EDUBLOG / TEMAS: LENGUA, LITERATURA, COMUNICACIÓN Y EDUCACIÓN / ESCUELA: SECUNDARIA Nº 12 / SE RECOMIENDA CONSULTAR ESTE BLOG POR MEDIO DE SUS PÁGINAS Y ETIQUETAS.
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miércoles, 12 de septiembre de 2018
EL CUENTO REALISTA
miércoles, 5 de septiembre de 2018
CUENTO - LA TRAVESÍA
La travesía
Pedro Orgambide
Un carro avanzaba por el camino, en medio de la tierra árida. Planeaban en lo alto los chimangos, volaban su vuelo fúnebre sobre las osamentas.
–Perros –masculló el hombre.
Volvió su mirada a los médanos, más allá todavía, hacia la tierra fértil que había abandonado. La mujer observó el rostro del hombre en una muda súplica que nadie vio. Acarició a su chico con paciencia. El carro se balanceaba, ebrio, en el arenal.
–Hay que empezar de nuevo –meditó la mujer.
–Perros –repitió el hombre.
Azuzaba al caballo, los ojos fijos en el camino, en las nubes de polvo que un viento seco levantaba en la huella.
–…Mirá que decirme negro peleador y borracho –recordó, mientras los chimangos formaban un círculo en el aire, una herradura negra sobre el yermo–. Mirá que decirme eso a mí, que nunca me metí con nadie…
–Olvidá, ché.
–No puedo.
El chico los oía hablar, ajenos y lejanos, mientras miraba las huellas que dejaban las ruedas del carro en el camino. Quería dormir o jugar con su perro o ir a cazar martinetas en el monte. Quería cualquier cosas menos eso, el estar allí, tirado, junto a los paquetes, los catres, y el armario atado con sogas de la familia errante.
–Tengo sed –dijo el chico, y bebió el agua tibia de la lata. El campo entero parecía tener sed. No se veía un solo rancho. El perro, que trotaba detrás del carro, de vez en cuando encontraba un delgado, casi invisible hilo de agua, y corría hacia él con ladridos de júbilo. Túmulos de arena, algo menos que dunas, orilleaban aún la vastedad de la planicie. Ella se extendía ante los ojos del hombre como si fuera un desafío.
La mujer creyó oír la música del agua; rodaba como un eco, se confundía al ruido monótono del carro en el camino. Bastaba callar para escuchar la música.
–No estés triste –dijo.
–Nos quitaron la tierra –se quejó el hombre–. Todo, todito.
–No estés triste, te digo.
La mujer entregó la lata al hombre, que bebió en dos sorbos rápidos, para encender después un cigarrillo. Un gusto ácido le llenó la boca, pero siguió fumando, rumiando su pena. Aminoró la marcha. El caballo babeaba su sed. No se veía otra cosa que esa mancha amarilla, casi infinita, del desierto. El chico se adormecía, afiebrado, buscaba el regazo de la madre. Ella humedeció sus labios en la lata y después la cubrió con la arpillera. Sentían la ropa pegajosa de tierra y de sudor, los ojos enardecidos, y las manos torpes, cansadas.
–Vamos al valle –informó el hombre, como si en esas tres palabras cifrara su esperanza.
–¿Y qué hacemos, decí? –preguntó involuntariamente la mujer, a las espaldas de su compañero.
–Trabajamos, ¿qué otra cosa hay que hacer?
–Lastima la casa…
–No hay casa, no hay tierra. Eso es como robar, ¿oís? Así me dijo el funcionario. Te juro: lo hubiera aplastado como a un bicho. Si no lo hice fue por vos, por la criatura…
Ella se volvió, sin contestar. El aire se espesaba sobre el llano, pesaba sobre la frente, encima de un pedregal que se extendía con sus efímeros yuyos hacia el Sur. El chico buscaba el aire con la boca abierta, gimoteando. Después se adormecía, confundiendo las imágenes del monte, escuchando el ladrido del perro, nadando en un río de aire en el que se hundía irremediablemente, lejos, muy lejos de los caballos que corrían libres por la llanura.
–El chico tiene fiebre –informó la mujer.
–Es el sol. Tapalo.
No hablaron más. Sintieron las bocas secas de silencio. Avanzaban esperando la noche, un poco de ese frío del Sur que vendría junto a las estrellas.
Semejante a una gran luciérnaga en el aire, se balanceaba el farol en la mano del hombre. Parecía buscar algo en la oscuridad, un rastro humano, una pisada. Parecía buscar algo en la oscuridad, un rastro humano, una pisada. El carro, detenido, cobijaba a su gente del frío de la noche. Levantó el farol y vio a lo lejos algo menos que un rancho, una tapera en la que ondulaba una bolsa con los golpes del viento. Se acercó casi sin esperanza. Era imposible que alguien viviera allí. Un bulto se perfiló en uno de los costados de la tapera. Observó entonces la presencia de un viejo y una cabra esquelética, y, más atrás, las sombras de la mujer y los chicos. El viejo contestó el saludo del desconocido, movió apenas los labios con esa total indiferencia del yermo: lo ojos apagados, gises, estudiando al paisano de la tierra próspera.
–Tengo la mujer y el chico afuera –explicó el hombre.
Pero el viejo no le contestó. Parecía absorto, valorando las alpargatas del desconocido.
–Voy hacia el valle –agregó éste.
–El valle –repitió el viejo con la misma ausencia de su gesto–. Yo estuve allí… hace mucho.
Calló, como si se arrepintiera de la evocación.
–Tenía casa –contó–, tenía tierra…
El viejo se volvió para ordenar a la mujer.
–Hace lugar que viene gente.
El hombre agradeció con un gesto y regresó junto al carro, siempre con el farol, con la luciérnaga parpadeando en las sombras. Al rato hizo su entrada en el rancho, seguido de los suyos. Un fuego tímido indicaba a los recién llegados algo así como un ritual de la solidaridad. Se reunieron alrededor del fuego, huérfanos y acompañados en la noche del Sur.
–El chico se me moría de tanto sol –dijo la mujer.
El viejo sonrió. Para él, aquellos campesinos sin tierra eran como chicos. “Paisanos flojos”, como todos los de la llanura, hombres que en el desierto andaban perdidos, muertos de sed, mostrando sus flojeras. Él no era de esos. Se había resignado a un pedazo de yermo, que nadie, ni loco, le disputaría.
–No se van a morir, no –aseguró el viejo mientras tomaba la botella de aguardiente que le acercaba al forastero–. Se acalientan nomás, pero no mueren, no.
–Hay que llegar al valle –casi juró el hombre.
–Está lejos –musitó la mujer.
–¡Uh! –comentó la vieja, una sombra que se hizo mujer al acercarse al fuego.
El viejo estalló en una carcajada y explicó señalando a la sombra:
–Está no sabe lo que es eso. Ésta no sabe si hay cristianos del otro lado de la huella.
Siguió bebiendo sin dejar de reír.
–Yo sí conozco el valle –dijo– yo sí conozco la tierra buena. La conozco ¿eh? Pero no vuelvo más. Ustedes son jóvenes. A ustedes les quitan la tierra y vuelven a empezar… pero yo… y éstos… Si ni nos quieren para abono.
–Acá no podría vivir –pensó el hombre en voz alta.
–¿No?
–Digo…
–Y, ¿digo puede vivir el pobre, don?
Para sus adentros, el hombre se prometió que nunca viviría así. Porque no era de hombres vivir así, como las bestias. El viejo salió de la tapera con la botella de aguardiente en la mano. Gente y perros quedaron junto al fuego, silenciosos, mirando las llamas que se apagaban lentamente. Por fin se recostaron en el suelo, disponiéndose a dormir. Sólo el viejo rezongaba afuera, ebrio y solitario. El hombre escuchó su risa, los insultos y el paso vacilante del viejo entre las sombras. Oyó luego cómo arrojaba la botella, un ruido a vidrios rotos, y luego el silencio, el gran silencio que rodeaba la tierra.
–No tengás miedo –le dijo a su mujer. Y se durmió.
Hacía varias horas que el viejo los despidiera, a un costado del camino. Hacía varias horas que el hombre acariciara los flancos del caballo, animándolo a seguir. Sabían que iban a librar un combate desigual, lo olían en el aire denso, pesado, de esa madrugada. De vez en cuando veían una osamenta, un fierro, una madera. Eran los únicos vestigios de una vida probable. Y lo difícil era avanzar en el silencio, en la esperanza de una voz humana, del paso de un animal, o el ruido del agua entre las piedras. “Solos” –pensó el hombre, sintiendo cómo se cerraba la soledad sobre la pampa blanca, achicándose como un puño en el pecho.
El hombre calculaba las energías del caballo. Trataba de administrarlas lo mejor posible, temeroso de vencerlo.
Sentía una oscura, inconfesada piedad por su animal.
–Vamos –lo animó chasqueando la lengua, esperando su reacción. Con esfuerzo el caballo apuró el paso, levantó la cabeza como queriendo respirar, se agitó en un ciego impulso que el hombre controló con la riendas. Después lo hizo marchar despacio por la huella.
–Todavía aguanta –informó a su mujer.
–Pobre –comentó ella, acercándose.
–Si se nos queda ahora…
Pero era mejor no pensarlo. De suceder así, tendrían que marchar a pie, sumar cansancio al viaje. Sin embargo, no era eso lo que más temían. Lo peor era sacrificar al animal, ayudarlo a morir. Lo habían previsto, pero lo callaban. No podían ceder ahora, ni con el pensamiento.
–Tenés que aguantar –casi gritó el hombre.
Un sol ardiente les golpeó con paciencia. Lenta, penosamente, el carro atravesaba la pampa blanca.
–Maldita tierra –dijo el hombre.
Muchas horas debieron pasar. El chico despertaba con una sensación extraña, como si aquello que veía no fuera realidad sino una de las tantas imágenes de su pesadilla.
La mujer inclinaba su cabeza, vencida de cansancio. Se escuchaba, lejano, el ladrido del perro. Muchas horas debieron pasar, muchas, porque el tiempo ya era un dolor muy viejo, alguna cicatriz del hombre mientras vagaba por la tierra.
La mujer acarició la mano de su compañero: deslizó sus dedos por la piel áspera curtida por el sol. Pensaba que a veces su hombre era como un chico. Lo acarició suave, lentamente, como cuando estaban junto al río.
–Ya falta poco –lo alentó.
Otra vez el chico regresó a su sueño: regresaba a los grandes árboles y al estampido de las escopetas de los cazadores, a un vuelo fugitivo de martinetas y a un chillido de pájaros. Lo despertó el ladrido del perro. Lo vio trotar, detrás del carro. Extendió sus brazos y silbó. El perro, de un salto, estuvo junto al chico. Sin fuerzas, jugaron igual que cuando corrían por el monte. Pero un gran cansancio subía de la tierra. Pronto terminaron de jugar. El chico se adormecía, otra vez, pese a los barquinazos. El pero se echó boca arriba, como esperando lluvia. Pero la lluvia no llegó. Pasaron bajo los nubarrones grises, sin esperanza.
–Maldita tierra –repitió el hombre.
–Ya falta poco –lo alentó la mujer.
A lo lejos surgieron unos barrancones rojos, tierra alzada de sed, moles de arcilla semejantes a la cresta de algún gallo gigante. El hombre no reparó en ellas. Observó al chico dormido, al perro boca arriba.
–Ojalá que aguante –dijo el hombre mirando al caballo que avanzaba ciego, sin necesidad de las riendas.
Los ojos se cansaban de mirar lo mismo. El carro parecía detenido en un punto fijo de esa nada, de un círculo eternamente repetido, rodando de pereza por el tiempo. Pero avanzaba, lento, como la esperanza del hombre, hacia los altos álamos del valle.
De "La buena gente", 1970
A) ¿CUÁL ES EL CONFLICTO DE ESTE RELATO Y EN QUE MOMENTO SE PRESENTA?
B) EL AUTOR ELIGE UNA FORMA POCO HABITUAL DE NOMBRAR A LOS PROTAGONISTAS DE SU OBRA. ¿DE QUÉ MANERA IDENTIFICA EL NARRADOR A SUS PERSONAJES?
domingo, 2 de septiembre de 2018
GÉNERO POLICIAL - LA PESQUISA DE DON FRUTOS
2) REALIZAR UN CUADRO COMPARATIVO CON LAS SIMILITUDES Y DIFERENCIAS QUE CARACTERIZAN A CADA UNO DE LOS FUNCIONARIOS POLICIALES.
3) TRANSCRIBIR EJEMPLOS DE LOS LÉXICOS UTILIZADOS POR DON FRUTOS Y LUIS ARZÁSOLA.
4) DETERMINAR A QUE DIALECTO PERTENECE CADA UNO DE ELLOS.
ACTIVIDAD - LA AVENTURA DE LOS TRES ESTUDIANTES
Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)
La aventura de los tres estudiantes (1904)
(“The Adventure of the Three Students”)
Originalmente publicado en The Strand Magazine (junio 1904);
The Return of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1905, 403 págs.)
En el año noventa y cinco se produjo una suma de acontecimientos, en la que no es necesario entrar, que motivó que el señor Sherlock Holmes y yo pasáramos unas semanas en una de nuestras grandes ciudades universitarias, y durante esa época nos sucedió la pequeña —pero instructiva— experiencia que me dispongo a relatar. Obviamente, algunos detalles que le facilitarían al lector identificar con exactitud la universidad o al criminal serían imprudentes y ofensivos. Un escándalo tan penoso podemos permitirnos que sea olvidado. Con la debida discreción, el incidente en sí mismo, sin embargo, puede ser descrito, puesto que sirve para ilustrar algunas de aquellas cualidades por las que mi amigo resultaba extraordinario. Trataré de evitar en mi exposición términos tales que pudieran ser utilizados para acotar los acontecimientos a algún lugar en particular o dar una pista respecto a las personas interesadas.
En esa época nos albergábamos en una pensión cerca de una librería en donde Sherlock Holmes se dedicaba a ciertas búsquedas laboriosas sobre los primeros fueros ingleses —búsquedas que condujeron a resultados tan llamativos que podrían ser el tema de uno de mis futuras historias—. Ahí fue donde una noche recibimos una visita de un conocido, el señor Hilton Soames, tutor y auxiliar en el College of St. Luke’s. El señor Soames era un hombre alto y enjuto de una naturaleza inquieta y excitable. Siempre lo había tenido por alguien de comportamiento intranquilo, pero en esta ocasión en particular se hallaba en tal estado de incontenible agitación que estaba claro que había acaecido algo muy infrecuente.
—Confío, señor Holmes, en que podrá dedicarme unas horas de su valioso tiempo. Hemos sufrido un incidente muy penoso en St. Luke’s, y, de hecho, si no fuera por la feliz casualidad de su estancia en la ciudad, no hubiera sabido qué hacer.
—Ahora mismo estoy muy ocupado, y desearía que no me distraigan —respondió mi amigo—. Preferiría con mucho que solicitara la ayuda de la policía.
—No, no, señor mío, tal opción es completamente imposible. Cuando se pone uno en manos de la ley, ya no se puede detener, y este es precisamente uno de esos casos en que, por la reputación de la universidad, es absolutamente indispensable evitar el escándalo. Su discreción es tan bien conocida como sus aptitudes, y usted es el único hombre en el mundo que puede ayudarme. Se lo ruego, señor Holmes, haga lo que pueda.
El talante de mi amigo no había mejorado porque se le hubiese privado de los agradables alrededores de Baker Street. Sin sus álbumes de recortes, sus productos químicos y su hogareño desorden, se encontraba a disgusto. Se encogió de hombros con un asentimiento descortés, mientras nuestro visitante, con palabras apresuradas y ademanes nerviosos, inició atropelladamente su historia.
—He de explicarle, señor Holmes, que mañana es el primer día del examen para la beca Fortescue. Soy uno de los examinadores. Soy profesor de griego, y la primera de las pruebas consiste en un extenso pasaje de traducción del griego que el candidato no haya visto. Este pasaje se imprime en el papel del examen, y, por supuesto, sería una inmensa ventaja si el candidato pudiera prepararlo con antelación. Por ese motivo, se toman grandes precauciones para mantener el examen en secreto.
»Hoy, aproximadamente a las tres en punto, llegaron las pruebas de ese examen enviadas por los impresores. El ejercicio consiste en medio capítulo de Tucídides. Tuve que repasarlo minuciosamente para que no hubiera ningún error en absoluto en el texto. A las cuatro y media todavía no había terminado mi tarea. Sin embargo, le había prometido a un amigo tomarme el té en su estudio, así que dejé las pruebas de imprenta sobre mi escritorio. Estuve ausente bastante más de una hora.
»Sabe usted, señor Holmes, que las puertas de nuestro colegio mayor son de dos hojas: la de dentro forrada de fieltro verde y la de fuera de pesado roble visto. Cuando me acerqué a mi puerta exterior, me quedé asombrado al ver una llave en ella. Por un momento, me imaginé que había dejado la mía allí, pero, al notarla en mi bolsillo, me di cuenta de que estaba todo bien. El único duplicado que existía, hasta donde yo sé, era ese, que pertenecía a mi sirviente, Bannister, un hombre que se ha ocupado de mis aposentos durante diez años, y cuya honestidad está absolutamente por encima de toda sospecha. Confirmé que la llave era en realidad la suya, que había entrado en mi habitación para preguntarme si quería el té y que había dejado sin darse cuenta la llave en la puerta al salir. Su visita a mi habitación debió de suceder a los pocos minutos de marcharme. Su descuido con la llave no hubiera supuesto mucho en cualquier otra ocasión, pero en un día como el de hoy precisamente ha tenido una consecuencia de lo más lamentable.
»En el momento en que miré hacia mi mesa, fui consciente de que alguien había estado revolviendo en mis papeles. Las pruebas estaban en tres tiras largas. Las había dejado todas juntas. Ahora, descubría que una de ellas estaba tirada en el suelo, una en la consola cercana a la ventana y la tercera donde la había dejado».
Holmes se inmutó por primera vez.
—La primera página, en el suelo; la segunda, en la ventana; la tercera donde la dejó —dijo.
—Exacto, señor Holmes. Me sorprende usted. ¿Cómo es posible que supiera eso?
—Le ruego que continúe con su interesantísima exposición.
—Por un momento, me imaginé que Bannister se había tomado la imperdonable libertad de inspeccionar mis papeles. Sin embargo, lo negó, con suma gravedad, y estoy convencido de que estaba diciendo la verdad. La alternativa era que alguien al pasar hubiera visto la llave en la puerta, hubiese sabido que me hallaba fuera y hubiera entrado para mirar en los papeles. Hay una amplia suma en juego, porque el importe de la beca es muy cuantioso, y un hombre sin escrúpulos bien podía haber corrido el riesgo con el fin de obtener ventaja sobre sus compañeros.
»Bannister estaba muy consternado por el incidente. Estuvo a punto de desmayarse cuando descubrimos que habían estado manoseando los papeles. Le di un poco de coñac y lo dejé desplomándose en la silla mientras realizaba un examen más minucioso de la habitación. Pronto vi que el intruso había dejado otras huellas de su presencia además de los papeles arrugados. En la mesa de la ventana había varias virutas de un lápiz al que había sacado punta. También había tirada una punta rota de grafito. Evidentemente, el granuja había copiado el ejercicio con muchas prisas, se le había roto el lápiz y se había visto obligado a afilarlo de nuevo».
—¡Excelente! —dijo Holmes, que había recobrado su buen humor mientras su atención quedaba más cautivada por el caso—. Le ha sonreído la suerte.
—Eso no es todo. Tengo una mesa de estudio nueva con una delgada capa de cuero rojo. Estoy dispuesto a jurar, al igual que Bannister, que estaba lisa e impoluta. Ahora descubría un corte limpio en ella de más o menos tres pulgadas de largo: no un mero arañazo, sino un auténtico corte. No solo eso, sino que encima de la mesa, descubrí una bolita de masilla, o barro, con motas de algo semejante al serrín en ella. Estoy convencido de que estos rastros los dejó el hombre que rebuscó entre los papeles. No había huellas ni otra prueba en lo referente a su identidad. Me sentía perdido, cuando de repente se me ocurrió una buena idea: que estaba usted en la ciudad, y me vine a verlo directamente para poner el asunto en sus manos. ¡Ayúdeme, señor Holmes! Ya ve mi dilema. O bien encuentro a ese hombre, o si no el examen se debe posponer hasta que se preparen nuevos ejercicios, y puesto que esto no puede realizarse sin una explicación seguida de un feo escándalo, quedaría en entredicho la reputación no solo del colegio, sino de la universidad. Por encima de todas las cosas, desearía resolver el asunto de manera reservada y discreta.
—Estaré encantado de investigarlo y de darle el consejo que pueda —dijo Holmes levantándose y poniéndose el abrigo—. El caso no carece por completo de interés. ¿Había visitado alguien su habitación después de que le llegaran los ejercicios?
—Sí, el joven Daulat Ras, un estudiante indio que vive en la misma escalera, vino a preguntarme algunos detalles sobre el examen.
—¿Se presenta a la convocatoria?
—Sí.
—¿Y los ejercicios estaban encima de su mesa?
—Que yo sepa, estaban enrollados.
—Pero ¿podían ser reconocidos como pruebas de imprenta?
—Es posible.
—¿Nadie más en su habitación?
—No.
—¿Sabía alguien que esas pruebas estarían allí?
—Nadie excepto el impresor.
—¿Lo sabía el tal Bannister?
—No, de ninguna manera. Nadie lo sabía.
—¿Dónde está Bannister ahora?
—Estaba muy afectado, el pobre hombre. Lo dejé desmoronado en la silla, de tanta prisa que tenía por venir hasta usted.
—¿Dejó la puerta abierta?
—Guardé bajo llave los papeles primero.
—Entonces, eso significa, señor Soames, que a menos que el estudiante indio reconociera el rollo como pruebas de imprenta, el hombre que las estuvo revolviendo, se topó con ellas de manera accidental sin saber que estaban allí.
—Eso me parece a mí.
Holmes puso una sonrisa enigmática.
—Bueno —dijo—, vamos allá. No es uno de sus casos, Watson: es mental, no físico. Muy bien, venga si quiere. Ahora, señor Soames…, ¡estamos a su disposición!
La sala de estar de nuestro cliente daba, a través de una ventana con celosía larga y baja, al vetusto patio cubierto de liquen del antiguo colegio. Una puerta de arco gótico conducía a una escalera de piedra desgastada. En la planta baja estaba la habitación del tutor. Encima había tres estudiantes, uno por piso. Ya anochecía cuando llegamos a la escena del misterio. Holmes se detuvo y miró seriamente la ventana. Entonces, se acercó y, de puntillas, estirando el cuello, miró dentro de la habitación.
—Ha tenido que entrar por la puerta. No hay otra abertura salvo la del cristal —dijo nuestro docto guía.
—¡Vaya! —replicó Holmes, y sonrió de una manera singular mientras miraba a nuestro acompañante—. Bueno, si no hay nada que podamos obtener de aquí, más vale que vayamos adentro.
El profesor abrió con llave la puerta de fuera y nos invitó a pasar a su habitación. Permanecimos en la entrada mientras Holmes realizaba un examen de la alfombra.
—Me temo que aquí no hay huellas —dijo—. No cabría esperar casi ninguna en un día tan seco. Su sirviente parece haberse recuperado bastante. Lo dejó en una silla, dijo. ¿En qué silla?
—En la de allí, junto a la ventana.
—Ya veo. Cerca de esta mesa pequeña. Ya pueden entrar. He terminado con la alfombra. Estudiemos primero la mesa pequeña. Por supuesto, está bastante claro lo que ha pasado. El tipo entró y cogió los papeles, hoja a hoja de la mesa del centro. Los llevó a la mesa de la ventana, porque desde allí podía ver si venía por el patio, y así podía escaparse.
—A decir verdad, no pudo —dijo Soames—, porque entré por la puerta lateral.
—¡Ah, eso es bueno! Bien, en cualquier caso, lo tenía en mente. Déjeme ver los tres trozos. No hay huellas digitales…, ¡no! Bueno, llevó este primero y lo copió. ¿Cuánto tardaría en hacerlo, utilizando cada posible contracción? Un cuarto de hora, no menos. Luego lo tiró al suelo y cogió el siguiente. Estaba en medio de ello cuando su regreso motivó que se marchara a toda prisa…, a toda prisa, dado que no tuvo tiempo de volver a colocar los papeles que le dirían que había estado aquí. ¿No oyó pasos apresurándose por la escalera mientras entraba por la puerta exterior?
—No, creo que no.
—Bien, escribió de manera tan frenética que rompió su lápiz, y tuvo, como observó usted, que sacarle punta de nuevo. Esto es interesante, Watson. El lápiz no era uno ordinario. Era de un tamaño mayor del habitual, de mina blanda; por fuera era de color azul oscuro, el nombre del fabricante estaba impreso en letras plateadas, y el trozo que quedaba es solo de una pulgada y media de largo más o menos. Busque un lápiz así, señor Soames, y tendrá a su hombre. Si añado que posee una navaja ancha y muy desafilada, habrá obtenido una ayuda adicional.
El señor Soames estaba un poco abrumado a causa de este torrente de información.
—Puedo seguirle en los otros puntos —dijo—, pero, de verdad, este asunto de la largura…
Holmes le tendió un pedacito con las letras NN y un espacio de madera en blanco detrás.
—¿Lo ve?
—No, me temo que ni siquiera ahora…
—Watson, siempre me he mostrado injusto con usted. Hay más personas como usted. ¿Qué podría ser esto de NN? Es el final de una palabra. Son conscientes de que Johann Faber es la marca de fabricante más común. ¿No es evidente que lo que queda del lápiz es lo que normalmente sigue al Johann? —inclinó la mesa pequeña bajo la luz eléctrica—. Esperaba que, si el papel en el que escribió era fino, hubiese dejado alguna marca sobre esta superficie pulida. No, no veo nada. No creo que haya nada más que podamos sacar de aquí. Ahora pasemos a la mesa del centro. Esta bolita es, supongo, la masa negra y pastosa de la que hablaba. A grandes rasgos de forma piramidal y ahuecada, por lo que veo. Como dice, parece tener partículas de serrín en ella. Vaya, esto es muy interesante. Y el corte…, una auténtica cuchillada, ya veo. Comienza con un fino arañazo y termina con una raja dentada. Le estoy muy agradecido por llamar mi atención sobre este caso, señor Soames. ¿Adónde lleva esta puerta?
—A mi dormitorio.
—¿Ha estado en él desde su aventura?
—No, salí directo a buscarle.
—Me gustaría echarle un vistazo. ¡Qué habitación más encantadora y más clásica! Quizá pudieran esperar un minuto hasta que haya examinado el suelo. No, no veo nada. ¿Qué pasa con esta cortina? Cuelga su ropa detrás. Si alguien se vio obligado a esconderse en esta habitación, debió hacerlo ahí, puesto que la cama es demasiado baja y el armario no es lo bastante profundo. No hay nadie ahí, supongo.
Mientras Holmes descorría la cortina, me di cuenta, por cierta leve rigidez y actitud vigilante, que estaba preparado para una emergencia. A decir verdad, la cortina descorrida no desveló nada salvo tres o cuatro trajes que colgaban de una cuerda de tender. Holmes le dio la espalda y se inclinó de repente hacia el suelo.
—¡Bueno, bueno! Pero ¿qué es esto? —dijo.
Era una pequeña pirámide de un material negro semejante a la masilla, exactamente como la de encima de la mesa del estudio. Holmes la tuvo en su palma abierta iluminándola con la luz eléctrica.
—Su visitante parece haber dejado restos en su dormitorio al igual que en su sala de estar, señor Soames.
—¿Qué podría querer de aquí?
—Creo que está bastante claro. Usted volvió por un camino inesperado, así que no reparó en usted hasta que no estuvo en la misma puerta. ¿Qué podía hacer? Recogió todo lo que podía traicionarlo y se metió precipitadamente en su dormitorio para esconderse en él.
—Dios mío, señor Holmes, ¿quiere decir que en todo el tiempo que me pasé hablando con Bannister en esta habitación hubiésemos tenido al tipo atrapado de haberlo sabido?
—Así lo entiendo yo.
—Seguramente haya otra posibilidad, señor Holmes. No sé si ha visto la ventana de mi dormitorio.
—Con celosía, bastidor de plomo, tres hojas separadas, una batiente de bisagra y lo suficientemente ancha como para que pase un hombre.
—Exacto. Y da a un rincón del patio para que no quede a la vista del todo. El tipo pudo haber entrado por allí, dejar rastro al cruzar por el dormitorio y, finalmente, como se encontró la puerta abierta, escapar por allí.
Holmes negó con la cabeza de manera impaciente.
—Seamos prácticos —protestó—. Creí entenderle que hay tres estudiantes que usan esa escalera y que tienen costumbre de pasar por su puerta.
—Sí, eso es.
—Y que todos se presentan a este examen.
—Sí.
—¿Tiene alguna razón para sospechar de alguno de ellos más que de los otros?
Soames dudó.
—Es una pregunta muy delicada de responder —dijo—. No quiero sembrar sospechas cuando no hay pruebas.
—Oigamos las sospechas. Yo buscaré las pruebas.
—Les explicaré, entonces, en pocas palabras, el carácter de los tres hombres que viven en estas habitaciones. El de más abajo es Gilchrist, un alumno y atleta excelente, juega en el equipo de rugby y en el de críquet de la universidad, y obtuvo el galardón azul [El Blue (azul) es la máxima distinción deportiva otorgada en origen por las universidades británicas de Oxford y Cambridge y, posteriormente, imitada por el resto de las universidades británicas, australianas y neozelandesas] en carrera de vallas y en salto de longitud. Es un tipo excelente y todo un hombre. Su padre era el tristemente célebre sir Jabez Gilchrist, que se arruinó en el hipódromo. Dejó a mi alumno en la pobreza, pero es diligente y aplicado. Lo hará bien.
»En el segundo piso vive Daulat Ras, el indio. Es un tipo callado e inescrutable, como la mayoría de los indios. Trabaja bien, aunque el griego es lo que lleva más flojo. Es constante y metódico.
»El piso de arriba pertenece a Miles McLaren. Es un tipo brillante cuando decide trabajar…, una de las mentes más brillantes de la universidad, pero es rebelde, disoluto y amoral. Estuvo a punto de ser expulsado por un escándalo de juego en su primer año. Ha estado holgazaneando todo este curso, y debe de estar esperando aterrorizado el examen».
—Entonces, ¿es de él de quien sospecha?
—No me atrevería a tanto. Pero de los tres resultaría tal vez el menos improbable.
—Exacto. Ahora, señor Soames, echemos un vistazo a su sirviente, Bannister.
Era un tipo bajo, de cara pálida, bien afeitado y pelo canoso, de unos cincuenta años. Todavía sufría por esta repentina perturbación de la tranquila rutina de su vida. Su cara rolliza estaba crispada por el nerviosismo y no lograba dejar quietos los dedos.
—Estamos investigando este lamentable asunto, Bannister —le comentó su jefe.
—Sí, señor.
—Tengo entendido —dijo Holmes— que dejó su llave en la puerta.
—Sí, señor.
—¿No resulta muy extraño que lo hiciera el mismo día en que estaban esos papeles dentro?
—Resultó muy desafortunado, señor. Pero ya me había sucedido lo mismo en otras ocasiones.
—¿Cuándo entró en la habitación?
—Serían las cuatro y media. A esa hora se toma el té el señor Soames.
—¿Cuánto tiempo permaneció en ella?
—Cuando vi que no estaba, me retiré enseguida.
—¿Miró estos papeles de encima de la mesa?
—No, señor; por supuesto que no.
—¿Cómo llegó a olvidar la llave en la puerta?
—Tenía la bandeja del té en la mano. Pensé en volver después por la llave. Y luego se me olvidó.
—¿La puerta exterior tiene cerrojo?
—No, señor.
—Entonces, ¿estuvo abierta todo el tiempo?
—Sí, señor.
—¿Hubiese podido huir alguien de la habitación?
—Sí, señor.
—Cuando el señor Soames regresó y lo llamó, ¿estaba usted muy alterado?
—Sí, señor. Nunca me había pasado tal cosa en los muchos años de servicio que llevo aquí. Estuve a punto de desmayarme, señor.
—Eso tengo entendido. ¿Dónde estaba cuando comenzó a sentirse mal?
—¿Dónde estaba, señor? Pues, aquí, cerca de la puerta.
—Qué raro, porque se sentó en esa silla de más allá, cerca de la esquina. ¿Por qué no lo hizo en estas otras sillas?
—No lo sé, señor. Me daba igual dónde sentarme.
—La verdad, señor Holmes, no creo que fuera muy consciente de ello. Tenía muy mal aspecto…, casi cadavérico.
—¿Permaneció aquí cuando se marchó su jefe?
—Solo un minuto o así. Entonces, cerré la puerta y me fui a mi habitación.
—¿De quién sospecha?
—Oh, no lo sabría decir, señor. No creo que haya ningún caballero en esta universidad que sea capaz de sacar provecho de semejante acto. No, señor, no lo creo.
—Gracias, eso bastará —dijo Holmes—. Ah, una última cosa. ¿Le ha mencionado a alguno de los tres caballeros a quienes sirve que ha ocurrido algo?
—No, señor, ni una palabra.
—Muy bien. Ahora, señor Soames, daremos un paseo por el patio interior, si no tiene inconveniente.
Tres cuadrados amarillos de luz brillaban por encima de nosotros en la creciente oscuridad.
—Sus tres pájaros están en sus nidos —dijo Holmes mirando hacia arriba—. ¡Bueno, bueno! Pero ¿qué es esto? Uno de ellos parece estar bastante inquieto.
Era el indio, cuya oscura silueta aparecía de repente contra la cortina. Caminaba con rapidez de un lado a otro del cuarto.
—Quisiera echarles un vistazo a cada uno de ellos —dijo Holmes—. ¿Es posible?
—Nada más fácil —respondió Soames—. Este conjunto de habitaciones es el más antiguo del colegio, y no es infrecuente que los visitantes pasen por ellos. Acompáñenme y los guiaré personalmente.
—Nada de nombres, ¡por favor! —dijo Holmes mientras llamábamos a la puerta de Gilchrist.
Abrió un tipo alto, rubio, esbelto, y nos invitó a pasar cuando comprendió nuestras intenciones. Había dentro algunos elementos verdaderamente curiosos de arquitectura doméstica del medievo. Holmes estaba tan encantado con uno de ellos que insistió en dibujarlo en su cuaderno, rompió su lápiz, tuvo que pedirle prestado uno a nuestro anfitrión, y, por último, una navaja para sacarle punta al suyo. El mismo curioso accidente le sucedió en la habitación del indio, un tipo silencioso, bajo, de nariz aquilina, que nos observaba con recelo y que se alegró de manera evidente cuando los estudios arquitectónicos de Holmes llegaron a su fin. No logré ver que en ningún caso Holmes hallara la pista que estaba buscando. Solo en el tercero, nuestra visita resultaría infructuosa. La puerta exterior no se abrió al tocar en ella, y de detrás de ella no salió nada más enjundioso que un alud de improperios.
—Me da igual quiénes sean. ¡Váyanse al diablo! —se oyó bramar a la enfadada voz—. Mañana es el examen, y no quiero que me distraiga nadie.
—Menudo maleducado —dijo nuestro guía, enrojeciendo de ira mientras nos retirábamos escaleras abajo.
—Por supuesto, no se ha dado cuenta de que era yo quien estaba llamando, pero, a pesar de todo, su comportamiento es muy descortés y, de hecho, dadas las circunstancias, bastante sospechoso.
La respuesta de Holmes no dejó de ser curiosa.
—¿Puede decirme su altura exacta? —preguntó.
—Pues, la verdad, señor Holmes, no me arriesgaría a tanto. Es más alto que el indio, pero no como Gilchrist. Supongo que rondará los cinco pies y seis pulgadas.
—Eso es muy importante —dijo Holmes—. Y ahora, señor Soames, le deseo buenas noches.
Nuestro guía alzó la voz presa del asombro y la consternación, y dijo quejándose:
—Pero ¡cielo santo, señor Holmes, no irá a dejarme de esta forma tan brusca! No parece darse cuenta de mi posición. Mañana es el examen. Debo tomar una medida definitiva esta noche. No puedo permitir que mantengan el examen si han copiado uno de los ejercicios. Hay que enfrentarse a esta situación.
—Lo que tiene que hacer es dejarla como está. Me pasaré mañana por la mañana temprano y charlaremos sobre el tema. Es posible que entonces me halle en situación de indicarle algún plan de acción. Mientras tanto, no haga ningún cambio…, ninguno en absoluto.
—Muy bien, señor Holmes.
—Puede quedarse completamente tranquilo. Sin ninguna duda, encontraremos alguna salida a sus dificultades. Me llevaré conmigo la masilla negra, también los residuos de lápiz. Adiós.
Cuando salimos a la oscuridad del patio interior, miramos arriba de nuevo, hacia las ventanas. El indio seguía caminando por su habitación. Los otros eran invisibles.
—Bueno, Watson, ¿qué le parece todo esto? —le preguntó Holmes al llegar a la calle principal—. Vaya jueguecito de salón…, una especie de truco de trilero con tres cartas, ¿no? Tiene tres hombres. Tiene que ser uno de ellos. Escoja uno. ¿Cuál elige?
—El malhablado del último piso. Es el que tiene los peores antecedentes. Y, a pesar de todo, ese indio está hecho un zorro. ¿Por qué si no caminaría de acá para allá sin parar por su habitación?
—Eso no significa nada. Mucha gente lo hace cuando están intentando aprenderse algo de memoria.
—Nos miraba de forma extraña.
—Así lo haría usted si un tropel de desconocidos entrasen cuando se estuviera preparando para un examen que tiene al día siguiente y cada momento contase. No, no veo nada extraño en ello. Lápices, también, y navajas…, todo era satisfactorio. Pero ese tipo me ha dejado desconcertado.
—¿Quién?
—Pues Bannister, el sirviente. ¿Qué pinta en este asunto?
—Me ha dado la impresión de ser un hombre absolutamente honesto.
—A mí también. Eso es lo desconcertante. ¿Por qué un hombre absolutamente honesto…? Vaya, vaya, aquí tenemos una papelería grande. Empezaremos con nuestras averiguaciones aquí.
Solo había cuatro papelerías de alguna consideración en la ciudad, y, en cada una de ellas, Holmes sacaba sus pedacitos y ofrecía pagar un buen precio por uno como ese. Todos estuvieron de acuerdo en que se podía encargar uno, pero que no era un tamaño corriente de lápiz y que raras veces tenían en el almacén. Mi amigo no pareció venirse abajo por su fracaso, sino que se encogió de hombros con una resignación algo cómica.
—Nada bueno, mi querido Watson. Esta, la mejor y única pista definitiva, no conduce a nada. Aunque, de hecho, me caben pocas dudas de que podemos plantear un caso convincente sin ella. ¡Dios mío! Mi querido amigo, son casi las nueve, y la patrona murmuró algo de unos guisantes a las siete y media. Que con su incesante tabaco, Watson, y sus comidas a deshoras, ya le anticipo yo que le va a decir que se marche y que tendré que compartir su ruina…; no antes, sin embargo, de que hayamos resuelto el problema del tutor nervioso, el sirviente descuidado y los tres estudiantes resueltos.
Holmes no hizo más alusiones al asunto ese día, aunque estuvo sentado sumido en sus pensamientos durante mucho tiempo después de nuestra cena tardía. A las ocho de la mañana entró en mi habitación justo en el momento en que terminaba de asearme.
—Bueno, Watson —dijo—, ya es hora de que nos acerquemos a St. Luke’s. ¿Puede ir sin desayunar?
—Claro.
—Soames estará hecho un terrible manojo de nervios hasta que podamos decirle algo concluyente.
—¿Tiene algo concluyente que contarle?
—Eso creo.
—¿Ha llegado a alguna conclusión?
—Sí, mi querido Watson, he resuelto el misterio.
—Pero ¿qué prueba nueva ha conseguido?
—¡Ajá! No me he tirado de la cama a la intempestiva hora de las seis de la mañana para nada. Le he dedicado dos horas de duro trabajo y me he recorrido como poco cinco millas con algo que enseñarle. ¡Mire esto!
Le tendió la mano. En la palma tres pequeñas pirámides de masilla negra y pastosa.
—Pero bueno, Holmes, ¡ayer solo tenía dos!
—Y una más esta mañana. Es un argumento razonable que de dondequiera que provenga la número tres es también el origen de las número uno y dos. ¿Eh, Watson? Bueno, acompáñeme y saquemos al amigo Soames de su sinvivir.
El desgraciado tutor se encontraba, desde luego, en un estado de deplorable nerviosismo cuando nos encontramos con él en sus aposentos. En pocas horas comenzaría el examen, y todavía se hallaba ante el dilema de hacer públicos los hechos o de permitir que el culpable se presentara a la cuantiosa beca. Apenas podía quedarse quieto, de tan desasosegado como estaba. Corrió hacia Holmes con las dos ansiosas manos extendidas.
—¡Gracias al cielo que ha venido! Me temía que lo hubiese dado por imposible. ¿Qué he de hacer? ¿Sigue adelante el examen?
—Sí, desde luego que sigue adelante.
—Pero ¿y ese granuja?
—No va a presentarse.
—¿Sabe quién es?
—Eso creo. Si este asunto no ha de hacerse público, debemos concedernos algunas prerrogativas y tomar una determinación por nosotros mismos en un pequeño consejo de guerra de carácter privado. ¡Usted allí, se lo ruego, Soames! Watson, ¡usted aquí! Me pondré en el sillón de en medio. Creo que ahora resultamos lo bastante imponentes como para infundir terror en un corazón culpable. ¡Por favor, toquen la campanilla!
Entró Bannister, y retrocedió con sorpresa y temor evidentes ante nuestro aspecto judicial.
—Sea tan amable de cerrar la puerta —dijo Holmes—. Ahora, Bannister, ¿haría el favor de contarnos la verdad sobre el incidente de ayer?
El hombre empalideció de golpe.
—Se lo he contado todo, señor.
—¿Nada más que añadir?
—Nada en absoluto, señor.
—Bueno, entonces, debo hacerle algunas preguntas. Cuando ayer se sentó en esa silla, ¿lo hizo para esconder algún objeto que le hubiese enseñado quien hubiese estado en la habitación?
El rostro de Bannister estaba cadavérico.
—No, señor, desde luego que no.
—Es solo una pregunta —dijo Holmes en tono afable—. Admito abiertamente que soy incapaz de probarlo. Aunque parece bastante probable, puesto que en el momento en que el señor Soames se dio la vuelta, usted liberó al hombre que estaba oculto en ese dormitorio.
Bannister se humedeció los secos labios con la lengua.
—No había nadie, señor.
—Ah, es una pena, Bannister. Hasta ahora había dicho la verdad, pero ahora sé que ha mentido.
El rostro del hombre adoptó un semblante de hosco desafío.
—No había nadie, señor.
—¡Venga, vamos, Bannister!
—No, señor, no había nadie.
—En ese caso, no puede darnos más información. ¿Haría el favor de quedarse en la habitación? Quédese allá, junto a la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, voy a pedirle que tenga la enorme amabilidad de subir a la habitación del joven Gilchrist y pedirle que baje aquí.
Un momento después, regresó el tutor, trayendo con él al estudiante. Era un hombre imponente, alto, ágil y flexible, de paso ligero y un rostro agradable y sincero. Sus ojos azules nos miraron preocupados a cada uno de nosotros, y, por fin, se quedaron fijos, con una expresión de consternación absoluta, en Bannister, que se encontraba en el rincón más alejado.
—Cierre la puerta —dijo Holmes—. Ahora, señor Gilchrist, aquí nos encontramos a solas, y nadie debe saber nunca ni una palabra de lo que pase entre nosotros. Podemos ser totalmente francos el uno con el otro. Queremos saber, señor Gilchrist, cómo usted, un hombre honrado, ha llegado a cometer un acto semejante al de ayer.
El desafortunado joven se tambaleó hacia atrás y le echó una mirada llena de terror y reproche a Bannister.
—No, no, señor Gilchrist, señor, no he dicho en ningún momento una palabra…, ¡ni una palabra! —exclamó el sirviente.
—No, pero lo acaba de hacer —dijo Holmes—. Ahora, señor, será consciente de que, tras las palabras de Bannister, su posición es desesperada y que su única oportunidad reside en una confesión sincera.
Por un momento el señor Gilchrist, con una mano levantada, trató de dominar el temblor de sus facciones. Al siguiente, se había arrojado al suelo, junto a la mesa, de rodillas y, ocultando su rostro entre las manos, rompió a llorar de manera vehemente.
—Vamos, vamos —dijo Holmes amablemente—, errar es humano, y por lo menos nadie puede acusarle de ser un despiadado criminal. Tal vez le resultara más sencillo si yo le contara al señor Soames qué ocurrió, y usted me corrigiera en lo que me equivocase. ¿Lo hago así? Bien, bien, no se esfuerce por contestar. Escuche y verá que no soy injusto con usted.
»Desde el momento, señor Soames, en que me dijo que nadie, ni siquiera Bannister, podía haber contado con que los ejercicios estuvieran en su habitación, el caso comenzó a adoptar una forma definida en mi mente. El impresor podía ser descartado, por supuesto. Podía examinar los ejercicios en su propia oficina. Tampoco consideré que fuera el indio. Si las pruebas de imprenta estaban enrolladas, no era posible que supiera lo que eran. Por otro lado, parecía una coincidencia inimaginable que un hombre se atreviera a entrar en la habitación y que, casualmente, ese mismo día estuvieran los ejercicios encima de la mesa. Lo descarté. El hombre que entró sabía que los ejercicios estaban allí. ¿Cómo lo supo?
»Cuando me acerqué a su habitación, examiné la ventana. Me hizo gracia cuando supuso que estaba valorando la posibilidad de que alguien, a plena luz del día, a la vista de esas habitaciones de enfrente, hubiese entrado forzándola. Tal idea era absurda. Estaba calculando lo alto que tendría que ser un hombre para ver al pasar qué papeles había en la mesa del centro. Yo mido seis pies de alto y podía, con esfuerzo. Nadie más bajo hubiese tenido oportunidad de hacerlo. Ya ve que tenía razones para pensar que, si uno de sus tres estudiantes era un hombre de una altura desacostumbrada, era, de los tres, al que más valía la pena vigilar.
»Entré y compartí con usted lo que sabía con respecto a los indicios de la consola. No podía hacer nada con la mesa del centro, hasta que en su descripción de Gilchrist mencionó que hacía salto de longitud. Entonces, se me hizo claro todo en un momento, y solo necesitaba algunas pruebas para confirmarlo, que obtuve rápidamente.
»Esto fue lo que pasó. Este joven le había dedicado la tarde a las pistas de atletismo, donde había estado practicando el salto. Regresó con sus zapatillas de saltar, que están provistas, como sabe, de varios tacos afilados. Al pasar por su ventana, vio, gracias a su gran altura, esas pruebas de imprenta encima de su mesa y supuso lo que eran. No hubiese sucedido nada malo de no haber visto, al pasar por su puerta, la llave dejada allí por un descuido de su sirviente. Un impulso repentino se apoderó de él de entrar y ver si eran realmente las pruebas de imprenta. Una proeza peligrosa no era, puesto que siempre podía fingir que sencillamente se había pasado para hacerle una pregunta.
»Pues bien, cuando vio que eran realmente las pruebas de imprenta, fue entonces cuando cedió a la tentación. Dejó sus zapatillas sobre la mesa. ¿Qué fue lo que dejó sobre la silla de cerca de la ventana?».
—Unos guantes —dijo el joven.
Holmes le dedicó una mirada triunfal a Bannister.
—Dejó sus guantes encima de la silla y cogió las pruebas, hoja a hoja, para copiarlas. Pensó que el tutor tendría que regresar por la puerta principal y que lo vería. Como sabemos, volvió por la puerta lateral. De repente, lo oyó en la misma puerta. No había forma de escapar. Se olvidó los guantes, pero cogió las zapatillas y se metió corriendo en la habitación. Ven que el arañazo de la mesa es leve en un extremo, pero que se hace más profundo en dirección al dormitorio. Eso en sí es bastante para indicarnos que habían tirado de la zapatilla en ese sentido y que el culpable se había refugiado allí. La tierra que rodeaba el taco se quedó encima de la mesa, y se desprendió una segunda muestra de ella y cayó en el dormitorio. Puedo añadir que me di un paseo hasta las pistas de atletismo esta mañana, vi que se utiliza esa arcilla negra tan persistente en el foso de salto de longitud y traje conmigo un ejemplo, junto con algo del fino polvillo o serrín que se esparce por encima para prevenir los resbalones de los atletas. ¿He dicho la verdad, señor Gilchrist?
El estudiante se había levantado.
—Sí, señor, es verdad —dijo.
—Santo cielo, ¿no tiene nada que añadir? —exclamó Soames.
—Sí, señor, tengo algo que añadir, pero me ha dejado apabullado la conmoción de que me hayan desenmascarado de forma tan deshonrosa. Tengo una carta aquí, señor Soames, que le he escrito esta madrugada en mitad de una noche de insomnio. Ha sido antes de que supiera que mi yerro había sido descubierto. Aquí está, señor. Verá que decía: «He decidido no ir al examen. Me han ofrecido un cargo en la policía de Rodesia y me marcho a Sudáfrica de inmediato».
—Desde luego, me alegra oír que no iba a tratar de aprovecharse de su ventaja desleal —dijo Soames—. Pero ¿por qué ese cambio de intenciones?
Gilchrist señaló a Bannister.
—Ese es el hombre que me ha hecho recapacitar y me ha llevado por el buen camino —dijo.
—¡Vamos, Bannister! —dijo Holmes—. Le habrá quedado claro por lo que he dicho que solo usted podía dejar salir a este joven, dado que usted había permanecido en la habitación, y tuvo que cerrar con llave cuando salió. Lo de escapar por la ventana resultaba increíble. ¿No puede aclarar el último punto en este misterio y contarnos las razones de sus actos?
—Era bastante sencillo, señor, de haberlo sabido, pero ni con toda su inteligencia le hubiese sido posible saberlo. Hubo un tiempo, señor, en que fui mayordomo del buen sir Jabez Gilchrist, el padre de este joven caballero. Cuando se arruinó, llegué a la universidad como sirviente, pero nunca olvidé a mi buen patrón por haberse venido a menos. Cuidé de su hijo lo mejor que pude por los viejos tiempos. Pues bien, señor, cuando ayer entré en esta habitación, cuando se había dado la alarma, la primerísima cosa que vi fueron los guantes color canela tirados en esa silla. Conocía bien aquellos guantes y comprendí lo que significaban. Si el señor Soames los veía, todo habría terminado. Me dejé caer en esa silla y no me movió nada de allí hasta que el señor Soames fue a buscarle a usted. Entonces, salió mi pobre y joven señor, con quien había jugado a trotar en mis rodillas, y me lo confesó todo. ¿No le parece natural, señor, que lo salvara y no le parece natural también que tratara de hablar con él como hubiese hecho su difunto padre, y le hiciera entender que no podía sacar partido de un acto semejante? ¿Podría culparme por ello?
—Lo cierto es que no —respondió Holmes, de manera cordial, poniéndose en pie de un salto—. Bueno, Soames, creo que hemos aclarado su problemilla, y nos espera el desayuno en casa. ¡Vamos, Watson! En cuanto a usted, señor, confío en que le espere un brillante porvenir en Rodesia. Ha caído bajo por una vez. Háganos ver en el futuro lo alto que puede llegar.
LA AVENTURA DE LOS TRES ESTUDIANTES (ACTIVIDAD)
1) ¿QUIÉN NARRA LA HISTORIA?
2) IDENTIFICAR Y DESCRIBIR TODOS LOS PERSONAJES DEL RELATO.
3) DETERMINAR EL TIEMPO Y EL LUGAR DE LA HISTORIA.
4) ¿QUIÉNES SON LOS TRES SOSPECHOSOS? ¿QUÉ CARACTERÍSTICAS Y ACCIONES LLEVAN A INCREMENTAR O DISMINUIR LAS SOSPECHAS SOBRE CADA UNO DE ELLOS.
viernes, 31 de agosto de 2018
ACTIVIDAD - LAS ESTRELLAS ERRANTES
1) ¿QUÉ RELACIÓN EXISTE ENTRE EL NOMBRE DEL CUENTO Y SU CONTENIDO?
2) ¿QUIÉN NARRA EN ESTE RELATO?
3) ¿DE QUIÉN SOSPECHA Y POR QUE MOTIVO, LA VÍCTIMA DEL ROBO?
4) ¿EN QUE CONSISTIÓ EL PLAN CRIMINAL DE FLAMBEAU?
Digo, pues, que mi último crimen fue un Minen de Navidad; un crimen alegre, cómodo, adecuado a la clase media de Inglaterra; un crimen género Charles Dickens. Lo llevé a cabo en una antigua y cómoda casa que hay junto a Putney, una casa también de clase media, frente a la cual se ve la curva de un paseo de coches, una casa con establo al lado, una casa con un nombre inscrito sobre las dos puertas de la reja exterior, una casa a cuya entrada se ve una araucaria. En fin: basta, ya conocen ustedes el género. Yo creo realmente que logré imitar con talento y literatura el estilo de Dickens. Casi es una lástima que esa misma noche se me ocurriera arrepentirme.
Y Flambeau se puso a contar la historia del crimen, visto «por dentro», y aun visto por dentro resultaba cosa extraordinaria. Que, por fuera, resultaba de todo punto incomprensible. Aunque es por fuera como debemos examinarlo los extraños. Desde este punto de vista, puede decirse que el drama comenzó en el instante en que las puertas de aquella casa, que daban al jardín donde estaba la araucaria, se abrieron para dejar salir a una joven que iba a echar migas a los pájaros, en la tarde del día de aguinaldos. Era una muchacha de linda cara, con fieros ojos negros; pero del resto nada se podía averiguar, porque iba tan envuelta en pieles oscuras, que no era fácil distinguir sus pieles de sus cabellos. A no ser por la linda cara, se la hubiera tomado por un osito saltarín.
La tarde de invierno parecía enrojecerse al aproximarse a la noche, y ya sobre los macizos flotaba una luz de carmín en que parecían vivir los espíritus de las rosas marchitas. A un lado de la casa, el establo; y a otro, una avenida de laureles, que conducía al vasto jardín del fondo. La muchacha, tras de arrojar las migas a los pájaros (por cuarta o quinta vez en sólo aquel día, porque el perro se adelantaba siempre a los pájaros), entró por la avenida de laureles y se dirigió a un sembrado de siemprevivas. Al llegar allí lanzó una exclamación de sorpresa, real o convencional; a horcajadas en el alto muro que circundaba el jardín había una fantástica figura.
—¡No, no salte usted, Mr. Crook! —dijo muy alarmada—. Está muy alto.
El hombre que colgaba en el muro como sobre un caballo gigantesco, era alto, anguloso, de cabellos negros y erizados como cepillo, de aire inteligente y hasta distinguido, aunque algo desmedrado y cetrino, lo cual se notaba más porque llevaba una corbata de rojo chillón, única prenda de que parecía cuidarse un poco. Tal vez aquella corbata era un símbolo. Sin preocuparse de los temores de la muchacha, saltó como un saltamontes y cayó junto a ella, a riesgo de romperse una pierna.
—Yo creo que nací para ladrón —dijo sonriendo—. Y lo hubiera sido, a no haber nacido en la dichosa casa de al lado. Por lo demás, no creo que eso tenga nada de malo.
—¿Cómo puede usted decir eso? —le amonestó ella.
—Si usted —continuó el joven— hubiera nacido en el mal lado de esta pared, comprendería que está justificado saltar sobre ella.
—Nunca entiendo lo que dice usted ni lo que hace.
—Ni yo tampoco muchas veces —replicó Mr. Crook—. Pero, por lo pronto, ya estoy del buen lado de la pared.
—Pues, ¿cuál es el buen lado de la pared? —preguntó la joven sonriendo.
—Dondequiera que usted se encuentre —dijo el llamado Crook.
Cuando, juntos, se encaminaban al jardín delantero por la avenida de laureles, se oyó sonar tres veces una bocina, cada vez más cerca, y un auto elegante, verde pálido, pasó a toda velocidad frente a ellos, como un gran pájaro, y se detuvo ante la puerta, jadeante.
—Vamos —dijo el joven de la corbata roja—. Ahí llega alguno de los que han nacido del buen lado del muro. Miss Adams: no sabía yo que el san Nicolás de su familia estaba tan a la moderna.
—Es mi padrino, sir Leopold Fischer. Todos los años viene la víspera de Nochebuena.
Y tras una pausa, que inconscientemente revelaba una falta de convicción, Ruby Adams añadió:
—Es muy amable.
John Crook, que era periodista, había oído hablar de aquel magnate de la ciudad, y no era culpa suya si el magnate no había oído hablar de él, porque en alguno de sus artículos de The Ciarion y The New Age había tratado duramente a sir Leopold. Pero no dijo nada, y se limitó a ver el largo proceso de descarga del automóvil. Un chofer atlético, vestido de verde, saltó del pescante, y de atrás saltó un lacayo pequeñín, vestido de gris; entre ambos depositaron a sir Leopold en la escalinata y comenzaron a desenvolverlo cuidadosamente. Poco a poco, fueron quitándole de encima todo un bazar de mantas, toda una selva virgen de pieles y bufandas de todos los colores del arco iris, al fin dejaron al descubierto un bulto vagamente humano la figura de un anciano de aspecto amable, de aire extranjero, con una barbilla gris y una sonrisa plácida, que se frotaba la manos, metidas en unos guantes gordísimos.
Antes de que la figura humana acabara de revelarse, los dos batientes de la puerta del pórtico se abrieron de par en par, y el coronel Adams padre de la joven de las pieles salió a dar la bienvenida a su ilustre huésped. Era Adams un hombre alto, tostado por el sol, poco aficionado a hablar; llevaba un bonete rojo a la turca, y eso le daba aire de colonial inglés o bajo egipcio. A su lado estaba su cuñado, recién venido del Canadá: joven hacendado, de humor bullanguero y cuerpo fornido, que tenía unas barbas amarillas y respondía al nombre de James Blount. Y también formaba parte de la compañía una figura algo insignificante: un sacerdote católico de la parroquia vecina. La difunta esposa del coronel había sido católica y, como es costumbre, los hijos habían sido educados en la misma fe. Todo en aquel sacerdote era poco distinguido: hasta su vulgarísimo nombre: Brown. Pero el coronel le encontraba agradable, y solía invitarlo a sus reuniones familiares.
En el amplio vestíbulo había sitio bastante para que sir Leopold acabara de quitarse sus envolturas. En proporción con la casa, el pórtico y el vestíbulo eran enormes. Era éste un verdadero salón, que por el frente daba a la puerta de entrada, y por el fondo a la escalera. Frente al gran fuego de la chimenea, sobre la cual pendía la espada del coronel, sir Leopold Fischer continuó desenvolviéndose, y toda la compañía, incluso el malhumorado Crook, fue presentada al ilustre visitante. El venerable financiero todavía seguía luchando con sus inacabables envolturas y, al fin sacó del bolsillo más escondido del chaqué una caja negra, ovalada, la cual, explicó radiante de orgullo, contenía el aguinaldo para su ahijada. Con inocente vanagloria que desarmaba la crítica, mostró la caja a todos; la tapa saltó al oprimir un resorte, y todos se sintieron deslumbrados como si hubiera brotado ante sus ojos una fuente de cristal. Sobre un nido de terciopelo anaranjado, lucían, como tres huevos, tres claros y vívidos diamantes que parecían encender el aire. Fischer triunfaba benévolamente, y bebía por todo su ser el asombro y éxtasis de la muchacha, la torva admiración y rudo agradecimiento del coronel, y el entusiasmo de todos.
—Y ahora me los vuelvo a guardar —dijo Fischer, volviendo el estuche a los faldones de su chaqué—. He tenido que traerlos con precauciones. Son nada menos que los tres famosos diamantes africanos llamados «Las estrellas errantes» por la frecuencia con que han sido robados. Cuantos ladrones de nota hay en el mundo andan en pos de ellos; cuantos vagabundos andan por las calles y los hoteles se sienten atraídos por ellos. Bien pudieron escapárseme en el camino. No tendría nada de extraño.
—Y añadiré que hasta sería muy natural gruñó el de la corbata roja—. Tanto, que yo no censuraría al que los robase. Cuando la gente pide pan y no le dan ni una piedra en cambio, hace bien en tomarse por sí mismo las piedras.
—No me gusta oírle a usted hablar así —dijo la muchacha, que estaba muy excitada—. Sólo eso sabe usted hablar desde que se ha vuelto un odioso yo no sé qué. Ya saben ustedes lo que quiero decir. ¿Cómo se llama eso? ¿Cómo llaman al que quisiera darle un beso al deshollinador?
—Un santo —dijo el padre Brown.
—Creo —dijo sir Leopold con una sonrisa de importancia— que Ruby quiere decir «un socialista».
—Pero radical no quiere decir hombre que sólo se alimenta con raíces —observó Crook con cierta impaciencia—, así como conservador no significa hombre que conserva o preserva el jamón. Tampoco socialista, lo aseguro a ustedes, significa hombre que desea pasarse una noche de tertulia con un deshollinador. Un socialista es un hombre que desea que todas las chimeneas sean deshollinadas, y todos los deshollinadores recompensados por su trabajo.
—Pero —completó el sacerdote en voz baja— que no le consiente a uno ser dueño siquiera de su propio hollín.
Crook le miró con respetuoso interés.
—¿Y qué necesidad tiene uno de poseer hollín? —preguntó.
—Alguna —contestó Brown, con aire pensativo—. He oído decir que los jardineros lo usan. Y yo una vez, por Navidad, habiendo faltado el prestidigitador que había de divertirlos, hice la felicidad de seis niños jugando a tiznarlos con hollín.
—¡Espléndido! ¡Espléndido! —exclamó entusiasmada Ruby—. ¿Por qué no lo hace usted para divertirnos a nosotros?
Mr. Blount, el ruidoso canadiense, alzó su estruendosa voz para aplaudir el proyecto, y también el asombrado financiero la suya, algo cascada, cuando alguien llamó a la puerta. El sacerdote fue a abrir, y los batientes plegados dejaron ver el jardín de siemprevivas, con su araucaria y demás encantos, destacándose como bultos negros sobre el opulento crepúsculo violeta. Aquel delicado fondo parecía una pintoresca decoración de teatro, y todos, por un momento, hicieron más caso del escenario que de la insignificante figura que en él apareció.
Era un hombre de aspecto descuidado, que llevaba un gabán raído: un mensajero, sin duda
—¿Alguno de estos caballeros es Mr. Blount? —preguntó alargando una carta.
Mr. Blount se levantó y lanzó un grito de asentimiento. Rasgó el sobre y leyó el mensaje con evidente asombro; pareció turbarse un momento, después se tranquilizó y, dirigiéndose a su cuñado y huésped:
—Coronel —dijo con esa cortesía jovial propia de las colonias—, lamento tener que causar una molestia. ¿Le incomodaría a usted que se presentara por aquí esta noche un conocido mío a tratar de negocios? Es el francés Florian, famoso acróbata y actor cómico. Le conocí hace años en el Oeste (es canadiense de nacimiento), y parece que tiene algún trato que proponerme, aunque no me imagino qué podrá ser.
—No faltaba más —replicó el coronel—. Cualquier amigo de usted tiene aquí entrada libre, querido mío. Estoy seguro de que nos resultará un compañero agradable.
—Quiere usted decir que se tiznará la cara para divertirnos, ¿verdad? —dijo Blount riendo—. No lo dudo, y también a los demás nos hará bromas. Yo, por mi parte, me divierto con esas cosas: no soy refinado. Me encantan las pantomimas a la antigua, en que un hombre se sienta sobre la copa de un sombrero.
—Pues que no se siente sobre el mío, ¿estamos? —dijo sir Leopold Fischer con dignidad.
—Bueno, bueno —dijo Crook alegremente—. Por eso no hay que reñir. Todavía hay burlas más pesadas que sentarse en la copa del sombrero.
Pero Fischer, a quien le disgustaba mucho el joven de la corbata roja, en razón de sus opiniones extremas y de su notoria intimidad con la linda ahijada, dijo con el tono más sarcástico y magistral del mundo:
—¿De modo que ha encontrado usted algo peor, más humillante que sentarse uno en un sombrero de copa? ¿Y qué es ello, si puede saberse?
—¡Toma! Que el sombrero de copa se le siente a uno encima.
—Vamos, vamos —exclamó el hacendado canadiense con su benevolencia bárbara—. No echemos a perder la fiesta. Lo que yo digo es que hay que inventar alguna diversión para esta noche. Nada de tiznarse la cara con hollín ni sentarse en la copa del sombrero, si eso no les gusta a ustedes; pero alguna otra cosa por el estilo. ¿Por qué no una vieja pantomima inglesa, de ésas en que aparecen el clown y Colombina y demás figuras? Cuando salí de Inglaterra, a los doce años de edad, recuerdo haber visto una, y desde entonces me parece que la llevo adentro encendida como una hoguera. Regresé a la patria el año pasado, y me encuentro con que la costumbre se ha extinguido; con que ya no hay sino un montón de comedias fantásticas del género lacrimoso. No, señor: yo pido un diablo que atice el fogón y un policía hecho salchicha, y sólo me dan princesas moralizantes a la luz de la luna, pájaros azules y cosa así. El Barba Azul está más en mi género, y nada me gusta tanto como verle transformado en Arlequín.
—Yo también estoy por ver a un policía hecho salchicha —dijo John Crook—. Es una definición del socialismo mucho mejor que la propuesta antes. Pero será difícil encontrar los disfraces y montar la pieza.
—¡No! —exclamó Blount, casi con transporte—. Nada es más fácil que arreglar una arlequinada. Por dos razones: primera, porque todo lo que a uno se le antoje hacer sale bien, y segunda, porque todos los muebles y objetos son cosas domésticas: mesas, toalleros, cestos de ropa y cosas por el estilo.
—Cierto —asintió Crook, paseando por la estancia—. Pero, ¿de dónde sacar el uniforme de policía? Yo no he matado a ningún policía últimamente.
Blount reflexionó un poco, y luego, dándose con la mano en el muslo, gritó:
—¡Sí, podemos obtenerlo también! Aquí tengo las señas de Florian, y Florian conoce a todos los sastres de Londres. Voy a decirle por teléfono que traiga consigo un uniforme de policía.
Y se dirigió resuelto al teléfono.
—¡Qué gusto, padrino! —exclamó Ruby, casi bailando de alegría—. Yo haré de Colombina, y usted hará de Pantalón.
El millonario, muy rígido y con cierta solemnidad pagana, contestó:
—Hija mía, creo que debes buscar a otro para Pantalón.
—Si quieres, yo seré Pantalón —dijo el coronel Adams, por primera y última vez.
—¡Merecerá usted que le alcen una estatua! —gritó el canadiense, que volvía, radiante, del teléfono—. De suerte que todo está arreglado. Mr. Crook hará de clown: es periodista, y conocerá todos los chistes viejos. Yo seré Arlequín, para lo cual no hace falta más que tener largas piernas y saber saltar. Mi amigo Florian dice que traerá consigo el uniforme de policía y se mudará el traje en el camino. La representación puede hacerse en esta misma sala. El público se sentará en las gradas de la escalera, en varias filas. La puerta de entrada será el fondo del escenario, y, según esté cerrada o abierta, representará, ya un interior inglés, ya un jardín al claro de luna. Todo, como por obra de magia.
Y sacando del bolsillo un trozo de yeso, de esos con que se apuntan los tantos del billar, trazó una raya en mitad del suelo, entre la escalera y la puerta, para marcar el sitio de las candilejas.
Cómo se las arreglaron para preparar aquella mojiganga en tan poco tiempo, es inexplicable. Pero todos contribuyeron a ello, con esa mezcla de atrevimiento e industria que aparece siempre cuando hay juventud en casa; y aquella noche había juventud en casa, aunque no todos sabían precisar cuáles eran las dos caras, los dos corazones de donde irradiaba, la juventud. Como siempre sucede, la invención, a pesar de la mansedumbre de las conveniencias burguesas en que fue concebida, se fue poniendo cada vez más fantástica. Colombina estaba encantadora con una falda hueca que tenía un extraño parecido con la enorme pantalla que solía verse en la lámpara del salón. El clown y Arlequín se pusieron blancos con la harina que les dio el cocinero, y rojos con rojo que les proporcionó alguna otra persona del servicio, la cual, como los verdaderos bienhechores cristianos, quiso permanecer anónima. A Arlequín, vestido con papel de plata de cajas de puros, costó trabajo impedirle que rompiera los viejos candelabros victorianos para adornarse con cristales resplandecientes. Y sin duda los hubiera roto, a no ser porque Ruby desenterró unas joyas falsas que había usado en un baile de máscaras para hacer de Reina de los Diamantes. Verdaderamente, su tío, James Blount, estaba en un estado de excitación increíble: parecía un muchacho. Hizo una cabeza de asno de papel y se la acomodó nada menos que al padre Brown, quien la aceptó pacientemente, y llevó su amabilidad hasta descubrir por su cuenta el medio de mover las orejas. Al propio sir Leopold Fischer en nada estuvo que le colgara en los faldones la cola del asno. Pero al caballero no le hizo mucha gracia.
—El tío está imposible —le había dicho Ruby a Crook quitándose el cigarro de la boca y decidiéndose a hablar al tiempo de acomodarle sobre los hombros, muy seriamente, un collar de salchichas—. ¿Qué le pasa?
—Nada: que es el Arlequín de tal Colombina —dijo Crook—. Yo sólo soy el pobre clown al que toca decir los chistes viejos.
—De veras hubiera yo querido que usted fuera el Arlequín —dijo ella, dejando colgar el collar de salchichas.
El padre Brown, aunque estaba al tanto de todos los secretos de entre bastidores y hasta había merecido aplausos transformando una almohada en un bebé que parecía hablar, prefirió sentarse entre el público, demostrando la misma expectación solemne del niño que asiste por primera vez a un espectáculo. Los espectadores eran pocos: algunos parientes, uno o dos vecinos y los criados. Sir Leopold estaba en el asiento de honor, al frente, tapando con su cuerpo, todavía envuelto en pieles, al curita, que estaba sentado detrás de él. Pero si el curita perdió mucho con eso, no lo han decidido nunca las autoridades artísticas. La representación fue de lo más caótica, aunque no por eso desdeñable. Por toda ella corrió una fecunda vena de improvisación, brotada, sobre todo, del cerebro de Crook el clown. Era siempre hombre muy ingenioso; pero aquella noche parecía dotado de facultades omniscientes, con una locura más sabia que todas las sabidurías: ésa que se apodera de un joven cuando cree descubrir por un instante una expresión particular en un rostro particular. Aunque hacía de clown, lo era todo o casi todo: era el autor (hasta donde había autor en aquel caos), el apuntador, el pintor escenógrafo, el tramoyista, y, sobre todo, la orquesta. A intervalos inesperados con disfraz y todo, corría hacia el piano y se soltaba tocando algún aire popular, tan absurdo como apropiado al caso.
Pero el instante supremo fue cuando se abrieron de par en par los batientes de la puerta del fondo, dejando ver el lindo jardín, bañado por la luz de la luna, y dejando ver, sobre todo, al famoso huésped profesional: al gran Florian vestido de policía. El clown se puso a tocar en el piano el coro de los alguaciles de Los Piratas de Penzance; pero la música quedó ahogada bajo los ensordecedores aplausos, porque todos y cada uno de los ademanes del gran actor cómico eran una reproducción exacta y correcta de los modales corrientes del policía. Arlequín saltó sobre él y le dio un golpe en el casco. El pianista ejecutó entonces el aria ¿De dónde sacaste ese sombrero?, y el guardia miró entonces alrededor con un asombro admirablemente fingido. Arlequín da otro salto, y vuelve a pegarle en el casco, mientras el pianista esbozaba unos compases de Venga otro más. Y entonces Arlequín se arroja entre los brazos del policía y le cae encima entre una salva de aplausos. Y fue aquí donde el actor extranjero hizo la célebre imitación del hombre muerto de que todavía cuenta la fama de los alrededores de Putney. Imposible creer que una persona viva pudiera afectar tal flacidez.
El atlético Arlequín parecía volverle del revés como a un saco, o esgrimirle como a una cachiporra india, y todo esto al compás de los enloquecedores y caprichosos acordes del piano. Cuando Arlequín levantó del suelo, con su esfuerzo, al cómico policía, el clown tocó el aire Me despierto de soñar contigo. Cuando se le echó a la espalda, el aire Con mi fardo a la espalda, y cuando después Arlequín le dejó caer con un ruido convincente, el lunático del piano atacó una tonada de retintines, cuya letra, era según parece, Una carta le escribí a mi amor y de camino, la dejé caer.
Al llegar a este límite de la anarquía mental, la vista del padre Brown quedó oscurecida del todo; el magnate que estaba frente a él se había puesto de pie, y hurgaba con desesperación sus muchos y recónditos bolsillos. Sentóse después con aire inquieto y, siempre hurgándose volvió a levantarse. Por un instante pareció de veras que iba a salvar la línea de las candilejas; después volvióse a ver con ojos de fuego al clown, que seguía manoteando en el piano; y, al fin, sin decir palabra, salió de la habitación.
El cura pudo contemplar un rato a sus anchas la danza absurda, pero no inelegante, del Arlequín «amateur» sobre el cuerpo espléndidamente inconsciente de su enemigo vencido. Con un arte rudo y sincero, Arlequín danzaba ahora retrocediendo hacia la puerta que daba al jardín, lleno de silencio y de luna. El grotesco traje de plata y lentejuelas —demasiado resplandeciente a la luz de las candilejas— se veía más plateado y mágico a medida que el danzante se alejaba bajo los fulgores de la luna. Y el auditorio estalló en cataratas de aplausos. En este momento, el padre Brown sintió un toquecito en el brazo, y oyó una voz que le invitaba, cuchicheando, a pasar al estudio del coronel.
Y siguió, muy intrigado, al que le llamaba, y la escena con que se encontró en el estudio llena de solemne ridiculez, no hizo más que aumentar su curiosidad. Allí estaba el coronel Adams, todavía disfrazado de Pantalón, llevando en la cabeza la barba de ballena con la bolita en la punta que se balanceaba sobre sus cejas, pero con una expresión tal en sus tristes ojos de viejo, que hubiera enfriado hasta los entusiasmos de una fiesta saturnal. Sir Leopold Fischer, apoyado en el muro de la chimenea, jadeaba casi con toda la importancia del pánico.
—Se trata de algo muy penoso, padre Brown —dijo Adams—. El caso es que esos diamantes que todos hemos admirado esta misma tarde han desaparecido de los faldones del chaqué de mi amigo. Y como da la casualidad de que usted…
—De que yo —completó el padre Brown con una mueca expresiva— estaba sentado justamente detrás de él…
—Nadie se ha atrevido a hacer la menor suposición —dijo el coronel Adams, dirigiendo una mirada firme a Fischer, que más bien denunciaba que sí se había atrevido alguien a hacer suposiciones—. Yo sólo le pido a usted que me proporcione el auxilio que, en este caso, es de esperar de un caballero.
—Y que consiste, ante todo, en volverse del revés los bolsillos —dijo el padre Brown.
Y procedió a hacerlo. En sus bolsillos se encontraron siete peniques y un medio chelín, el billete de regreso, un pequeño crucifijo de plata, un pequeño breviario y una barrita de chocolate.
El coronel le miró atentamente, y después dijo:
—¿Sabe usted? Más que el contenido de sus bolsillos quisiera yo ver el contenido de su cabeza. Mi hija, lo sé, le interesa a usted como persona de su propia familia. Pues bien: mi hija, de un tiempo a esta parte, ha…
Y se detuvo. Pero el viejo Fischer continuó, rabioso:
—De un tiempo a esta parte ha abierto las puertas de la casa paterna a un socialista asesino, que declara cínicamente que no tendría empacho en robarle cualquier cosa a un rico. Y aquí está todo el asunto: aquí tiene usted al hombre rico… que ya no lo es tanto.
—Si quiere usted ver el interior de mi cabeza, no hay inconveniente —dijo Brown como con aburrimiento—. Ya verá usted si vale la pena. Yo, lo único que encuentro en ese bolsillo viejo de mi ser es esto: que los que roban diamantes no hablan nunca de socialismo, sino que más bien —añadió modestamente—, más bien denuncian al socialismo.
Sus dos interlocutores desviaron los ojos, y el sacerdote continuó:
—Vean ustedes: nosotros conocemos a esa gente más o menos bien. Este socialista es incapaz de robar un diamante, como es incapaz de robar una pirámide. Debemos, ante todo, pensar en el desconocido, en el que hizo de policía: en ese Florian. Y, a propósito, me pregunto dónde se habrá metido a estas horas.
Pantalón se levantó entonces de un salto, y salió del estudio. Y hubo un paréntesis mudo, durante el cual el millonario se quedó mirando al sacerdote, y éste mirando su breviario. Después Pantalón reapareció, y dijo con un staccato lleno de gravedad.
—El policía yace todavía sobre el suelo: el telón se ha levantado seis veces, y él sigue todavía tendido.
El padre Brown soltó su breviario y dejó ver una expresión como de ruina mental completa. Poco a poco comenzó a brillar una luz en el fondo de sus ojos grises, y después dejó salir esta pregunta difícilmente oportuna:
—Perdone, coronel, ¿cuánto tiempo hace que murió su esposa?
—¡Mi esposa! —replicó el militar asombrado—. Murió hace un año y dos meses. Su hermano James, que venía a verla, llegó una semana más tarde.
El curita saltó como un conejo herido.
—¡Vengan ustedes! —dijo con extraña excitación—; ¡vengan ustedes! Hay que observar a ese policía.
Y entraron precipitadamente al escenario, cubierto ahora por el telón, y rompiendo bruscamente por entre Colombina y el clown —que a la sazón cuchicheaban muy alegres—, el padre Brown se inclinó sobre el cuerpo derribado del policía.
—Cloroformo —dijo incorporándose—. Apenas ahora me he dado cuenta.
Hubo un silencio, y al fin, el coronel, con mucha lentitud, le dijo:
—Haga usted el favor de explicarnos lo que significa todo esto.
El padre Brown soltó la risa; después se contuvo, y al hablar tuvo que esforzarse un poco para no reír otra vez.
—Señores —dijo—, no hay tiempo de hablar mucho. Tengo que correr en persecución del ladrón. Pero conste que este gran actor francés que tan admirablemente representó el policía, este inteligentísimo sujeto a quien nuestro Arlequín bamboleó y estrujó y arrojó al suelo, era…
—¿Era…? —preguntó Fischer.
—Un verdadero policía —concluyó el padre Brown, y echó a correr entre la oscuridad de la noche.
En el extremo de aquel exuberante jardín hay huecos y emparrados; los laureles y otros arbustos inmortales se destacan sobre el cielo de zafiro y la luna de plata, luciendo, aun en mitad del invierno, los cálidos colores del Sur. La verde alegría de los laureles cabeceantes, el rico tono morado e índigo de la noche, el cristal monstruoso de la luna, forman un cuadro «irresponsablemente» romántico. Y por entre las ramas más altas de los árboles mírase una extraña figura que no parece ya tan romántica cuanto imposible. Brilla de pies a cabeza, como si estuviera vestida con un millón de lunas. La luna real la ilumina a cada movimiento, haciendo centellear una nueva parte de su cuerpo. Y el bulto se columpia, relampagueante y triunfal, saltando del árbol más pequeño que está en este jardín al árbol más alto que sobresale en el vecino jardín; y sólo se detiene en sus saltos porque una sombra se ha deslizado hasta debajo del árbol menor y se ha dirigido a él inequívocamente:
—¡Eh, Flambeau! —dice la voz—. Que parece usted realmente una estrella errante. Lo cual, en definitiva, quiere decir una estrella que cae.
La relampagueante y argentada figura parece inclinarse, desde la copa del laurel, para escuchar a la pequeña figura de abajo, con la seguridad de poder escapar en todo caso.
—Flambeau nunca ha hecho usted cosa más acabada. Ya hace falta ingenio para venir del Canadá (supongo que con un billete de París) justamente una semana después de la muerte de Mrs. Adams, es decir, cuando nadie estaba en ánimo de preguntarle a usted nada. Todavía es más inteligente el haber dado con la pista de las «Estrellas Errantes» y fijar el día de la visita de Fischer. Pero lo demás ya es más que talento: es verdadero genio. Supongo que el mero hecho de sustraer las piedras fue para usted una bagatela. Lo pudo usted hacer con mil distintos juegos de manos, sin contar con ese subterfugio de empeñarse en prenderle a Fischer en el chaqué una cola de papel. Pero en lo demás, realmente se eclipsó usted a sí mismo.
La plateada figura que estaba entre las hojas verdes parece hipnotizada, y aunque el camino de la fuga está franco a sus pies, no se mueve: no hace más que contemplar con asombro al hombre que le habla desde abajo.
—¡Ah, naturalmente! —dice éste—. Ya estoy al cabo de todo. Sé que no sólo nos obligó usted a representar la pantomima, sino que la hizo servir para un doble uso. Usted no se proponía más que robar tranquilamente las piedras, pero un cómplice le envió a decir a usted que ya estaba usted descubierto, y que aquella misma noche un oficial de policía le iba a echar a usted la mano.
Un ratero común se habría conformado con agradecer el soplo y ponerse a salvo; pero usted es todo un poeta. Y a usted se le había ocurrido la sutil idea de esconder las joyas verdaderas entre el resplandor de las joyas falsas del teatro. Y ahora se le ocurrió a usted la idea, no menos sutil, de que si el disfraz adoptado era el de Arlequín, la aparición de un policía no tendría nada de extraordinario. El digno agente salía de la estación de policía de Putney para atraparle a usted, y cayó redondo en la trampa más ingeniosa que ha visto el mundo. Al abrirse ante él la puerta, se encontró sobre el escenario de una pantomima de Navidad, donde fue posible que el danzante Arlequín le golpeara, le sacudiera, le aturdiera y le narcotizara, entre los alaridos de risa de la gente más respetable de Putney. ¡Oh, no! No será usted capaz de hacer nunca otra cosa mejor. Y ahora, de paso, conviene que me devuelva usted esos diamantes.
La verde rama en que la figura centelleante estaba colgada se balanceó, acusando un movimiento de sorpresa.
Pero la voz continuó, abajo:
—Quiero que me los devuelva usted, Flambeau, y quiero que abandone usted esta vida. Todavía tiene usted bastante juventud, buen humor y posibilidades de vida honrada. No crea usted que semejantes riquezas le han de durar mucho si continúa usted así. Los hombres han podido establecer una especie de nivel para el bien. Pero, ¿quién ha sido capaz de establecer el nivel del mal? Ése es un camino que baja y baja incesantemente. El hombre bondadoso que se embriaga se vuelve cruel; el hombre sincero que mata, miente después de ocultarlo. Muchos hombres he conocido yo que comenzaron, como usted, por ser unos picarillos alegres, unos honestos ladronzuelos de gente rica, y acabaron hundidos en el cieno. Maurice Blum comenzó siendo un anarquista de principios, un padre de los pobres, y acabó siendo un sucio espía, un soplón de todos, que unos y otros empleaban y desdeñaban. Henry Burke comenzó su campaña por la libertad del dinero con bastante sinceridad, y ahora vive estafando a una hermana medio arruinada para poder dedicarse incesantemente al brandy and soda. Lord Amber entró en la sociedad ilegal en un rapto caballeresco, y a estas horas se dedica a hacer chantajes por cuenta de los más miserables buitres de Londres. El capitán Barillon era, antes del advenimiento de usted, el caballero apache más brillante, y paró en un manicomio, aullando lleno de pavor contra los delatores y encubridores que le habían traicionado y perdido. Ya sé, Flambeau, que ante usted se abre muy libre el campo; ya sé que se puede usted meter por él como un mono. Pero un día se encontrará usted con que es un viejo mono gris, Flambeau. Y entonces, en su libre campo se encontrará usted con el corazón frío y sintiendo próxima la muerte, y entonces las copas de los árboles estarán muy desnudas… Todo permaneció inmóvil, como si el hombrecillo de abajo tuviera cogido al del árbol con un lazo invisible.
Y la voz continuó:
—Ya usted ha comenzado también a decaer. Usted acostumbraba a jactarse de que nunca cometía una ruindad; pero esta noche ha incurrido usted en una ruindad: deja usted tras de sí la sospecha contra un honrado muchacho que ya se tiene bien ganada la enemiga de los poderosos; usted le separa de la mujer a quien ama y de quien es amado. Pero todavía cometerá usted peores ruindades en adelante.
Tres diamantes como tres rayos cayeron sobre el césped, lanzados desde la copa del árbol. El hombre pequeñín se inclinó a recogerlos, y cuando volvió a alzar los ojos hacia la verde jaula del árbol, vio que ya el pájaro de plata la había abandonado.
La recuperación de las joyas —y le tocó realizarla al padre Brown, de casualidad, como siempre— fue la causa de que aquella noche acabara en jubiloso triunfo. Sir Leopold, en un rapto de buen humor, hasta se atrevió a decirle al cura que aunque él, en lo personal, tenía miras mucho más amplias, no era incapaz de respetar a aquellos que, en razón de su credo, estaban obligados a vivir como enclaustrados e ignorantes de las cosas del mundo.