquier cortazariano hubiera soñado: Bernárdez le pidió que se encargara de ordenar, editar y rastrear papeles y correspondencia de quien había sido su compañero. La viuda –una señora de 90 años– se había decidido luego de leer la tesis doctoral del español sobre los prólogos cortazarianos y viajó a España para contratarlo. "He tenido la fortuna de hacer una tesis que leyó Aurora y le gustó tanto que vino a conocerme. Nos hicimos amigos y cuando falleció Saúl Yurkievich –encargado de las primeras ediciones– tomé el relevo."
Cansado de escribir discursos para tres políticos de diferentes partidos, Álvarez aceptó el desafío de editar inéditos de Cortázar, pero antes la viuda fue cautelosa. "Me dijo algo profético: 'Andate con mucho cuidado, pensalo bien, porque Julio te va a vampirizar.' Es que trabajar tan de cerca con un escritor y con uno tan simpático, psicológicamente es peligroso", concede. 
"Es un escritor que procuró la empatía y es el primero en lengua castellana que libera todos los clichés de la retórica. No te perdona la vida, no es condescendiente, pero te trata bien", dice el filólogo. "Normalmente la gente piensa que Cortázar era como Horacio Oliveira (protagonista de Rayuela), un tipo despreocupado, un loco lindo, pero era muy formal, serio, ordenado y puntual. No era un cronopio, no tiraba dentífrico en los sombreros de los famas", desmiente.
Queda claro que Álvarez Garriga es un experto. Lo consultan de todo el mundo, sabe fragmentos de memoria y tiene una biblioteca envidiable para los coleccionistas. Además visitó la tumba de Cortázar en Montparnasse (París) al menos diez veces, un altar donde fanáticos dejan ofrendas de todo tipo. "Leí una vez que un tipo se quedó sin plata e iba a la tumba para llevarse el tabaco. Si Cortázar supiera esto, le hubiera encantado. La lápida como expendedora", se ríe.
Referente de obra y vida, Álvarez Garriga es parte del comité que organiza las Jornadas Internacionales "Lecturas y relecturas de Julio Cortázar” para agosto del año que viene en la Biblioteca Nacional, en el marco del Año Cortázar: 100 años con Julio, una serie de homenajes del Estado Nacional al hombre que marcó un hito insoslayable en la narrativa contemporánea.
"Las jornadas son ambiciosas. Vendrá mucha gente del exterior y de aquí, no será un congreso de alabanzas porque habrá gente que no es cortazariana. Será interesante para el público porque habrá debates. Si todo es una loa no tiene gracia", destaca.
"El año que viene, Argentina va a pagar la deuda con Cortázar. No lo ha tratado bien, algunos no le perdonaron que escribiera desde Francia, ni su peronismo, ni su antiperonismo, ni que fuera de izquierdas, incluso que pronunciara la 'r' a la francesa. Para muchos era considerado 'un escritor de la secundaria'. Esto es un reconocimiento", opina.
Al aluvión Cortázar, el editor lo llama "bombardeo" y considera que "no hay que avasallar al lector. Todo lo que publica Aurora, él lo hubiera publicado. Tanto, agota. Aquí entra la industria, intereses, todos quieren a Cortázar de su lado. Por suerte, Aurora es muy prudente en eso", desliza.
Entonces, ¿hay Cortázar para rato? "La obra escrita se terminó con las clases de literatura, puede haber una edición aumentada de los 'Papeles' pero hay que rastrearlos. No hay mucho más, a menos que alguien venga con Las nubes y el arquero, una novela de 500 páginas, que Cortázar quemó y, según él, tenía un trasfondo homosexual. La estoy buscando desde 1993."

FUENTE:
TIEMPO ARGENTINO
   

martes, 1 de octubre de 2013

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES DE JULIO CORTÁZAR

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

JULIO CORTÁZAR
   

jueves, 25 de abril de 2013

JUAN JOSÉ "CHACHO" MANAUTA

 

GUALEGUAY, DE LUTO

 

A los 93 años murió en Buenos Aires el escritor gualeguayense Juan José Manauta. Con su luz se fue una de las plumas más importantes de Entre Ríos y de la Argentina.

El autor de ‘Tierras Blancas’ vivía en Buenos Aires desde hace muchos años pero conservó un lazo intacto con su pueblo, convirtiéndose en uno de los principales difusores de la entrerrianía. Hoy, las letras están de luto y Gualeguay lleva una sombra sobre su corazón. Descanse en paz maestro, su legado lo hará vivir siempre en nuestro espíritu.
 

sábado, 20 de octubre de 2012

viernes, 19 de octubre de 2012

viernes, 21 de septiembre de 2012

La pesquisa de Don Frutos - ACTIVIDAD


1- Leer el cuento "La pesquisa de Don Frutos" del texto Cuentos policiales argentinos.

2- Buscar en el diccionario la definición adecuada para el texto de las palabras: Pesquisa, Sumariante, Peonada, Forastero y Gringo.

3- Algunos personajes, se van a dar cuentaa, usan un lecto propio de su condición social y de la zona gegráfica en la cual viven, esta forma de hablar en algunos casos difiere del lenguaje estandar o coloquial. Reescriban en este lenguaje "estandar" las siguientes frases.

a) "¿gusta un amargo?"     b) "Lo han achurao sin asco"  c) "tuito lo hacemo a la que te criaste nomás..."   e) "lo envuelven al finao"   f)  "el pobre no tiene a naides que lo llore..."  g) "te va a embromar la calor..."  g) "aqui vas a tener que aprender a tomarlo cimarrón..."

4) ¿Qué método utiliza el comisario para llevar adelante su investigación? ¿qué conocimientos posee para resolver sus casos? Justifiquen con citas del cuento.

5) Proponé tres adjetivos para describir las diferencias entre Frutos, Leiva y Arzásola. Justificá y explicá estas diferencias con situaciones concretas. ¿Cuál de estos personajes descubre el enigma?

6) Proponé una interpretación para la actitud del sumariante en el final del cuento.

jueves, 6 de septiembre de 2012

APUNTES DE LITERATURA ARGENTINA

 GRANDES OBRAS DE LA LITERATURA ARGENTINA 

El matadero
Argumento

El marco del relato se encuadra en los años posteriores a la Revolución de Mayo, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, en un matadero vacuno de la provincia de Buenos Aires. Más concretamente, el marco temporal se ubica en algún momento de la década de 1830, luego de la muerte de la esposa de Rosas, Encarnación Ezcurra, y durante la época de cuaresma.
El relato, que se basa en la descripción de la sociedad de la época, comienza con la descripción de un gran diluvio que duró 15 días y afectó la economía del país causando una crisis y la imposibilidad de utilizar el matadero en este período de tiempo, por lo que hubo falta de carne. Esta carencia, que iba acorde a los mandatos de la iglesia en lo referido a la abstinencia de carne, produjo una subida en los precios de los otros productos como aves y pescados, y la muerte de mucha gente. Sin embargo, aunque la iglesia dictó que no se debía comer carne bajo el pretexto del pecado, no fue igual de rígida con los gobernantes y el cuerpo religioso, lo que demuestra la hipocresía del gobierno y la iglesia. Echeverría narra que ante la crisis, Rosas "el Restaurador" envía una reducida cantidad de novillos al matadero, los cuales son recibidos con algarabía por la gente, que se pelea para conseguir comida y achuras. Entre uno de esos animales se encuentra un toro, que se escapa tras producir indirectamente la muerte de un niño que es rápidamente olvidada. El brioso ejemplar es perseguido por varios jinetes, que al final de una larga persecución logran atraparlo y matarlo. Luego de narrar la muerte del toro, entra en escena un joven que es identificado rápidamente como unitario por no llevar luto ni la divisa punzó. El mozo es atrapado y llevado a la casilla del juez del matadero, donde es interrogado y torturado por los federales. El unitario (personificación de Echeverría en el relato de ficción) se resiste manteniendo una actitud desafiante y digna ante las crueldades de los federales. Finalmente, en el momento en que lo pensaban torturar, el joven literalmente estalla de rabia, y muere heroicamente sin haber sido desmoralizado por la tortura, y luego de haber expresado sus pensamientos respecto del régimen federal.

Macrocosmos y microcosmos en El matadero

El texto El Matadero, elaborado por Esteban Echeverría entre 1838 y 1840 y publicado por primera vez por Gutiérrez en 1871 en la Revista del Río de la Plata, es asociado a distintos géneros de la literatura de la época, como la naturaleza periodística literaria que presentaban los artículos de las revistas francesas, el espíritu reformador de los cuadros de costumbres de Larra y el espíritu rompedor del movimiento romántico europeo, por lo cual, representa el periodo romántico argentino. Por otra parte, la obra de Echeverría es considerada también el primer cuento realista del Río de la Plata.
Por lo que hace al contexto histórico, el relato se centra en el momento inmediato posterior a la emancipación americana, momento en que reina el caos en Argentina. La situación, plantea el conflicto de la polarización del estado argentino en dos partidos: el partido Federal y el Unitario. El partido federalista, apoyados por el peso político de la capital Buenos Aires y por los núcleos rurales, gobernó Argentina liderados por el gobernador Rosas. Este grupo, apoyó un gobierno federal basándose en el modelo confederacional de los Estados Unidos, cuyas leyes y derechos fueran distributivamente igual en todas las regiones del estado. En cuanto a los Unitarios, estos preferían el modelo europeo y procuraban para el estado, a diferencia de los federales, un gobierno unitario y centralista, inspirado por los ilustrados de la época y apoyado por las grandes élites. Por otro lado, también existe la figura del gaucho argentino, individuo independiente que trabajaba con las haciendas y estaba apoyado por los federalistas.
Contando con estos datos y teniendo en cuenta la bipolaridad de ideologías que convivían en Argentina durante el siglo XIX, no es difícil deducir los conflictos y la crispación que se vivían por aquel entonces. Fueron estos hechos los que motivaron e inspiraron a Esteban Echevarría en la realización de su obra.
La trama argumental de la obra, texto híbrido de clara intención didáctica y evidente naturalismo, pretende crear conciencia –por medio de recursos fundamentales como la ironía (lítote), el sarcasmo (humor para desarrollar una función social), la crudeza en representar el realismo, y la exageración de los detalles– a la sociedad, y demostrar el derecho de justicia.
En el texto, el autor responde a la necesidad de crear paralelismo entre dos espacios o mundos, microcosmos y macrocosmos, a partir de los cuales sugiere importantes ideas dentro del relato que asocia, por medio de símbolos e imágenes, a la situación dramática del estado argentino.
En lo que corresponde al microcosmos y macrocosmos alegórico que se muestra implícito en el texto, de lo general a lo concreto, el autor escogió, para su obra, un espacio situado a las afueras de la urbe, un espacio fronterizo, un “no-espacio”, en el cual situó el Matadero de la Convalecencia o del Alto. El matadero es un escenario que por su naturaleza ya connota ideas y sensaciones más próximas a la barbarie que a lo civilizado: en él, conviven personas y animales y su única función es matar el ganado, como propiamente cita su nombre. El matarife del matadero, Matasiete, es el personaje que puede decidir en el lugar, tiene el poder de dictaminar vida o muerte. Este individuo representa la figura del gaucho matrero, ciudadano clasificado jerárquicamente en bajo nivel social, personajes de los cuales el gobierno federalista se sirvió para mantenerse en la cumbre del poder. De tal modo, plantea un paisaje que corresponde al país argentino según Echeverría, la Argentina bajo el dominio del Restaurador Rosas, por lo que puede relacionarse la figura del gobernador a la del matadero.
También, las fuertes lluvias torrenciales que arrasan por completo el lugar narrado, inundando caminos, pantanos, las calles de entrada y salida de la ciudad; ejemplifican, de un modo indirecto, el tormentoso vivir que soportaba la sociedad argentina por aquel entonces: “[…] aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras.”
Por otra parte, en el relato aparecen diversas figuras que también simbolizan elementos propios de la sociedad que critica. Es el caso de un grupo de personajes, como el toro que se escapa embravecido cuando lo van a matar, el joven muchacho que acaba falleciendo en el matadero y las cincuenta reses que matan para ser comidas, que el autor atañe a la figura del unitario, personaje no correspondido con la vida que le ha tocado y que no se encuentra en el lugar en que debiere estar: la sociedad está en deuda con él. Viene a ser un espacio sin salida para sus víctimas.
Es necesario recalcar que Echeverría descubre notoriamente su posición totalmente anticlerical. El autor reprocha a la iglesia y su modo de hacer las cosas, la cual se basa exclusivamente en el propio beneficio. Satiriza la imagen que tiene el poder eclesiástico en Argentina y se opone a sus valores jugando a crear humor con sus palabras: “¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la iglesia tenga la llave de los estómagos! / “Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la iglesia tiene el poder de conjurarlo…”.
En un ámbito más concreto, podemos hablar del símbolo de la mazorca y el de la mujer del Restaurador Rosas, la “heroína doña Encarnación Ezcurra”. Son dos elementos que van unidos: la mazorca (calambur de “más horca”) es el órgano opresor que llevaban a cabo los rosistas para mantener el orden en Argentina. Este organismo fue empadronado por la esposa del dictador, a la cual los federales otorgan grandes alabanzas y elogios aún después de muerta, como aparece en el texto de Echeverría: “Viva la Federación”, “Viva El restaurador y la heroína Encarnación Ezcurra”, “Mueran los salvajes unitarios”. Como no es difícil suponer al leerse el texto, el personaje antagonista de la sociedad que se plantea, el joven unitario que acaba muriendo a manos de los federales, personifica la civilización, la intelectualidad, la poca ilustración que aun se mantiene en pie en Argentina.
En suma, el juego que realiza Esteban Echeverría en la composición de su obra, extrapolando las imágenes e ideas que aparecen en el relato a la inestable y desastrosa situación que soporta el país argentino, pretende establecer la función social didáctica de crear conciencia al lector de tan grotesco escenario, del cual no se puede evadir.

Martín Fierro

Martín Fierro es un poema narrativo de José Hernández, obra literaria considerada ejemplar del género gauchesco en Argentina y Uruguay. Se publicó en 1872 con el título El Gaucho Martín Fierro, y su continuación, La vuelta de Martín Fierro, apareció en 1879.
 Narra el carácter independiente, heroico y sacrificado del gaucho. El poema es, en parte, una protesta en contra de las tendencias europeas y modernas del presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento.

Aquí me pongo a cantar,
al compás de la vigüela
que al hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como el ave solitaria
con el cantar se consuela.

José Hernández, primera estrofa del Martín Fierro.

Leopoldo Lugones, en su obra literaria El payador calificó a este poema como "el libro nacional de los argentinos" y reconoció al gaucho su calidad de genuino representante del país, emblema de la argentinidad. Para Ricardo Rojas representaba el clásico argentino por antonomasia. El gaucho dejaba de ser un hombre "fuera de la ley" para convertirse en héroe nacional. Leopoldo Marechal, en un ensayo titulado Simbolismos del "Martín Fierro" le buscó una clave alegórica. José María Rosa vio en el "Martín Fierro" una interpretación de la historia argentina.
Este libro ha aparecido literalmente en cientos de ediciones y fue traducido a más de 70 idiomas. La última fue al Quichua, tras nueve años de trabajo, por Don Sixto Palavecino y Gabriel Conti.

Contenido

1 Argumento 
2 Existencia histórica del personaje llamado Martín Fierro 
3 Adaptaciones 

Argumento

En El Gaucho Martin Fierro, el protagonista es un gaucho reclutado para servir en un fortín, defendiendo la frontera argentina contra los indígenas. Su vida de pobreza en las pampas es – algo muy frecuente en la literatura de la época – romantizada; sus experiencias militares no lo son. Después Fierro se convierte en un fugitivo perseguido por la policía. Estando en batalla contra ellos, consigue un compañero: el Sargento Cruz, que inspirado por la valentía de Fierro se une a él en medio de una batalla. Ambos se ponen en camino para vivir entre los indios, esperando encontrar allí una vida mejor. Así, concluyendo en que es mejor vivir con los salvajes que en lo que la 'civilización' les preparaba, termina la primera parte publicada en 1872 con el título El gaucho Martín Fierro.

El que maneja las bolas,
el que sabe echar un pial
o sentarse en un bagual
sin miedo de que lo baje,
entre los mesmos salvajes
no puede pasarlo mal.

José Hernández, Martín Fierro

En su continuación, La vuelta de Martín Fierro, escrita varios años después y con el autor en una situación diferente, el perfil ideológico cambia y se aconseja al gaucho adaptarse a la civilización que antes se había despreciado.

Existencia histórica del personaje llamado Martín Fierro 

Aún se especula si existió efectivamente un gaucho llamado Martín Fierro en el pago y hacia el tiempo en que Hernández sitúa su poema-novela, algunos aducen que efectivamente por la zona del Tuyú e incluso de la entonces llamada Lobería Grande (actual ciudad de Mar del Plata) lugar en donde los Hernández llegaron a poseer una estancia y donde el autor pasó gran parte de su niñez y juventud, vivió un gaucho "matrero" (rebelde) con ese nombre y ese apellido (bastante comunes).
La mayoría de los críticos literarios y gran parte de los historiadores sin embargo suponen al personaje del poema como un sujeto ideal y paradigmático de los gauchos hasta los años 1880, téngase en cuenta que el gaucho Don Segundo Sombra existió realmente más allá de su literaturización; en todo caso en la Costa Atlántica bonaerense, entre los cardales, dunas y, sobre todo, los densos bosquecillos de curru mamil que se encontraban en torno a la que luego sería Mar del Plata; está documentado, sobre todo tras la batalla de Caseros y en tiempos de la Guerra de la Triple Alianza, se refugiaban muchos gauchos tenidos por "vagos" (sin papeleta de "conchabo") y "malentretenidos".

Adaptaciones

En el año 2007, en el marco de la Feria del Libro de Buenos Aires, el Museo del Dibujo y la Ilustración presentó su muestra "Martín Fierro: Contrapunto y algo más"; en la cual se podía apreciar la visión de los ilustradores sobre los hechos relatados por José Hernandez. En la misma se expusieron originales realizados para las diferentes ediciones de Martín Fierro. Se exhibieron obras de Adolfo Belloc, Carlos Alonso, Juan Carlos Castagnino, Aida Carballo, Norberto Onofrio, Eleodoro Marenco y otros 20 artistas.

Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra es una novela rural argentina de Ricardo Güiraldes que a diferencia del poema "Martín Fierro" de José Hernández no reivindica socialmente al gaucho, sino que lo evoca como personaje legendario ("sombra"), en un tono elegíaco.
El título del libro, escrito por un estanciero (R. Güiraldes) es sintomático, si no fuera por el tratamiento respetuoso de Don (derivado del latín Domini = dueño, señor).
En efecto "Segundo Sombra" parece sugerir a un subalterno, si bien la prelación respetuosa con el tratamiento de Don contrapesa (quizás sin que Güiraldes fuera consciente de ello) la subalternidad, señala a un gaucho que por mantener su axiología, sus principios, resulta superior a la axiología burguesa. Ricardo Güiraldes aprende en una especie de viaje iniciático lo que es el valor, el honor, la lealtad (que desde otra perspectiva puede mal interpretarse como subalternidad), el respeto al prójimo (todo esto, amenizado en el libro con descripciones. La novela fue publicada en 1926, está escrita narrativamente en primera persona.

Contenido

1 Ricardo Güiraldes 
2 Análisis de "Don Segundo Sombra" 
3 El tiempo, en la novela 
4 Fabio, el discípulo 
5 Don Segundo Sombra, un maestro 
6 El lenguaje 
7 Conclusión 
8 Bibliografía 

Ricardo Güiraldes

Es hijo de una familia rica de la aristocracia vernácula. Nació en 1886 y murió en 1927. Repartió su existencia entre viajes a Europa y su pago, San Antonio de Areco. En 1887 fue con sus padres a París y allí viviría sus primeros años, en inicial contacto con autores franceses y alemanes. La mayor parte de la adolescencia, la pasaría en la estancia paterna, "La Porteña", en cuyo ámbito y en buena medida, habría de mover a sus personajes literarios. En la ciudad de Buenos Aires iniciaría dos carreras universitarias que no habría de concluir, arquitectura y derecho. En 1910 regresaría a París, donde comenzaría a escribir cuentos y poemas. Entre estos trabajos primerizos se hallaría la novela "Raucho", que lleva el nombre del personaje principal. Que, al igual que su autor, reparte su vida entre el campo y París. Acabando finalmente por un regreso a la estancia donde siente que "su chiripá, se había envilecido en el polvo de los caminos extranjeros".
Esta disyuntiva entre la vida de campo y la intelectual, desarrollada en ámbitos urbanos, se ha de mostrar, también, en "Don Segundo Sombra". Fabio Cáceres, el pequeño resero del comienzo, al igual que el protagonista de Raucho, se ha de transformar, al finalizar la novela en un hombre cultivado que, en ningún momento pretenderá disimular la satisfacción honda y sentida que continúa encontrando en la vida rústicamente rural.

Análisis de "Don Segundo Sombra"

Esta novela, publicada en San Antonio De Areco en 1926, representa la más destacada tentativa de su autor en el propósito de renovación de la literatura gauchesca, y constituye, al mismo tiempo, una de las más prominentes muestras de la novela nacional del siglo XX. Destaquemos que el principal personaje fue tomado por el autor de un paisano real, de nombre Segundo Ramírez. La descripción que hace de Don Segundo, coincide en un todo, con la foto que se conserva del homónimo Ramírez. "El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas".
A lo largo de la obra, la novela recoge las experiencias del autor en los pagos de San Antonio de Areco. Sin embargo, el trabajo no aspira a tener un carácter realista o presentador de costumbres, sino que, desde la perspectiva del narrador -el mocito Fabio Cáceres- se propone desenvolver el desarrollo espiritual y físico de un adolescente que madura y se va haciendo hombre a la vera de un gaucho cabal. Así, es Fabio el que tiene a su cargo el relato en primera persona y quien va narrando a través del tiempo los momentos de su infancia de huérfano en casa de sus tías, hasta la inesperada conversión final en un hombre que es sorprendido por la no esperada herencia de una considerable fortuna. El punto de partida es el inicio de esa morosa evocación, lo que lleva al libro a confundirse con una suave nostalgia, a veces elegíaca y dolorosa, ante la pérdida de una vida libre, cariñosa y feliz, al lado del taciturno Don Segundo. Los dos personajes principales, el gaucho viejo, curtido y silencioso, y el joven peoncito que ve en Don Segundo a "su padrino", constituyen una pareja que se desenvuelve ante nuestra mirada en un tiempo ya transcurrido, desde la ciega admiración del muchacho que a instancias de su tutor, se va "haciendo duro". Don Segundo, mágicamente, se transforma ante el lector en una visión viva, idealizada y mítica, como si perteneciera a un pretérito perdido irrevocablemente.

El tiempo, en la novela

Hacia el final, Fabio Cáceres recuerda los últimos tres años en que de simple gaucho resero se transformó en patrón de los bienes insospechadamente heredados. Se encuentra frente a una laguna y sospecha que se aproxima el momento más triste de su vida, el del definitivo alejamiento de su "padrino". Cerca del agua rememora el hilo de la síntesis de los tiempos anteriores...
"Está visto que en mi vida el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón".
Tales períodos a que se refiere Fabio pueden distribuirse y sintetizarse en el siguiente esquema. En primer lugar, los recuerdos del huérfano de catorce años. Luego, los días de aprendizaje de las tareas de arreo y de doma, con la ayuda de Don Segundo. Momentos de la vida luchada en el campo bajo la vigilancia del que ha venido a ser su amado padrastro. Y por último, en la evocación, el desenlace de la separación definitiva.
El tiempo presente se une al pasado y el lector es sumido imperceptiblemente en la nostalgia rememorativa. Con lo cual se acentúa el lirismo "elegíaco" que se alterna con los momentos felices y despreocupados que resplandecen en el libro.

Fabio, el discípulo

Hay momentos en que Fabio evoca los singulares días de su infancia y va reconociendo su transformación en gaucho; su indumentaria y la posesión de su caballo, son un testimonio. La metamorfosis es atribuida a Don Segundo, que en el término de cinco años ha hecho de él un hombre. Guiándolo en el conocimiento de las tareas rurales, como resero, baquiano y domador. Pero el aprendizaje no se cierra en lo material. Se amplifica moral y espiritualmente en la formación de un carácter y de una límpida conducta hacia la vida. Alcanzándole "resistencia y entereza en la lucha", "fatalismo en aceptar sin rezongos lo sucedido", "fuerza moral ante las aventuras sentimentales", "desconfianza para con las mujeres y la bebida", la alerta y "la prudencia entre los forasteros"...y "la fe en los amigos".
Así vemos como se superponen en un ensamble conmovedor la formación de un hombre útil y de provecho y la conformación de una personalidad moralmente cabal.Y bien se ve que esta conjunción prodigiosa no ha de trastabillar cuando Fabio, ineluctablemente atado a los bienes que ha heredado, y ya habiendo resuelto ser un hombre cultivado, presiente con desgarro que no logrará retener a su vera a su maestro, que, como lo sabe bien el alumno, es "un espíritu anárquico y solitario".

Don Segundo Sombra, un maestro

Desde el primer encuentro Fabio lo pinta como un fantasma o "sombra" huidiza. "Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser..." Esa admiración incondicional del primer encuentro se acentuará cuando la vida de Fabio comience a transitar junto a la del gaucho.
El apellido de Don Segundo da una clave para ubicarlo en la mente de Fabio. Y también en la de Ricardo Güiraldes. Estamos ante un gaucho idealizado, suma de todas las virtudes del hombre rural en su "esencialidad". Aunque debemos señalar que los críticos literarios de la izquierda argentina, no vacilarán en decir, con dictámenes sociológicos dignos de análisis, que Don Segundo es la visión nostálgica y elegíaca de los hacendados oligárquicos, separados, tanto en la realidad, como en la literatura gauchesca, de un personaje combativo, luchador, reivindicativo, como Martín Fierro . Ante la obra santificada por Lugones, el mismo Borges ha sostenido, siempre, una actitud de significación personal ambivalente. Desde no considerar al poema como la máxima obra nacional, hasta la sentencia irónica de su paradoja de que, al fin de cuentas, Fierro es un gaucho desertor y "homicida".
Un aporte merecedor de estima en el orden de estas polémicas ideológicas, es suministrado por Ernesto Sabato. Dice, en relación con la crítica marxista: "Un crítico de izquierda, que pretende utilizar a Marx como maestro, sostiene que el Don Segundo Sombra de Güiraldes no existe, que es apenas la visión que un estanciero tiene del antiguo gaucho de la provincia de Buenos Aires; lo que es más o menos como acusar a Homero de falsificador, porque exhaustivos registros llevados a cabo en las montañas calabresas y sicilianas no han dado con un solo cíclope".
La sociología de la literatura muestra -empero-, con todos los cuidados que se deben tener, que en toda valoración de una obra literaria las ideologías, sociales, políticas y económicas, no pueden dejar de alguna manera de estar presentes.

El lenguaje

La novela está escrita en un lenguaje llano y con frecuencia, especialmente en los diálogos, con regionalismos gauchescos de la llanura argentina. El vocabulario está cargado de palabras frecuentes en Argentina, y, sobre todo, en la vida campesina de la provincia de Buenos Aires. Una buena edición de esta obra, como ya mencionaremos y tal como acontece en gran parte de la literatura gauchesca, hace indispensable un glosario. El brillo chispeante y pintoresco de los hombres de campo es así uno de los atractivos que atrapan y dan verosimilitud al texto.
Pero a pesar de lo que acabamos de decir, la voz del poeta que fue Ricardo Güiraldes, aquí y allá se hace escuchar con hallazgos de recursos literarios que matizan líricamente las páginas. Veamos:"En la pampa las impresiones son rápidas, espasmódicas, para luego borrarse en la amplitud del ambiente, sin dejar huella". Hay hallazgos relevantes en ciertas comparaciones:"El sueño cayó sobre mí como una parva sobre un chingolo". En alguna sinestesia: "Las aguas hiciéronse frías a mis ojos". Las comparaciones harto expresivas en momentos conmovedores:"Me fui, como quien se desangra". Imágenes y metáforas para el paisaje:"Una luz fresca chorreaba de oro el campo".O...:"En derredor, los pastizales renacían en silencio, chispeantes de rocío."
Son frecuentes los argentinismos."Para las casas"...O los diminutivos de uso harto frecuente en nuestro medio urbano o rural: "al ratito", "no era sino un resplandorcito"...
De este modo confluyen en el autor su formación estrictamente literaria, que incursionó primeramente en la poesía, y el tono gauchesco del hombre de estancia que ama las cosas de su tierra. En su estilo etán bien captadas todas las reticencias del paisano, en ironías,en bromas, en pícaras sugerencias, en comparaciones que animizan seres y cosas.

Conclusión

La obra es una pintura de nuestro campo; tal vez, del que fue y ya no es de este modo, exactamente. El resero o tropero, aquí y en todas las grandes llanuras del planeta, ha sido suplido por los transportes-jaulas mecanizados, tal como otrora el muy arcaico arado de una sola reja tirado por bueyes, por un tractor. Y el transporte de la hacienda por camiones y trenes. Las inclemencias del tiempo que azotaban a los animales y a los jinetes en campo abierto, ya son cosa de la historia. El poncho amigo que defendía de los temporales forma parte de un atuendo acaso decorativo.
Así como en "Martín Fierro" la amistad entre el sargento Cruz y Fierro es un símbolo emblemático del culto a este compartido sentimiento argentino, al decir de Borges, en "Don Segundo Sombra" el centro temático ha de ser el vínculo viril entre un gaucho inteligente, serio, callado y un muchacho "guacho" hambriento de paternidad. Fabio Cáceres, el hijo no reconocido por su padre y abandonado al cuidado de "unas tías".
Con esta obra se clausura de modo brillante, en el siglo XX, el ciclo de la literatura gauchesca iniciado en el XIX. "Facundo", de Sarmiento, tal vez la mejor prosa de este último centenar de años o, por qué no, de toda la literatura argentina -tal es un parecer de Borges- pintará el conflicto entre civilización y barbarie. En tanto que "Martín Fierro" nos diseñará la figura desdichada del gaucho del período posterior a Rosas, perseguido, olvidado y con frecuencia tenido en menos. Conociendo a Hernández y sus limitaciones, no puede dejar de apreciarse -como lúcidamente descubriera Lugones- una obra genial en nuestro supremo poema gauchesco. Estas grandes obras, las de Güiraldes, Sarmiento, Hernández, están tocadas por una especial musa inspiradora.
Ángel Mazzei, en un estudio preliminar a una edición de "Don Segundo Sombra", ha dicho:"...es, ante todo, una obra donde el acierto de la concepción se une, plenamente, al de la ejecución.Hay creaciones donde la realización de la forma parece superior a su materia; otras demuestran un desajuste irreparable entre el propósito y el logro; Güiraldes logró la máxima aproximación entre su proyecto de novela y la novela misma".(Estudio preliminar a "Don Segundo Sombra", de Ricardo Güiraldes, Editorial Kapelusz,Buenos Aires, 1978)
La ciudad de Buenos Aires ha sido curiosamente parca en monumentos y homenajes al autor de la novela que analizamos. Tan sólo dos cuadras de un modesto pasaje, en Villa Lugano, entre Zuviría y Santander, se llama Ricardo Güiraldes. Y el monumento al "resero" en la plazoleta ubicada en el ancestral Mercado de Liniers, en Mataderos, en Avenida de los Corrales y Lisandro de la Torre. Lugar éste de una consagrada feria gauchesca de reunión dominical, acompañada de festivales. En conjunto, un centro de atracción para los vecinos y para personas movidas por apetitos turísticos. También existe la plaza "Don Segundo Sombra" en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Flores, ubicada en la calle Santander, rodeada de las calles Nepper, Carlos Ortiz, Alonso Rodríguez, Juan Del Castillo y Aroma.

El juguete rabioso

El juguete rabioso es la primera novela del escritor Roberto Arlt –marcadamente autobiográfica- publicada en el año 1926 por la Editorial Latina. Sus manuscritos datan de la década de 1920 y fueron bosquejados por Arlt en las Sierras de Córdoba, en una época en la cual su mujer, Carmen, atacada por una complicada tuberculosis, debe instalarse en esas geografías para intentar una difícil mejoría. Arlt, en tanto acompaña a su esposa e invierte una considerable suma de dinero en negocios que no fructifican, hace nacer a El Juguete Rabioso.
Ya de regreso en Buenos Aires, Arlt trata de publicar esta novela en la colección "Los Nuevos", de la editorial Claridad, pero a Elías Castelnuovo, asesor de la colección, no le gusta el libro. Es entonces cuando los azares del destino lo acercan a Ricardo Güiraldes, quien, luego de escuchar las lecturas del libro, alienta a Arlt a continuar buscando editorial, en tanto le da trabajo de secretario.

Contenido

1 Argumento 
2 Estructura y otros detalles 
3 Véase también 
4 Enlaces externos 

Argumento

Silvio Astier, protagonista de la obra, es un adolescente humillado por una atroz pobreza de la cual lucha por escapar. Mientras lo intenta, no logra más que tropiezos y desventuras que lo sumergen, lentamente, en los suburbios de un oscuro pesimismo. Rodeado de personajes ruines y de situaciones entre absurdas y desesperadas, resiste los caprichos y las intolerancias de sus semejantes, sin alcanzar nunca un mínimo atisbo de mejoría en su situación dentro de la sociedad. Finalmente, la trama lo conduce a la decisión de suicidarse, proyecto que también ve frustrado, por lo que se convierte a sí mismo en una suerte de “muerto en vida”, renunciando a su lucha y alejándose a través de una traición en apariencia contradictoria. De modo que, ante el fracaso de todos sus proyectos, decide reemplazar su deseo económico por el de venganza; humillando, por el sendero de la violencia, a ese mundo del cual nunca pudo ser parte. Una frase de Astier quizá sirva para comprender con mayor claridad sus sentimientos: «El recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia». Y al amigo nunca más lo volvio a ver y nunca más volvió a trabajar.

Estructura y otros detalles

Pareciera ser la más autobiográfica de sus obras. El denominador común es el fracaso invariable de Astier, su protagonista, en la concreción de cualquiera de los proyectos que emprende. La obra está estructurada en cuatro partes, a saber:

Los ladrones 
Aquí el protagonista intenta conformar una suerte de “Club” con la idea de efectuar robos en el barrio. Nada funciona como es debido y el club se disuelve sin beneficio alguno.

Los trabajos y los días 
En esta etapa, Astier es empleado en una librería y luego de producir un incendio intencionadamente, fracasa y debe huir.

El juguete rabioso 
El protagonista decide ingresar en la Escuela de Aviación como aprendiz y es expulsado luego de una serie de idas y vueltas. El capítulo culmina con el intento de suicidio de Astier.

Judas Iscariote 
Silvio Astier, ya hombre de mayor edad, entabla amistad con un cuidador de carros muy humilde, en el barrio de Flores. Traman un robo al que, finalmente, Astier frustra delatando a su compañero.

Los siete locos

Los siete locos es una novela del escritor argentino Roberto Arlt editada en el mes de octubre de 1929. En la misma se desarrollan algunos de los problemas planteados por el existencialismo filosófico. Las cuestiones morales, la soledad, la angustia ante el sin sentido de la vida y la desolación de la muerte son temas recurrentes en la arquitectura metafísica de sus protagonistas. Es una obra de lúcida crítica social a la Argentina de los años 30. Los siete locos culmina con Los lanzallamas, novela que Arlt editaría en 1931.

Argumento 

El protagonista, Remo Augusto Erdosain, desesperado ante la falta de dinero y perspectivas se une a una sociedad secreta que pretende trocar el orden social imperante a través de una cruel y terrible revolución social ideada por uno de los personajes más potentes creados alguna vez por la literatura argentina: El Astrólogo. Tal revuelta sería financiada por una red de burdeles distribuidos por toda la Argentina bajo la administración de el Rufián Melancólico.
Erdosain, ser metafísico hasta la médula, es también un inventor fracasado obsesionado por su “Rosa de Cobre”, proyecto que nos informa tímidamente a través de los capítulos de la obra pero que, víctima de una perdurable abulia, jamás puede concretar. Es, a todas luces, un invento estéril (casi poético), carente de cualquier utilidad que no sea una dudosa estética; no obstante Arlt parece utilizarla en Erdosain como último resabio de esperanza ante el vacío, la inutilidad de la vida y el desamparo que su protagonista siente de contínuo. En términos generales, el sinsentido del mundo tal como está organizado, tiñe la percepción y conciencia que cada uno de sus personajes se hacen de él, llevándolos a extremos delirantes y temibles.
Los Siete Locos está plagada de monólogos interiores que conllevan a sus protagonistas a reflexiones disparatadas y lúcidas por igual, en donde se plantea la locura absoluta de la sociedad, la crueldad del capitalismo, la frialdad de la industria y sus máquinas tecnológicas, contrastando a éstas últimas con la endeblez y fragilidad del hombre mortal que las crea. Incursiona así en tribulaciones metafísicas de orden universal que por lo tanto siguen vigentes. Muchos han señalado en esta obra y en su sucesora la influencia del ruso Fedor Dostoievski, al punto de apodar a Arlt "el Dostoievski porteño".

Facundo

“Como casi todos los textos de Sarmiento, Facundo responde a una circunstancia precisa e inmediata; como casi todos ellos, también la trasciende, ampliando la motivación concreta”. Así describen en sus apuntes Zanetti y Pontieri el proyecto y propósito del Facundo de Sarmiento. Este libro, que comenzó a publicarse como folletín el 1° de mayo de 1845 en Chile tiene tres objetivos principales, que pueden reunirse en:
•  explicar la problemática de la realidad nacional de acuerdo al orden histórico, geográfico y social, estudiando la vida de Quiroga para comprender el gobierno de Rosas,
•  remarcar la poca atención y la crítica que el país recibe por parte de Europa,
•  movilizar al lector a la acción, incentivarlo a un proyecto de progreso que lo saque de la oscuridad en la que vive.
Además, Sarmiento relata en esta obra una historia que entrelaza tres conceptos fundamentales: Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas y el país de los argentinos. A Facundo le corresponde una biografía no cronológica ni completa, sino mas bien una basada en hechos y anécdotas que permiten resaltar sus características; a Rosas, una permanente crítica a su persona, su gobierno y sus actos; a la Argentina, un análisis de su situación desde el plano político y social.
Ya desde la introducción, Facundo aparece en su máxima expresión: una “sombra terrible” a la que se evoca, a la que se pide respuestas por el presente dramático. Más adelante, bajo el sobrenombre del `Tigre de los Llanos', se muestran sus características salvajes y dominantes que infunden miedo a la gente. Cerca de su muerte se percibe una `transformación' en la conducta de Facundo en Buenos Aires: aparece más tranquilo y educado, con modales de señor y preferencias europeas (que se notan en su forma de vestir y de vivir, por ejemplo). Sin embargo, en Barranca-Yaco y la campaña reaparece su violencia y salvajismo. 
En la introducción se plantea a Facundo como un fantasma inmortal, un ser que, aunque muerto, sigue vivo en el recuerdo popular, casi mistificado y eterno. A él se recurre frente a la necesidad de soluciones (“te levantes a explicarnos [...] de un noble pueblo”) y a él se lo compara, irónicamente, con la figura de Rosas (“... su heredero, su complemento”). Este Facundo ha tenido una muerte muy violenta y sangrienta (“sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas” y “trágica muerte”) que Sarmiento explica detalladamente en el capítulo XIII `¡Barranca-Yaco!'. Las primeras características que se le atribuyen a Facundo son el instinto, la tendencia, la iniciación, a diferencia del “sistema, efecto y fin” de Rosas. Luego de tildarlo de bárbaro, provinciano, valiente y audaz, Sarmiento explica que Facundo fue lo que fue “no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos de su voluntad”, que lo convirtieron en “una manifestación de la vida argentina”, en “el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil de la República Argentina; la figura más americana que la revolución presenta”. 
El capítulo V `Vida de Facundo Quiroga' comienza con un relato anecdótico del acecho de un tigre muy temido a un gaucho que escapaba por las tierras de San Luis y San Juan. Este gaucho es Facundo, y él mismo cuenta la anécdota a unos oficiales. Es en este capítulo en el único que se deja ver el miedo de Facundo, que durante toda su vida se presenta con una temeridad apasionante: “Entonces supe lo que era tener miedo”, confiesa, frente al peligro que fue que le tigre casi lo matara. Si bien, como ya se dijo, esto es una mera anécdota, la permite a Sarmiento introducir el apodo que recibe Facundo en vida: el `Tigre de los Llanos'. Sarmiento comienza así una descripción física de Facundo (caracterología) en la que constantemente remarcará la apariencia sombría de su cara y, por extensión, sombría y misteriosa de su persona. Con la visión cientificista de la época, Sarmiento establece la posibilidad de la existencia de semejanzas entre el tigre y Facundo, influenciada por el ambiente, o sea, el campo y la naturaleza salvaje. Más tarde se agrega otra anécdota en la vida de Facundo: de pequeño y en la escuela, golpea a su maestro que lo “quiere mal” y se escapa y esconde por tres días. Otra vez, Sarmiento no la escoge al azar, sino para luego poder dar su opinión de la imagen que él quiere dar de Facundo (“¿No es ya el caudillo que va a desafiar, más tarde, a la sociedad entera?”). Durante todo este capítulo se describen muchos aspectos de la vida de Facundo: sus vicios, su violencia, su malhumor, su responsabilidad y, sobre todo, su incapacidad para soportar la disciplina. Facundo “se sentía llamado a mandar, a surgir de un golpe, a crearse él solo, a despecho de la sociedad civilizada y en hostilidad con ella”, lo que bien le prodiga la caracterización de Sarmiento del “gaucho malo” (“Este hombre divorciado con la sociedad [...] que habitan las poblaciones”). Todo este retrato que Sarmiento hace de Facundo está enmarcado por el respeto y la admiración que éste le genera, como se advierte cuando dice: “en todos sus actos, mostrábase el hombre bestia aún, sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevación de miras”. De esta manera, Facundo queda caracterizado como astuto pero bestia (como Rosas); con esta astucia es que se impone a los ignorantes y a la gente vulgar: el miedo, el terror y la violencia son su forma de gobierno. 
En el capítulo XIII `¡Barranca-Yaco!' se muestra a un Facundo con un poder total sobre ocho provincias del interior, en donde es importante y, por lo tanto, peligroso enemigo de Rosas, con su poderío establecido en Buenos Aires. Este Facundo, una vez que se muda al `territorio de Rosas' sufre una especie de metamorfosis, que lo lleva a comportarse de una manera mesurada, con un aire “noble e imponente”. En la ciudad, “compra seiscientos mil pesos de fondos públicos; juega a la alta y baja; habla con desprecio de Rosas”. Facundo mantiene dentro suyo su espíritu dominante, sin embargo sabe que en Buenos Aires su influencia no es la misma que en el interior, por lo que controla sus actos. 
Cuando en diciembre de 1835 se le pide a Facundo que intervenga en las enemistades de algunas provincias, debe abandonar Buenos Aires, y se despide de ella con un saludo casi profético: “Si salgo bien - dice, agitando la mano - te volveré a ver; si no, ¡adiós para siempre!”. Así parte, y a la media jornada de trayecto , ya en el campo, su ambiente verdadero, Facundo se `transforma' frente a dificultades que se presentan: “la brutalidad y el terror vuelven a aparecer desde que se halla en el campo, en medio de aquella naturaleza y de aquella sociedad semibárbara”. Al llegar a Córdoba, le advierten que está todo preparado para asesinarlo, que le conviene volver por el camino de Cuyo, con una gran custodia. Desoyendo esto, continúa su camino, “lima las asperezas” entre las provincias y comienza su retorno por el camino de Córdoba. Ya de vuelta le reiteran el boicot que lo va a matar (a él y a la gente que con él estaba). Sin embargo, y sacando a relucir su temeridad y desafío a la muerte, continúa su marcha (“No ha nacido todavía[...] sin cuidado”). En Barranca-Yaco muere Facundo, asesinado de un balazo en el ojo. 
Sarmiento, con un dejo de ironía, acusa a Rosas de ser el autor intelectual del crimen de Quiroga. Sin embargo, dice: “La historia imparcial espera, todavía, datos y relaciones para señalar con su dedo, al instigador de los asesinos...”.
“...Rosas, su heredero, su complemento: su alma (la de Facundo) ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él (en Quiroga) era solo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin”. 
Esta es la primera alusión a Rosas en Facundo: es claramente una ironía y una crítica, lo que va a reflejarse a lo largo de todo el texto. Es también un discurso descalificante cuyo fin es desmoralizar al discurso de Rosas y sus seguidores, utilizando recursos retóricos pertinentes. 
Sarmiento desprecia a Rosas, y en su relato lleno de pasión se permite calumniarlo abiertamente (“Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión...”) y criticarlo en todo lo que le es posible (“organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo”). Sin embargo, este monstruo que es Rosas tiene una inteligencia privilegiada, que le da la capacidad para gobernar, primero en Buenos Aires, después, en toda la república. Mediante esta aseveración se ve una marcada ambigüedad que rige a todo Facundo. Es decir, no hay una constante oposición a Rosas, sino que hay un intercambio de cualidades positivas con otras negativas (concesión), si bien estas últimas son más comunes. 
Sarmiento habla de la “grandiosa expedición” para expandir los límites de Buenos Aires que Rosas lleva a cabo: los comentarios están cargados de críticas e ironía (“una poderosa expedición de que él se había nombrado jefe”). Sarmiento muestra así cómo el calculador del “Restaurador” prepara la escena mediante la cual genera, con sus comentarios y órdenes contradictorias, el desorden en Buenos Aires.
De esta manera retorna y toma el poder, con el agregado de Facultades Extraordinarias y la Suma del Poder Público, palabras cuyo alcance y significado sólo el entiende.
Así como con Facundo, Sarmiento justifica su conducta por la influencia que tiene el ambiente sobre el riojano, trata de buscar una explicación similar para Rosas. Lejos de ser compasivo, Sarmiento lo justifica diciendo que Rosas es un típico ganadero, y todos sus comportamientos en el gobierno y con los gobernados tienen un paralelismo con un ganadero y su ganado. Pidiendo perdón a Dios en caso de estar equivocado (“Dios me perdone si me equivoco”), Sarmiento llega a comparar las estrategias de Rosas con las de la Inquisición. 
Al hablar de Rosas, el discurso de Sarmiento es netamente polémico. Dicho discurso, por su naturaleza verbal, implica un intercambio, en el cual se confrontan dos textos. Dentro del campo especulativo que aborda Sarmiento, el contradiscurso es citado con el fin de refutarlo, es decir, Sarmiento toma las palabras de Rosas y de sus partidarios para volverlas en su contra. Esto es lo que Arnoux denomina “falsificar la palabra del otro” o bien “formulación a contrario”. 
Luego de explicar el mapa de acción (todas las cosas que hizo Rosas para acumular el poder), Sarmiento finalmente dice el objetivo principal del “tirano”: “la reconstrucción del antiguo virreinato de Buenos Aires”. 
La República Argentina está caracterizada en Facundo de una manera muy dura y detallada. La primera frase en la que aparece es ya una crítica: la tilda de mujer y, por lo tanto, de cobarde, y de tigre, por lo sanguinario (“un día vendrá [...], Nuevo Mundo”).
En la introducción evoca a la República Argentina como un país que llama la atención de Europa por sus particularidades en cuanto al gobierno y la situación interna: muchos europeos han tratado de estudiarla, pero se han quedado en lo superficial, alegando que “es un volcán subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la América, pronto se extinguirá”.
Con respecto a España, Sarmiento la considera atrasada y retrógrada: si bien es bueno mirar hacia Europa, no se debe aspirar a ser como España, aquel país anticuado que nos conquistó. Para Sarmiento, los problemas que tiene Argentina en lo que se refiere a la falta de progreso e involución se la debemos a España. Puede aplicarse entonces el dicho “hay que ver el árbol para entender los frutos”. Esto es, en definitiva, lo planteado por David Viñas en su libro Literatura argentina y realidad política: la hispanofobia, que consiste en la visión de España como lo retrógrado y tradicionalista. También se manifiesta, como cita Viñas, el dilema progresismo-tradicionalismo, siendo la visión de Sarmiento meramente progresista. 
El capítulo I de Facundo consta de una descripción del aspecto geográfico de la República Argentina, vital para Sarmiento, quien piensa en la conducta de los seres humanos con relación al ambiente que los rodea. Es por eso que analiza las disposiciones del terreno y la consecuente distribución de la población, y dice que “el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión...”. Por esto, van a haber poblaciones separadas de otras por miles de kilómetros, que van a impedir que haya algún tipo de progreso porque, además de todo, los ríos no están navegados. Entonces compara la navegación aquí con la de Estados Unidos y otros países que sí la aprovecharon.
Ya en Buenos Aires, describe al gaucho típico con total dureza: es un vago que no sabe hacer más que descansar y desdeñar las ventajas que la naturaleza le ofrece. De la ciudad, dice que la gente está constantemente mirando hacia Europa.
En el capítulo XIII `¡Barranca-Yaco!', la situación del país ha cambiado. Rosas ha emprendido su campaña para sacar a los indios del sur de Buenos Aires; Quiroga tiene poder sobre ocho provincias del interior; “la paz es ahora la condición normal de la República, como lo había sido antes un estado perpetuo de oscilación y de guerra”. 
Alrededor de 1834, Rosas seguía su expedición y los conflictos en Buenos Aires eran cada vez mayores, por lo que cuando vuelve del Sur y se le acaba el período de gobierno la gente le pide por favor que tome de nuevo el poder. 
Entonces, lo que plantea Sarmiento con respecto a la Argentina dominada por Rosas es que, si bien él (Rosas) se hizo del poder con toda una estrategia astutamente planeada, la gente se “sometió” a él quizás por ignorancia, quizás, como dice en la introducción (pero hablando de España), “pidiendo a gritos que le impongan el yugo, que parece ser su condición y su modo de existir”.