martes, 28 de junio de 2016

CUENTOS DE LOBODÓN GARRA - REVISTA CARAPACHAY

Nutrieros. 

Era tarde ya de un día de invierno cuando, por la estrecha senda que bajaban las dos costas del arroyo, cubiertas de monte blanco, Baltasar Acosta, más conocido con el nombre de Yarará, iba avanzando lentamente en su canoa sin más ruido que el golpe pausado de los remos, que se hundían rompiendo la tranquila serenidad del agua barrosa, la cual, cada vez que aquellos se levantaban, se deslizaba por los extremos volviendo el cauce en hilitos que, al caer sobre la superficie, resonaban en la profundidad del silencio. De un lado y otro, desde ambas orillas, una capa de camalotes, marchitos y casi secos por las última heladas, se extendían como una espesa red de tentáculos que quisieran ir estrechando más y más el camino. Que no podían conseguirlo era una prueba el hecho de que la canoa avanzara. Pero fácilmente se podía advertir que pronto, muy pronto, el camalotal triunfaría cerrando el paso, el único paso, que permitía llegar hasta las entrañas mismas de aquellas desamparadas soledades.

Sobre la canoa, de pie, con una pierna extendida al frente, Baltasar Acosta iba avanzando inclinándose hacia adelante a cada impulso de los remos. Llevaba un chambergo negro que cubría las greñas de pelo lacio renegrido que le caían sobre la cara, morena y aindiada, casi hasta unirse con sus bigotes, también largos y oscuros. Una camisa sucia cubría su torso sobre el que tenía echado un grasiento saco negro para resguardarse, más que del frío, ya que era un día casi templado y húmedo, de la finísima llovizna que caía intermitente y molesta depositándose en su ropa como minúsculas gotitas de rocío. Sus pantalones roídos los ajustaba con un cinto angosto, el que también le servía para sostener, en sus riñones, un gran cuchillo envainado, cuyo cabo sobresalía hasta hacerle un característico bulto bajo la tela del saco. A sus pantorrilla llevaba, bien ceñidas, dos polainas de arpillera atadas con piolines y sus pies calzaban los clásicos “tamangos” del cazador isleño, fabricados con un trozo de cuero ajustado al empeine con tientos. Como único adorno una tabaquera de piel de comadreja, con el pelo para afuera, colgaba de su cintura. Tenía la vista tendida al frente atisbando el camino que seguía, calculando, por los recodos del arroyo, el exacto lugar donde se hallaba. Y su mirada torva y sombría, de hombre como de cuarenta y cinco años, parecía salir debajo del ala de su sombrero con una fuerza tan temible, como las bocas de la escopeta de dos caños que llevaba.

A medida que avanzaba, sintiendo a su lado la caída de alguna tortuga trepada en un tronco, o viendo pasar velozmente a ras del agua uno que otro colorido Martín pescador, el borde de los camalotes iba cada vez más molestando su marcha hasta que, por fin, tuvo que abandonar un remos y, sentándose a popa, avanzar con el otro a pala, esquivando los flecos del canutillo que se extendía ya casi de orilla a orilla, adherido a los raigones de los árboles caídos en el lecho del arroyo y que, de tanto en tanto, afloraban surgiendo sobre la superficie como negros brazos carcomidos levantados para imponer un alto a los intrusos.

Muy poco más allá ya le fue imposible seguir marchando. El tupido manto de camalotes tapaba totalmente todo lo ancho del cauce, y Acosta, después de emitir un gruñido que compendiaba una blasfemia, ya que había esperado encontrar el arroyo más limpio, no tuvo más remedio que, empujando con los remos sobre la superficie del camalotal, que se hundía con la maniobra, acercar dificultosamente la canoa a la orilla donde la espadaña y las cardas se erguían como una barrera al borde del monte blanco. Apenas pudo pisar la tierra empapada y resbaladiza, propia de la humedad de las islas, acentuada por la llovizna, se abrió paso entre la maciega y amarró la soga de su canoa a un tronco de laurel, mientras metros más adelante una hermosa garza blanca levantaba su vuelo pausado y huía hacia el fondo del arroyo. Después, volviendo a la canoa, retiró de allí las trampas, la linterna, el arma y las provisiones que constituían todo su equipaje, cargando lo que pudo sobre su hombro y sosteniendo el resto con la mano izquierda, mientras con la derecha se iba abriendo paso entre el matorral, empapándose con el contacto de la hojas mojadas y los goterones que caían de los árboles.

A lo largo de su marcha, sobre el filo del albardón, iban desfilando todos los hermosos ejemplares del monte blanco, el monte primitivo de las islas. Grandes canelones de troncos gruesos enhiestos; laureles enormes sobre cuyas ramas se agarraban los isipós y las zarzas entretejiendo sus tallos como sogas colgando de los mástiles; curupíes de tronco blanquecino cubierto de musgo; amarillos deshojados por el invierno de los que pendían viejos nidos de boyero; grandes sauces colorados; mataojos donde sujetaban su raíz la flor de patito, la orquídea de las islas; naranjos agrios con todas sus hojas verdes; hermosas palmeras pindós que levantaban sus penachos arriba, sobre la copa de los arrayanes; agarrapalos gigantescos abrazando el tronco de los grandes ceibos en un hueco de los cuales nacieron para estrangularlos luego con el abrazo mortal de sus raigones; matas de caña brava lanzando sus varas tumbadas hacia todos los rumbos; helechos y begonias que se extendían, en parte, como una sábana verde. Por entre los árboles multitud de pájaros de todas clases y colores: zorzales, carpinteros, chiriries, picapalos, boyeros, palomas, monteras, cardenales. Todo el esplendor casi tropical de la naturaleza, que el Paraná y el Uruguay han arrastrado, río abajo, con sus aguas desde el Norte lejano, se mostraban allí con su salvaje lujuria. Pero impregnado de un hálito de tristeza, la tristeza profunda y tenebrosa que caracteriza el paisaje primitivo y solitario de las islas.

De tanto en tanto seguía sendas que señalaban el frecuente paso de los ciervos, así como cruzaba los lamparones de paja aplastados en lo que, en seguida, adivinaba las “camadas” de los carpinchos.

Así marchó una regular distancia, agachándose casi hasta el suelo para evitar las ramas de los árboles y enganchándose en la zarzaparrilla y en los matorrales. Hasta que llegó a donde se proponía: una ranchada que apenas se conservaba en pie, la que él mismo había construido algún tiempo atrás para hacerse un refugio cuando salía a “nutriar” por allí, y que por los rastros que encontraba, latas y restos de fogones, también era utilizada en sus ausencia por otros cazadores.

Entre la espesura del carrizal, el techo de paja de la ranchada apenas sobresalía sostenido por cuatro palos de amarillo atados con corteza de ibirá. Tenía tres paredes de paja quinchada con grandes boquetes, quedando abierta la parte que daba al arroyo, cubierto de camalotes, allí donde el tupido ceibal se extendía por doquier, destacando las negras ramas de los árboles sin hojas, como una procesión de espectros descarnados retorciéndose en las contorsiones del averno.

Como anochecía, colocó sus cosas sobre un catre de varas de palo de leche cubierto con un colchón de paja y, con un poco de ésta y una tijera que arrancó del techo –única leña seca de que disponía- hizo un fuego para secarse y también para prepararse un mate, llenando su pava con agua del arroyo, mientras los mosquitos zumbaban a su alrededor. Y allí, ya oscurecido, estaba ahora Baltasar Acosta contemplando silencioso el fuego, bajo la cortina espesa del monte blanco, del que llegaba el murmullo del viento y el grito de algún pájaro nocturno como el solo eco de ese mundo salvaje y sombrío del que se consideraba el único dueño.

Al día siguiente, en que amaneció densamente nublado y frío, aunque no lluvioso, ya estaba de pie preparando sus trampas mientras otra vez el fuego, su viejo compañero, calentaba alegremente la pava para el mate, que tomó con galleta. En seguida comenzó a colocarse los “mangos”, cubriéndose las manos con arpilleras en la misma forma que tenía cubiertas las pantorrillas, con el fin de evitar el tajo de las filosas hojas de la cortadera. Cuando hubo concluido, cargo las trampas y, dejando atrás la ranchada, avanzó entre el carrizal hacia los inmensos esteros del interior de las islas como espíritu viviente de aquel paisaje silvestre y bravío. Matorrales de chilca, carqueja, algodonillo y naranjillo, empapados por la llovizna del día anterior, le cerraban el camino y debía ir apartándolos con los brazos, protegiéndose la cara para poder avanzar, pasando entre matas de plumachos y paja colorada, tropezando con los troncos de ceibo caídos y medio deshechos en el suelo y enredándose en las marañas del catay que le sujetaban los pies haciéndolo trastabillar con su carga. Aún antes de terminar el ceibal, cargado de suelda con suelda, claveles del aire y helecho fino, sumergido ya entre la cortadera, sus “tamangos” se fueron hundiendo cada vez más en el barro fofo del estero, bajo una capa de agua que le llegaba hasta más arriba de las pantorrillas, haciendo su marcha lenta y trabajosa.

Con el fin de orientarse y con alguna dificultad, se trepó al tronco de los últimos ceibos que tenía por delante y a su vista apareció, sin ningún límite, el inmenso mar de la maciega como una imponente pampa de pajonal desierto y uniforme, ya amarillando por los fríos del invierno, que se extendía hasta el fondo del horizonte, hacia el Uruguay, apenas cortado en toda su extensión hacia el Sur, por la breve faja del monte blanco de una horqueta que iba a salir al Bravo.

Baltasar Acosta descendió y reinició su marcha abriéndose camino entre el pajonal de cortaderas, alto hasta más de dos metros, que sus brazos iban apartando para permitirle avanzar, dejándose caer hacia adelante sobre él para abrir brecha, y levantando un crujido de hojas secas que iba delatando su paso. Otros pájaros, distintos de los del monte, huían asustados de entre las pajas para posarse en algún sarandí o rama negra, mientras desde la vara de los juncos o las flores de totora, donde columpiaban su hermoso capuchón rojo, llegaba el fúnebre grito de los federales.

A medida que avanzaba, entre verdaderas murallas amarillentas, que le cerraban la visual del horizonte a centímetros de sus ojos, Acosta iba mirando atentamente hacia el suelo tratando de descubrir, al pasar, algún rastro de nutrias. De tanto en tanto un tallo de totora comido o una senda delataban la presencia de los animales, permitiéndole colocar sobre esas sendas las trampas con los resortes bien tensos, a uno de cuyos costados pendía una cadena con un alambre doblado enganchado que hacía de ancla, para impedir la huída del que cayera.

Así anduvo casi toda la mañana dejando tras de sí un rastro de paja tumbada, jalonado con grandes nudos hechos con las hojas de la cortadera para señalar el lugar en que había quedado las trampas. Hasta que, al fin, más raído de lo que había salido y mostrando en su cara la huella bien evidente de los tajos y rasguños de la maciega, volvió a su punto de partida sintiendo resonar en sus oídos el chirrido de los grillos del estero que, en su monótono sincronismo, solemnizan la soledad y traen malos presentimientos.

Al día siguiente, Baltasar Acosta volvió a salir haciendo el mismo trayecto que el día anterior, con el objeto de recorrer sus trampas. Y la operación se repitió una y otra vez cuando, después de un plazo prudencial, continuaban vacías. La caza no era muy abundante. Una que otra nutria caía, que él mataba y desventraba en el mismo “peleadero” que había hecho el animal, y, luego, metía en la “maleta”, una bolsa de arpillera con un agujero en el medio, por donde pasaba la cabeza, y dos amplias aberturas que le permitían amontonar los animales muertos a modo de mochila sobre el pecho y la espalda, dejándole las manos libres. Y, una vez en su ranchada, procedía a cuerearlos.

Hasta que, una mañana, marchando como de costumbre entre la maciega, halló rastros que no eran de nutrias y que lo hicieron detenerse receloso y pensativo. Había allí huellas, que siguió en varias direcciones, chapoteando entre el agua negra del estero, las que parecían perderse en dirección al Bravo hacia donde, como puntitos, alcanzaba a ver lejanamente algunos cuervos, águilas y caranchos que planeaban en lo alto como quien señorea sobre sus exclusivos dominios.

Y a lo otra tarde, carca de una horqueta que terminaba en un embalsado, por la faja de un falso albardón, su oído atento escuchó claramente el ruido como de algo que se acercaba abriéndose paso entre la maciega. Quedó al acecho. No era difícil emboscarse a tiempo, pero tampoco tenía allí una visual muy amplia. Sin embargo, al acercarse aquel ruido por la senda que él hiciera, en el preciso instante en que era descubierto, Acosta, que ya tenía su arma lista, disparó un balazo que resonó en aquellas soledades, acompañado del golpe de un cuerpo cayendo entre el pajonal. Un momento quedó inmóvil en su posición mientras el eco del estruendo se disipaba y otra vez volvió a reinar el silencio, sólo interrumpido por el murmullo del viento en las puntas de las cortaderas. Después, siempre en guardia, fue avanzando cautamente temiendo una emboscada. Le pareció escuchar un quejido sordo y apenas perceptible. Pero siguió despacio y atento hasta llegar al caído. Por un instante se quedó mirándolo, a la espera de que reaccionara, si que éste se moviera de la posición en que estaba, tumbado con medio cuerpo sumergido bajo el agua y la cabeza oculta tras el bulto de la “maleta” que llevaba. Manchas sanguinolentas aparecían a su alrededor.

Pero, al agacharse para tratar de verle bien la cara no pudo impedir que el herido, desde abajo y con un movimiento que le provocó un profundo jadeo, le abriera el pantalón con un cuchillo, alcanzando a tocarle el vientre, en el que sintió un ligero cosquilleo.

Rápido, de un puntapié en plena frente, Acosta volvió a tumbarlo, y, allí mismo, lo remató de un balazo a quemarropa detrás de la oreja. En seguid, cuando verificó que estaba muerto, le quitó la “maleta” y, sacando los animales que contenía, los fue observando uno a uno casi con indiferencia.

Volvió a meterlos en la misma “maleta”, tinta en sangre del muerto, que se mezclaba con los rastros de sangre de las nutrias recién desventradas. Luego, con esfuerzo, tomó el cadáver de los pies y, sin más testigo que la bóveda del cielo, lo arrastró pesadamente a través del falso albardón hasta que lo hundió en el agua negra, que allí le llegaba hasta la cintura, empujándolo hasta meterlo debajo del embalsado. En aquella inmensidad desierta y triste, sólo quedaban, como rastros del hecho, una huella roja sobre los tallos de las cortaderas y una mancha flotando en el agua del estero.

Luego volvió sobre sus pasos y, recogiendo la “maleta”, se la colocó sobre sí mismo. En seguida, cardando su arma, emprendió el regreso.

Fue entonces que puso atención en algo que, hasta allí, no se había claramente apercibido. Ya dentro del agua había sentido algunas ligeras puntadas en el vientre que fueron haciéndose más agudas sin tener de ello exacta conciencia. También había notado abundante sangre en su pantalón, cayendo por las polainas de arpillera, la que no sospechó que fuera suya. Pero ahora sentía como un chorro caliente deslizándose sobre su muslo y, llevándose la mano al vientre, por el agujero del pantalón, comprendió que estaba herido, y profundamente herido a juzgar por el tajo que descubrió al tacto.

Pero aquello no era nada. Todavía no había llegado su hora y en peores se había visto. No era la primera vez que lo herían ni seguramente la última. Estaba acostumbrado a esos trances y emprendió el regreso calculando cuánto tiempo tardaría en llegar hasta la ranchada.

En su marcha pesada y dificultosa por el estero aún apretó el paso.

Sin embargo, al rato tuvo que detenerse para ajustar la herida bajando el cinto, porque las puntadas se hacían cada vez más frecuentes y dolorosas.

Un trecho más allá se agachó a beber con la palma de la mano un poco de agua del estero, la cual, generalmente, evitaba ingerir, prefiriendo la corriente de los ríos y arroyos. Después se detuvo varias veces para tomar aliento. El trayecto parecía hacerse largo como no lo había sido nunca.

Una y otra vez se detuvo para beber y cobrar fuerzas. El chorro caliente seguía deslizándose por su muslo, llenándolo, ahora, de una siniestra preocupación, mientras el croar sincrónico de las ranas del estero, como un gigantesco motor que no se detenía nunca, golpeaba en sus oídos cual si fuera reviendo mazazos en la cabeza. Cuando ya se acercaba a los límites del ceibal, no pudo más, y, quitándosela de encima, tiró la “maleta” a un costado de la senda. Al rato arrojó también el arma, pensando volver a buscarla al día siguiente. Aquellas paredes de paja medio seca y amarillenta lo ahogaban, lo ahogaban a él que había pasado buena parte de su vida entre ellas. Ansiaba llegar a la costa cuanto antes, salir de esa prisión crujiente y que parecía querer sepultarlo en su seno. Las espinas de rama negra y naranjillo habían dejado nuevas huellas en su rostro. Sus pantalones, raídos, y empapados, venían llenos de barro hediondo y de yuyo lambedor. Y la camisa, también destrozada, tinta con la sangre del muerto, con la de los animales que éste había cazado y con la suya propia, completaban aquel cuadro de sangre, sangre por doquier, que fue hasta hace poco la ley de la maciega y ya ha quedado acorralada en sus últimos confines.

Pálido y tambaleante, sintiendo que la vida se le iba en cada paso, llegó por fin a la ranchada y, acercándose a la orilla, arrancó una hoja de lampasa hincándose para beber con ella ávidamente. Luego retornó a su refugio y, desprendiéndose el pantalón, trató de examinar la herida, de la que seguía manando sangre y en la que sentía una profundísima puntada que, arrancando del vientre, parecía subirle por la columna vertebral hasta hundirse como una daga en su cerebro. Se lavó prolijamente y el contacto con el agua fría pareció hacerle bien porque, en seguida y por un momento, se sintió aliviado.

Como anochecía, se empeñó en encender fuego. Logrólo al fin con verdadero esfuerzo. Pero, no bien hubo terminado la operación, profundos dolores lo obligaron a tirarse en el catre, de espaldas, quedando allí extendido e inmóvil.

Y, al rato, desde abajo del lecho y al golpear sobre una de las latas vacías tiradas por el suelo, comenzó a llegar el sonido metálico y acompasado de las gotas de sangre que caían.

Tac…

Tac…

Tac…

Mientras tanto la lumbre seguía encendida extendiendo una lánguida pantalla de luz hacia las tinieblas del monte y recortando, sobre la pared de paja, las líneas del lecho y la sombra del hombre, cuyo perfil se acentuaba. Hasta que, por fin, comenzó a apagarse. De lejos llegaba el chillido del ñacurutú, el maullido de algún gato montés y el impresionante silencio de la soledad salvaje.

En medio de ese silencio y de la oscuridad nocturna las gotas de sangre, en su fluir intermitente y espeso, seguían su fúnebre y monótono golpeteo.

Tac…

Tac…

Tac…

Lo siguieron toda la noche, la larga noche de invierno, haciéndose más y más distanciadas.

Hasta que, por fin al amanecer, cesaron…

Con los primeros albores, en la ranchada, la quietud era ya serena, mientras el monte se llenaba de gritos de zorzales y chiviros. Y a la distancia, sobre el fondo blanquecino de la aurora, bandadas de patos pasaban volando rápidamente hacia el horizonte.

FUENTE:
https://revistacarapachay.com/2015/10/01/rio-abajo-por-lodobon-garra/

ARTICULO DE LA REVISTA EL CARAPACHAY, SOBRE LA OBRA EL CARAPACHAY DE SARMIENTO

CARAPACHAY POR SARMIENTO

El carapachayo Sarmiento.

Hay una imagen de Sarmiento que sin ser la más conocida es una especie de síntesis y resumen de su condición anclada entre la barbarie y la civilización. En 1855 o 1856 Sarmiento compra un terreno en el Delta de Tigre, cuando llega al lugar, que no era un desierto, y bajando nomás de la chalana que lo transportaba, agarra su carabina y en un arrebato de euforia que ni él mismo puede explicarse, comienza a tirar tiros al aire en señal de afirmación y de festejo. Durante 15 minutos, carga y detona el arma ante la mirada atónita de sus futuros vecinos. La anécdota referida se deja ver, sólo en parte, en el prólogo que Liborio Justo hace de “El Carapachay”, libro póstumo de Sarmiento que recopila los escritos que sobre el delta escribiera entre 1855 y 1883, y en rigor evoca un artículo crítico a la presidencia de Sarmiento publicado en el año 1874 en el diario La Nación. La anécdota, por genial que sea, representa sin embargo una anomalía en el texto, un injerto se podría decir, porque en realidad el prologó de Justo se centra en el rastreo de los antecedentes escriturales de El Carapachay. Se trata de un trabajo minucioso y detallado que recorre uno a uno los textos que antecedieron a Sarmiento, un Liborio Justo genuino, en su mejor expresión.

En lo que tiene que ver con el prólogo en general, la anécdota funciona como un impase en esa especie de historia de la literatura que ensaya Justo, otorgándole a todo el texto un tono justificativo, una impronta se podría decir, que posibilita lecturas tangenciales de la cuestión. En el mismo párrafo y antes de referirse a la anécdota Justo se pregunta como al pasar: “¿Cómo descubrió Sarmiento el Delta del Paraná?” y se responde con mucha perspicacia, “En realidad, podríamos decir que, antes de conocerlo, Sarmiento ya lo había intuido.”. Así planteada la idea de descubrimiento que pone en juego Justo, es una idea que se corresponde no tanto con la figura del que conoce por primera vez sino más bien con la idea del que inaugura, el que da inicio, el que inventa. En esta secuencia diseñada por Justo el descubridor es el creador. Los antecedentes que enumera y describe detalladamente no tienen este carácter inaugural que tienen los escritos de Sarmiento y ese es el punto que la anécdota viene a reforzar, a potenciar. Con Sarmiento, en la visión de Justo, el delta salta del plano ficcional en que lo habían colocado Sastre con su Tempe argentino y las demás narraciones de viajeros, para colocarse en un plano de realidad tangible. El trabajo de Justo es justificativo, entonces, porque en efecto lo que hace es reforzar una idea que ya estaba presente en el trabajo de Sarmiento. La idea de que fue el propio Sarmiento el que inventó el Delta.

La tesis central de Justo es que sólo Sarmiento con toda su prepotencia y su soberbia, era capaz de conjugar los escollos geográficos y políticos con las deficiencias literarias de la época, para convertirlos en una narrativa inaugural capaz de generar un universo nuevo y único como el delta. La imagen de Sarmiento tomando posesión de una isla a los tiros no es entonces una mera anécdota, está ahí para decir algo sobre Sarmiento, está ahí para afirmar algo. Sarmiento tomando posesión de la isla a los tiros, es la imagen con que Justo sintetiza la acción inaugural, creadora y arrebatadora de Sarmiento respecto del delta.

En este sentido, El Carapachay de Sarmiento sin ser un texto conocido, ni siquiera dentro de la obra de Sarmiento, tiene sin embargo algo inaugural, pone en juego lo mejor y lo peor de un Sarmiento que ya no está en pie de guerra con Rosas o Urquiza, ni siquiera con la idea de confederación como lo evidenciaría unos años antes en su Argirópolis. Pero sobre todo porque pone en juego algo que como bien intentó señalar Justo, hasta él no se había puesto en juego. Ese algo es la experiencia vital, la vivencia. A diferencia de los comerciantes y aventureros que hablaron del delta como lo hacen las personas que hablan de lo que no saben; a diferencia de Sastre que aún conociendo el delta había decidido hablar de el mismo como si no lo conociera en absoluto; Sarmiento hablaba del delta como si estuviera hablando de sí mismo, porque Sarmiento conocía bien el delta, lo sentía, lo comprendía, ciertamente también lo quería cambiar en muchos aspectos, pero sus aspiraciones de cambio estaban signadas por un ideal que no era del todo claro mientras que sus narraciones sobre delta se anclaban fuertemente en una experiencia vital. Así, Sarmiento sabía y comprendía lo que ese cambio requería en términos de laboriosidad y en términos de sacrificios. Así, Sarmiento sabía que aquella tierra más allá de su belleza no era un lugar para cualquiera. Así, Sarmiento sabía que sólo desde dentro el delta podía transformarse a ese mismo delta en algo extraordinario. Hasta tal punto Sarmiento creía en esto que no dudó ni por un segundo en afirmar que las tierras en cuestión debían ser propiedad de sus actuales ocupantes o de aquellos que quisiesen ocuparlas de manera permanente. Más aún, desde fuera y desde dentro del estado, como publicista o funcionario, impulsó y defendió la titularización de las tierras del delta por parte de sus actuales dueños, los carapachayos, una idea, que como se dijo en algún lado pondría en aprietos a más de un detractor del sanjuanino.

El carapachay, como se dijo, tiene algo inaugural y como se dijo también, esto no es ajeno a las propias intenciones de Sarmiento. Todos los escritos, que corresponden a épocas muy diferentes de su vida, ponen en juego está idea, muy típica del sanjuanino, de que es gracias a él que el delta existe. Pero uno en especial lleva esta cuestión a un plano mucho más sofisticado y complejo que los demás. De entre todos los artículos aquel con el que empieza el libro y del cual les presentamos a continuación un breve fragmento, pone en funcionamiento un enorme aparato de significaciones cuyo objetivo, podría decirse, es otorgarle a esa parte del mundo desconocida, hasta por la ciudad de Buenos Aires, un origen mítico. El mito de origen necesario, indispensable para toda construcción potente y estable. El mito de origen necesario para toda construcción trascendente.

En este sentido, el intento de Sarmiento es un intento fallido en varios aspectos. Ninguna de sus aspiraciones llegó a buen puerto, los carapachayos nunca tuvieron su tierra en la forma en que Sarmiento quería que la tuviera. El desarrollo sostenido e indefinido augurado para el delta, nunca se concretó en el sentido que Sarmiento lo imaginó. Las riquezas que se generarían en el delta a partir del mimbre, el durazno y la naranja sólo se dieron en algunos periodos de la historia y en ningún caso dieron lugar a una industria durable. Y así prácticamente con todas y cada una de las predicciones realizadas por Sarmiento. Con todo, en lo que tiene que ver con la narración construida por Sarmiento en torno al delta, El carapachay sigue siendo aún hoy y a pesar de su poca difusión, una de las narraciones más fieles, creíbles y potentes que sobre el delta se hayan escrito. Por esto, pero también por el reconocimiento de algo así como una deuda, la inclusión de este clásico en el primer número de esta, nuestra Carapachay, era algo ineludible.

Los dejamos entonces con este gran fragmento de “El carapachay” de Sarmiento, para que lo disfruten.

Luciano Guiñazú

TEXTO ORIGINAL DE SARMIENTO

El Carapachay, imágenes de las islas del delta del Paraná

Formación. Tradiciones. Tiempos heroicos.[1]

De los misterios de la creación la pobre observación humana no ha podido comprender sino aquello que por su naturaleza prosaica, misterios no podían ser. Hínchase a veces la tierra, y como el Monte Nuevo de los alrededores de Nápoles, produce de la noche a la mañana una imperceptible arruga de su superficie, una montaña; pero de aquellas antiguas revoluciones que marcan las diversas capas que componen su costa sólida, aquel sucederse a lechos de mar, rocas, y a éstos lagos dulces, como si montañas, lagos y mares hubiesen andado vagando y empujándose sin saber dónde fijarse definitivamente, nada se comprende en cuanto a las épocas, duración, agentes motores, y motivos de su inercia actual.

Otro procedimiento de creación lenta se presenta a nuestra vista en todos los países del mundo, y por lo que nos interesa actualmente, vamos a describir acaso el más notable por su extensión que se efectúa hoy en todo el globo.

Son las aguas el agente más destructor que se presenta a nuestros ojos, sin que las rocas más duras resistan a su acción disolvente, por lo que con sus avenidas, sus torrentes y sus ríos, concluirán por desbaratar todo el globo, si no les estuviese encargada otra obra de reparación , depositando en lugares marcados las partículas terrosas que acarrean consigo. Al confundirse sus raudales con el mar, los ríos encuentran una corriente inversa que perturba su marcha, y deteniéndose a veces con la marea, haciéndolos desandar su camino, tienen que purificar sus aguas deponiendo el impuro limo que arrastran.

En la boca de cada arroyuelo se forma un depósito que se llama barra, cuando aún no aparece a la superficie, y en los grandes ríos la barra se apellida delta, después de que se ha consolidado y levantándose lo bastante para quedar en seco. El río tiene dos embocaduras por los dos costados del triángulo, y sucediéndose nuevas deltas, estas embocaduras varían el número y dirección de las bocas de los ríos. Contabasele al Nilo siete bocas, tiene otras tantas el Mississippi, y cada una de estas grandes arterias del movimiento visible de las aguas y de la tierra es un largo drama de luchas, de despojos y de conquistas. El hombre cubre hoy con sus ciudades y campañas labradas las deltas del Egipto, del Indo y del Ganges. Venecia está fundada sobe las islas de la delta del Adige y el Po.

El cabo San Antonio y el cabo Santa María señalan en el mapa los estragos que hizo el Río de la Plata al hacer su primera irrupción en el Atlántico. Tan grande es la abertura, que Solís la tomó por bahía y engolfó sus carabelas río arriba, buscando paso al que otro más afortunado llamó después mar Pacífico. La obra de reparación es más colosal todavía, principiando la delta del Plata en San Nicolás, y alcanzando ya hasta la altura de San Fernando, en las islas que subdividen el Paraná Guazú, Miní y de las Palmas, sin contar los centenares de arroyos subalternos que en otro estuario pasarían plaza de caudalosos ríos. La obra subacuática continúa hacia la embocadura del Plata por el Paraná de las Palmas, el banco Ortiz, y el inglés de fatídica presencia, que es la última delta que está preparando para tiempo y pueblos futuros. El Río de la Plata se embanca rápidamente en toda su extensión y en pocos siglos más Buenos Aires habrá dejado de ser puerto, y porteños se llamarán sólo los que pueblen la Ensenada para entonces el puerto hábil del río, o el Salado, el gran emporio del Atlántico, que como Nueva York, tendrá a su respaldo el Hudson y la zona, cuyas entradas guarda.

Las islas vienen invadiendo a pasos rápidos o más bien marchan hacia el mar, y el instrumento y la operación de hacer islas está a la vista de todos. Cuando el banco arenoso empieza a acercarse a la superficie, nace el junco, que eleva sus hilos de manera de juntar una apariencia de tierra que aún no existe. Pero el juncal es una coladera inventada por la naturaleza para forzar el agua a detenerse y deponer el limo amarilloso que da color, con lo que se forma el terreno vegetal. Las cardas, espadañas y otras plantas acuáticas nacen sobre este lecho que el junco les ha preparado, y ya puede decirse que la tierra comienza a emanciparse del dominio de las aguas y a respirar el aire vital. Muy pocos años se necesitan para que la nueva creación se engalane con el ceibo de flores de color aterciopelado y que sólo vive en el límite fangoso de las tierras sumergibles. Entonces la tierra está hecha, feraz cubierta de plantas acuáticas que crecen sobre un terreno tibio, húmedo, de color amarillo, como el río su padre, cual si el agua se hubiese consolidado y recargado de estos vegetales que lo constituyen una verdadera tierra de bruyére para el cultivo de plantas de conservatorio. El Junco es el primer día de la creación de islas; las cardas y el ceibo hacen la mañana y la tarde del día segundo. Sobre los frágiles juncos se mece luego el blandengue[2], avecilla de cuero colorado por imitar a los ceibos floridos, mientras que la tierra incuba larvas que devoran las hojas anchas de las plantas acuáticas. Un roedor sin nombre es el primer cuadrúpedo que reina en esta creación embrionaria.

Mientras el junco avanza como una guerrilla de descubierta, y se crea la tierra nueva, las islas de más antigua data se ha secado a los huracanes lo bastante para dar nacimiento a otras plantas de composición más esmerada. Figuran como arbusto la Rama Negra, el Sarandí, el Amarillo, el Miní. Descuellan el Laurel, la Cuaca, el Canelo, y otros arbustos de adorno y árboles de leña. Manadas de carpinchos (babirusa) frecuentan sus costas, bañándose en los canales las noches de luna, y guareciéndose de día entre las enredaderas que entretejen las plantas, arbustos y árboles en impenetrables masas de verdura. Y esta es la mañana del día tercero, que la tarde la forman los duraznales que empiezan a mostrarse de trecho en trecho con sus sábanas de flores rosadas en la primavera y sus dorados frutos en el otoño. ¡Cómo hacer comprender al habitante de ciertas regiones de la fértil Francia, donde pueblos enteros viven de cultivar en abanico los duraznos arrimados a paredes de ladrillo construidas al efecto para que ayuden con su calor artificial el proceso de la vegetación; cómo hacerles comprender, decíamos, que hay islas encantadas donde crecen espontáneamente los duraznos y cubren la superficie del río con sus flores deshojadas o sus frutos desperdiciados, que son un don de Dios, sin otro dueño que el que tiende la mano a cogerlos, y que exporta, no en canastillas de mimbre por docenas, sino en lanchas cargadas de borda a borda para vender por un maravedí el cinto a los habitantes de la ciudades! Pero ¿qué diría si añadimos que a la región de los duraznos se sucede la de los naranjos que ocupan islas enteras, y una sucesión de islas que abraza veinte o treinta leguas, sin ser celebradas como el verdadero jardín de las Hespérides, tan cierto es que el hombre en sus sueños poéticos, no hace más que presentir o adivinar la belleza que Dios creó, y existe y él no hace más que idealizar?

Más arriba las islas son altas, el tala desarrolla su espinoso ramaje como en el continente, y la gramilla, y la cola de zorro invitan los ganados a pacerlos. Discurren venados y gamas[3] por aquellas soledades y persíguenlos tigres hambrientos y feroces, que de isla en isla descienden del Entre Ríos extraviados o huyendo de las inundaciones que penetran en sus guaridas. Entre las enredaderas de flores vistosas hay una que produce una papa suculenta y saludable, y entre las gramíneas hay porotillos deliciosos que suministran grato alimento a los occidentales habitantes de las islas. Las pavas del monte son el rival feliz de los faisanes de la India, y en las islas tienen entre cañaverales sus moradas. Como se ve, la creación está tocando a su apogeo de belleza a medida que se asciende río arriba, hasta las islas de Santa Fe y de Corrientes, cubiertas de bosques seculares, sobre los que descuellan palmeras de madera utilizable, y donde abundan leones, yaguares, osos hormigueros, monos y caimanes voraces.

Tantas maravillas no fueron creadas para dejarlas abandonadas a las alimañas.

El sexto día de la creación de las islas, después de toda ánima viviente, apareció el carapachayo, bípedo parecido en todo a los que habitamos el continente, sólo que es anfibio, come pescado , naranjas y duraznos, y en lugar de andar a caballo como el gaucho, boga en chalanas en canales misteriosos, ignotos y apenas explorados que dividen y subdividen el Carapachay en laberinto veneciano, nombre lógico que presta al país los hombres que lo habitan, al revés de los otros países que dan su nombre al habitante, como de Francia francés, de España español. Aquí existía el carapachayo, sin que hubiera Carapachay, que nosotros hemos tenido que inventar, ya que nos ha cabido el honor de ser el primer Herodoto que describe estas afortunadas comarcas. ¿Es anterior el carapachayo al Carapachay, el contenido al continente insular? Esta cuestión grave esperamos que la someta a concurso el Rector de la Universidad.

Alguna luz puede arrojar la circunstancia notable de que no exista aún la carapachaya, al menos en las proporciones conocidas en tierra firme o en las islas consumadas. En nuestras repetidas incursiones a las islas, no hemos encontrado que revele que haya sido sustraída una costilla al primer carapachayo para hacer de ella la ninfa de las islas, sino es una, que a ser genuina, amenaza constituir una variedad singular de nuestra especie. Llámanla Manuela, para que se parezca a algo de su género en tierra firme y es conocida y temida aún en San Fernando, a cuyo puerto suele arribar manejando diestramente su chalana, a la punta de un largo botador de caña tacuara de las islas. Su figura alta y descarnada, su color cobrizo obscuro, y sus antebrazos extraordinariamente cortos, a guisa de los del yacaré, pegados a un busto breve, seguido de unas faldas en extremo largas, le dan una apariencia fantástica, cuando en las noches de luna deja ver su talla larga de pie sobre la chalana, como una estatua del gusto gótico, blandiendo el botador sobre cuyo extremo apoya el cuerpo sin inclinarse. Cuéntase de ella historias extrañas, y no obstante una fealdad que haría poco honor a su creador, si no la hiciera en vía de ensayo, achácanle seducciones de jóvenes dependientes de San Fernando, a quienes hizo en sus días juveniles derrochar las fortunas de sus patrones, llevando uno a sus islas, cual otra Calipso a gozar de sus espantables encantos, habiendo desaparecido, muerto o ahogado, Dios sabe lo que hubo, sin que la justicia hubiese podido nunca averiguar nada, ni el rumor público justificar sus sospechas, sin creer en la pretendida muerte dada por un tigre que acometió al infeliz, en sus paseos solitarios por el canal de Torito que discurre sombrío y estrecho entre cardones y arbustos que se entretejen de una a otra ribera.

Sea de ello lo que fuere, el carapachay no ha sido extraño a nuestras terribles luchas civiles. El General Lavalle reunió en las islas más de cuatrocientos que formaron el núcleo del ejército libertador. Las islas son un asilo en tiempos de revueltas, y por tanto un antemural contra la tiranía, el orden, la policía y la autoridad. El Gaucho perseguido por la justicia apunta hacia las islas, y cruzando a nado un arroyo puede decirse que ha salvado la frontera del reino del sable y del caballo. Donde la chalana comienza, la Pampa y sus gustos se quedan con un palmo de legua, el Juez de Paz incluso.

Las ocupaciones del carapachayo son análogas a las producciones del país. Corta leña, da caza a los tigres, hace carbón, colecta cuero de nutria, lleva a Buenos Aires lanchas de duraznos, y de vez en cuando algún animoso comerciante arruinado endereza sus negocios, desaparecido de las ciudades, y afiliándose carapachayo para extraer ácido de naranjas o destilar aguardiente de durazno. Las cañas tacuaras son una valiosa producción a la que se añaden timones de arado, masas y camas de carretas, cortados de árboles de madera. Sus alimentos los procuran de la caza y la pesca, que es abundantísima, valuándola en pacúes, dorados, pejerreyes, tortugas, anguilas, armados, sábalos, patíes, bagres y otras variedades. La venenosa raya no oculta su traidora púa, ni los yacarés descienden al río desde sus guaridas de Corrientes y Santa Fe. Apenas uno que otro tigre desgaritado puede verse para embellecer el paisaje y dar color a la escena, nadando en los canales o atravesando majestuosamente el Paraná de las Palmas con todo el soberbio busto sobre las aguas. Si el carapachayo tiene una carabina, lo que es raro, lánzale una bala, y entonces el tigre herido se dirige como un rayo sobre la chalana que medio vuelca con sus robustas garras; la lucha del abordaje comienza, y llueven sobre una manaza los golpes de remo y de facón, hasta que una feliz puñalada, como sabe darlas el gaucho, lo tiende de espaldas dejándose llevar a merced de la mansa corriente del río, mientras una variada del ligero esquife pone en disposición al ufano vencedor de aprovechar de los óptimos despojos.

Aquella vida y estas escenas, la locomoción por agua, los canales tortuosos e ignotos, la independencia de bucaneros, y la habitación nómade en dominios tan extraños, dilatados y solitarios, dan un carácter especial al carapachayo y origen a aventuras, costumbres y sucesos singulares. No es raro ver una chalana cargada, que cual tritones remolcan dos caballos, que el gaucho elevado a la carapachaya orden, no olvida el compañero inseparable de su antigua vida de la costa. A la Pampa ha sustituido el ancho río, a la senda el canal, al caballo el buque. ¿Qué hacer con el caballo? Remero.

Una cruz entre los juncales o al pie de un ceibo señala el lugar de alguna catástrofe, un hombre muerto por un rayo o un tigre, un marino que concluye sus días o un carapachayo asesinado.

Las tradiciones del Carapachay no son menos notables y curiosas. La etimología de la palabra guaraní significa, dicen, hombre trabajado, cara arrugada, algo que indica labor, sufrimiento, rudeza. Nombres guaraníes sirven aun para designar los canales, y hay uno que lleva el de Carapachay por antonomasia. Hay recuerdos de las antiguas carabelas, en el arroyo de este nombre y en el canal del Capitán, el arroyo de Toledo, la isla de Valencia. Los españoles cegaron con buques la Espera, antiguo canal del comercio del Paraguay, y a su lado corre la Esperita, donde como hoy en la punta de San Fernando aguardan las embarcaciones viento propicio o que el contrario amainase.

En una de las grandes islas allende el Paraná de las Palmas, que divide el Carapachay Miní del Carapachay Guazú, encuéntranse vestigios de un templo de los Jesuitas, a cuyas inmediaciones se han propagado a más de naranjos y duraznos, perales, membrillos y manzanos. Por donde quiera en América hállanse los rastros de aquella corporación que todo sabía menos encarnar sus obras en el corazón del hombre; mar tempestuoso de civilización y cristianismo que ha dejado sobre todas las playas remotas ruinas del bien que intentó hacer, pero ruinas y no monumentos perdurables.

Los nombres de los arroyos del Carapachay revelan que han sido las islas habitadas por guaraníes o frecuentadas sus aguas por los pescadores, sin lo cual no habrían distinguido con nombres los canales. ¿Dónde están hoy los insulares que han legado en su idioma aquellos nombres? la verdad es que las islas han sido reputadas hasta hoy inhabitables, y mil consejos ridículas mantienen todavía esta creencia. Cuéntase de un francés que, enamorado de las plantaciones de un carapachayo, hubo de comprarle su isla y de regreso a Francia despachó a su hijo con una colonia de obreros. Mas la nave surcó en vano el río, recorrió con la carta los lugares, sin encontrar la isla encantada que había desaparecido sumergida por las creces del Paraná. El Director Pueyrredón poblará su isla cerca de Zárate, y tres mil vacas pacían tranquilas tres años había, hasta que sobreviniendo la inundación perecieron todos los ganados ahogados; porque el Paraná, como el Nilo y los ríos de alta alcurnia, tiene inundaciones periódicas, doblando su caudal por las lluvias de las zonas tórridas que esconde sus misteriosas cuanto lejanas fuentes.

Hasta aquí llega la parte heroica y mitológica de las Islas, de que no podíamos prescindir para dar cuenta de lo que es hoy el Carapachay, a fin de presagiar lo que será mañana.

Nota: Las notas de Liborio Justo referenciadas: nota al pie n° 2 y n°3, corresponde al original de “El Carapachay” que fue corregido y prologado por Liborio Justo.

[1] El presente fragmento pertenece a “El Carapachay” de Domingo Faustino Sarmiento. Fue tomado en su totalidad de la edición de Eudeba de 1975. Se conservaron las itálicas y la puntuación de la edición, independientemente de su concordancia o coherencia.

[2] Hoy se lo conoce con el nombre de Federal (nota de Liborio Justo)

[3] Se trata, en realidad, del ciervo del pantano y no de venados y gamas, que nunca existieron en las islas del Delta (nota de Liborio Justo).

FUENTE:
https://revistacarapachay.com/2015/05/25/carapachay-por-sarmiento/

viernes, 18 de abril de 2014

DEFINICIONES DE LITERATURA

¿Qué o quién hace que un texto pueda entrar dentro de la categoría literatura? ¿Dónde reside la literariedad? ¿En el carácter ficccional? ¿En ciertas peculiaridades formales, como propusieron los formalistas rusos? ¿En la intención que guía el acto de escritura? ¿En el acto de lectura? ¿En el valor que le asignan ciertas instituciones a determinados textos? Creo que ninguna de esas posibilidades es completamente desacertada.

La literatura nace cuando a alguien (podríamos decir Homero en la tradición occidental europea) toma un hecho histórico sin el imperativo de transmitir su verdad histórica. Mientras que en la vida cotidiana y en la ciencia, el lenguaje lleva implícita una presunción de verdad (ver la máxima de calidad de Grice), la literatura es invención aunque incorpore hechos o personajes reales. Esta caracterísitca la absuelve del criterio de verdad/falsedad. En los textos realistas, el autor busca construir ambientes creíbles, que imiten la vida real, está creando la verosimilitud. Aquí tenemos la ficción.

En esa recreación de materiales y experiencias de la vida, el lenguaje se aleja de su objetivo referencial para volcarse a la creación de mundos, para construir discursivamente un universo que pueda ser vivido y revivido por el lector. Para esto, el lenguaje cotidiano, trillado, sedimentado resulta insuficiente; el lenguaje literario se dinamita, se condensa, se pliega sobre sí mismo, se desvía de lo estable y unívoco, se reinventa a través de juegos y figuras, mira la vida cotidiana desde perspectivas insospechadas; como consecuencia, el universo que emerge es extraño, requiere que la lectura se detenga, se concentre. Dentro de los tropos, la metáfora ha sido elevada a reina de la literatura y destronada por quienes arguyen que no es privativa de la literatura. Si bien es verdad que la vida cotidiana está repleta de metáforas y quizás todo nuestra configuración conceptual sea metafórica, debemos distinguir, siguiendo a Ricoeur, entre las metáforas muertas (aquellas que ni siquiera se perciben como tal, como “pata de la mesa”, “tomar una decisión”, “el ojo de la tormenta”, es decir, las metáforas lexicalizadas y las tradicionales) y las metáforas vivas, aquella que develan nuevas afinidades, que sorprenden, que instauran una nueva realidad.

¿Un texto nace o se hace literario? La mayoría de los textos literarios fueron concebidos y gestados como literatura, pero no todos. Muchos fueron envestidos de carácter literario por sus lectores o por instituciones consagratorias y pasaron a formar parte del canon literario. Por ejemplo, el poema conocido como La Argentina (Lisboa, 1602) de Martín del Barco Centenera fue escrito como ‘historia’ veraz aunque hoy integre el canon de la literatura argentina. Las crónicas de Indias, que se pueden leer como literatura aunque su componente histórico y etnográfico sea ineludible, fueron fuente de inspiración para obras literarias como el cuento “El hambre” de Mujica Láinez y la novela "El entenado" de Juan José Saer. La intertextualidad nos muestra el diálogo diacrónico entre textos y nos permite comprender que no hay fronteras definidas entre la literatura y otros ámbitos del conocimiento humano.
 
FUENTE
MARINA MENÉNDEZ
   

CATEGORÍAS DEL ANÁLISIS LITERARIO

Autor, narrador, sentido e interpretación, tiempo del relato y tiempo de la historia, trama y argumento, intriga y fábula, focalización, analexis y prolexis.

Para comenzar debemos distinguir entre autor, la persona real que escribe, y narrador, la voz que relata o habla en un texto literario. El narrador es un elemento más de la obra, es una construcción del autor y, por tanto, pertenece al universo de ficción. Es incorrecto decir que el narrador es la persona que relata los hechos porque el narrador está dentro de la ficción literaria, no es una persona, y además no necesariamente se identifica con un personaje. Roland Barthes (1966) lo explica así: el autor (material) de un relato no puede confundirse para nada con el narrador de ese relato.

La teoría literaria nos ofrece conceptos e ideas que pueden funcionar como herramientas para abordar un texto. Por definición, todo texto tiene sentido. Además, cada lectura de un texto literario puede abrir un abanico de diversas interpretaciones, que variarán de acuerdo con factores tales como el propio individuo lector, las condiciones sociohistóricas de lectura, la influencia de otras obras, etc. Sentido e interpretación son los primeros conceptos que define Tzevan Todorov en su ensayo “Las categorías del relato literario” (1974). El sentido o función de un elemento en el texto se construye a partir de su relación con los demás elementos de la obra y con la obra en su totalidad. Por tanto, el sentido siempre es correlación. Por ejemplo, cuando el narrador de “El ilustre amor”, cuento de Manuel Mujica Láinez, nos habla de la figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa, ese elemento que al principio del cuento solo es una descripción del personaje cobra un sentido diferente hacia el final del relato, se vuelve contraste de la apreciación entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor.

Otras nociones interesantes para abordar un texto narrativo son las de historia y relato. La historia es una sucesión de hechos en orden cronológico, a esta sucesión natural de acontecimientos también se la conoce como intriga (Segre, 1976) o como trama (Tomachevski, 1925). El relato o discurso es el modo en que el narrador nos presenta esa historia. La sucesión de hechos tal como está presentada en el relato también se conoce como fábula (Segre, 1976) o como argumento (Tomachevski, 1925). El tiempo del relato no siempre coincide con el tiempo de la historia ya que la narración suele romper con esa sucesión natural de los acontecimientos. Esto es lo que sucede cuando la narración introduce acontecimientos previos a aquel que constituye le punto de partida de la narración, a este procedimiento se lo denomina analexis y es lo que comúnmente conocemos por flashbacks. En el cuento “El hambre” de Mujica Láinez, Baitos recuerda escenas anteriores a la llegada a América. También se rompe la sucesión temporal de los hechos cuando la narración anticipa hechos o introduce acontecimientos que han de ocurrir ulteriormente, estos últimos suelen ser introducidos en forma de sueños fatídicos o premoniciones. A esto se lo conoce como prolexis. En el primer párrafo de “Axolotl” de Julio Cortázar, el narrador protagonista declara Ahora soy un axolotl, dato que probablemente pase inadvertido para el lector.

Todorov presenta tres deformaciones del orden cronológico de la historia: encadenamientos, alternancias e intercalaciones. El encadenamiento “consiste simplemente en yuxtaponer diferentes historias: una vez termina la primera se comienza la segunda”, es el caso de La hojarasca de García Márquez y de Rosaura a las diez de Denevi. La alternancia consiste en contar dos historias simultáneamente, como en “La noche boca arriba” de Cortázar. La intercalación consiste en incluir una historia dentro de otra, el ejemplo paradigmático son las historias intercaladas en Don Quijote de la Mancha de Cervantes.

El modo en que están presentados los hechos no solo incluye el tiempo del relato sino también el modo en que el narrador percibe los acontecimientos. Podemos analizar y clasificar los tipos de narradores de acuerdo con varios criterios: la persona gramatical (primera, segunda o tercera), el punto de vista, es decir, lo que sabe o ignora (omnisciente, equisciente o deficiente), su expresión de apreciaciones subjetivas o no (intervencionista o neutral).

El narrador es una voz y también una visión porque esa voz va a narrar desde una (o varias) perspectivas, va a presentar la historia de una cierta manera de acuerdo con su focalización. Imaginemos que el narrador es como la lente de una cámara, lo que percibimos está condicionado por la selección, el modo y el orden en que la voz narradora nos presenta los hechos o datos. Cuando el narrador participa en la acción (es participante), puede hacerlo como protagonista o como simple testigo. En estos casos puede narrar en primera persona como protagonista (cuenta su propia historia) o testigo. Ejemplos de narrador protagonista en primera persona: No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir (“El gato negro” de E. A. Poe), Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir (“Dagón” de H.P. Lovecraft), Me estaba vistiendo con la detención propia de los días festivos, cuando llamaron a la puerta de mi pieza (“Los vestigios de un crimen” de Vicente Rossi. Narrador testigo en primera persona: Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las felicitaciones propias de la época. Lo encontré… (El carbunclo azul de A. C. Doyle), me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse plegaria del desciframiento (El nombre de la rosa de U. Eco). En el cuento “Circe” de Julio Cortázar la voz del narrador en primera persona se cuela en el relato Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre, y más adelante Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía linda pareja con Delia.

Los narradores en segunda persona son los menos comunes, en estos casos el narrador se habla a sí mismo o a otro personaje o al propio lector. Aura de Carlos Fuentes comienza Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Un ejemplo interesante es el de la novela Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, que comienza interpelando al lector así: Estás a punto de leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. Otro ejemplo es El amor propio de Juanito Osuna, de Miguel Delibes .

El narrador en tercera persona no participa de los hechos, no es personaje; por tanto, las formas de la primera persona del singular (yo, me, mi) nunca aparecerán en el texto. Por ejemplo: Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto (La metamorfosis de F. Kafka).

Además de la persona gramatical utilizada por la voz narradora, debemos tener en cuenta la perspectiva del narrador: omnisciente, equisciente o deficiente. El narrador omnisciente sabe y nos cuenta de los personajes más de lo que cualquiera de ellos sabe, nos informa sobre pensamientos, estados de ánimo y sentimientos de los personajes y suele adelantar lo que va a suceder. Esta focalización coincide generalmente con un narrador en tercera persona. El narrador equisciente dispone de la misma información que los personajes o que alguno de ellos, tiene una mirada parcial de los hechos. El narrador deficiente conoce solo una parte de la historia y no sabe lo que piensan o sienten los personajes; es común en estos casos que el lector pueda inferir hechos o relaciones que el narrador no sabe o no comprende. Es importante recordar que la perspectiva del narrador puede variar a lo largo del relato, es decir, la voz narradora puede adoptar sucesiva o alternadamente puntos de vista de varios personajes (como en Pedro Páramo de Juan Rulfo), alternar miradas omniscientes o deficientes, etc. También es posible que un texto narrativo tengo varias voces narradoras, en Pedro Páramo de Rulfo el narrador omnisciente neutral se suspende para dar paso a las voces de diversos personajes y estas voces, a su vez, suelen ser mediadoras de otras voces ajenas. Esta técnica que incluye varias voces narradoras permite crear una mirada estereoscópica de la historia.
 
FUENTE
MARINA MENÉNDEZ
   

CRÓNICAS DE INDIAS

Los viajes de Colón estuvieron guiados por un interés económico: encontrar una ruta hacia el sur de Asia. 
Lo que no sabían en aquella época es que existía el océano Pacífico, por eso Colón creyó que estaba en las Indias Orientales cuando llegó a nuestro continente.

El continente que se llamaría América era un nuevo y desconocido territorio para los europeos, poblado por personas con una fisonomía diferente de la de ellos, que hablaban lenguas diferentes de las de ellos y que tenían una cultura diferente de las de ellos. Diferente no implica ningún juicio de valor. Lástima que los conquistadores no lo entendieron así… y en vez de respetar las diferencias, intentaron eliminarla. En esa lucha desigual entre el europeo invasor y el nativo mucho se perdió: vidas, lenguas, cultura.

Muchos de los que llegaron a estas tierras escribieron notas sobre lo que encontraban, sobre lo que iba sucediendo; a esos textos se los llama crónicas de Indias; CRÓNICAS, porque relatan hechos en orden cronológico, es decir, en sucesión temporal y DE INDIAS, porque ellos creían que habían llegado a las Indias Orientales. Las crónicas son similares a los diarios pero estos son más subjetivos porque el autor/narrador es el protagonista que va relatando los hechos a medida que suceden y registrando las emociones. Las crónicas estuvieron de moda en la Edad Media y sirvieron de fuente de información para la historiografía, la ciencia que se ocupa de narrar la historia. La mayoría de los cronistas de la época de la conquista y colonización de América eran europeos y, por tanto, su testimonio no es neutral sino que presenta una visión etnocéntrica. ¿Qué significa esto? Significa que miraron los hechos desde la perspectiva europea, occidental y católica; una perspectiva que consideraba al europeo-blanco-occidental-católico como el centro (el ombligo del mundo, diríamos hoy) y al otro cultural y lingüístico como lo diferente, lo raro, lo marginal. El etnocentrismo implica la creencia en la superioridad y, consecuentemente, el derecho a dominar al otro. Quien asume una postura etnocéntrica no es capaz de ponerse en el lugar del otro.

¿Las crónicas de Indias son textos literarios o textos históricos?

Esta es una pregunta que puede tener varias respuestas aceptables. Para empezar, tendríamos que definir qué es la literatura. Si consideramos que la literatura se define por su carácter ficcional, es decir, por ser un ámbito en el que los conceptos de real/verdadero y falso/mentira no son aplicables porque el autor no tiene una pretensión de verdad, entonces las crónicas no serían literatura ya que los cronistas pretenden dar testimonio de los hechos. Sin embargo, las crónicas de Indias presentan muchas características que son propias de la literatura como el estilo, que imita al de las novelas de caballería de la Edad Media. Pensemos que los cronistas se deben de haber sentido aventureros descubriendo esta nueva tierra exótica, siendo participantes de un hecho histórico tan importante como el descubrimiento de un continente… ¿no creen que se habrán sentido como los personajes de las épicas y novelas que leían? ¿No creen que se habrán asombrado y les habrá parecido fantástico todo lo que encontraron aquí: animales, plantas, paisajes y costumbres que alimentaron su imaginación? No es raro, entonces, que el estilo de sus crónicas se parezca al de los textos literarios que circulaban en aquella época. Después de todo, la historia es un largo relato que nos cuentan, que nos creemos y que, a veces, descubrimos que ha sido un cuento.

INTERTEXTUALIDAD Y GÉNEROS HÍBRIDOS

Los textos dialogan entre sí, muchos autores toman textos de otros autores y los incorporan (implícita o explícitamente) en sus propias obras. A ese diálogo, a ese entrecruzamiento de textos le llamamos intertextualidad. Además, un mismo texto puede estar construido con varios géneros discursivos, es decir, puede incorporar diversos tipos de textos (poesías, cartas, noticias periodísticas, crónicas, letra de canciones, registros de diálogos cotidianos, entrevistas, ensayos, relatos históricos, etc.). A esos textos que combinan diversos géneros discursivos les llamamos híbridos.

¿Y entonces? ¿Literatura o historia? Ni una ni otra, quizás. Entre la literatura y la historia hay un tercer espacio, una zona de contacto y superposición en la que los límites son borrosos. En esa zona de confluencia, ni la literatura ni la historia tienen soberanía absoluta. Las diversas disciplinas (literatura, música, historia, filosofía, física, política, etc.) son parcelas de un amplio territorio que el ser humano divide para poder estudiar (y conocer) mejor pero esas fronteras que establece el hombre no siempre existen en la realidad.

HISTORIA Y LITERATURA

El primer texto literario de la cultura occidental relata un hecho histórico: la guerra de Troya/Ilión. El gran poema épico español relata la vida de Ruy Díaz de Vivar, el Cid. “El Matadero” de Esteban Echeverría, texto fundante de la narrativa argentina, oscila entre el relato ficcional y la crítica explícita a la situación política y social de la década de 1830. Facundo de Sarmiento también se ubica en ese tercer espacio entre la literatura y el ensayo. Algunos textos de Eduardo Galeanonos regalan espinosas instantáneas sobre la historia latinoamericana. Los textos de Rodolfo Walsh y “Las actas del juicio” de Ricardo Piglia han sido catalogados en el canon de la literatura argentina. El Romance de Luis de Miranda, primer poema escrito por un español en el Río de la Plata, el poema La argentina o La conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera, el cuento “El hambre” de Manuel Mujica Láinez y la novela El entenado de Juan José Saer presentan la recreación literaria de un hecho histórico registrado en las crónicas de Derrotero y viaje a España y las Indias de Ulrico Schmidl, en las crónicas de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz de Castillo, en Historia Argentina del descubrimiento, población y conquista de las provincias del Río de la Plata de Ruy Díaz de Guzmán, primera crónica del río de La Plata, y en la Carta de Isabel de Guevara.

Romance de Luis de Miranda:

Año de mil quinientos
que de veinte se decía
[...]
La ración que allí se dio
de harina y de bizcocho
fueron seis onzas u ocho,
mal pesadas.
Las vïandas más usadas
eran cardos que buscaban
y aun estos no los hallaban
todas veces.
El estiércol y las heces,
que algunos no digerían,
muchos tristes los comían
que era espanto.
Allegó la cosa a tanto
que, como en Jerusalén,
la carne de hombre también
la comieron.
Las cosas que allí se vieron
no se han visto en escritura:
comer la propia asadura de su hermano.

[...]

La Argentina de M. del Barco Centenera:

Haré con vuestra ayuda este cuaderno
del argentino reino recontando
diversas aventuras y extrañezas,
prodigios, hambre, guerras y extrañezas.

[...]

“El hambre” de Mujica Láinez:

[...] Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente.[...]

El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… [...]

Derrotero de Schmidl:

[...] La gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez, al extremo que los caballos no podían utilizarse. Fue tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas; hasta los zapatos y cueros, todo hubo de ser comido. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto. [...]

El entenado de Saer:

[...] el origen humano de esa carne desaparecía, gradual, a medida que la
cocción avanzaba; [...] los pies y las manos, [...] apenas si tenían un
parentesco remoto con las extremidades humanas.

Historia verdadera de Díaz del Castillo:

Hallóse toda la ciudad como arada y sacadas las raíces de las hierbas que habían comido, y cocidas hasta las cortezas de algunos árboles. Agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. No comían las carnes de sus mejicanos, si no eran de los nuestros y amigos tlascaltecas que apañaban. No se ha hallado generación en muchos tiempos que tanto sufriese el hambre y sed y continuas guerras como ésta.

Cap. XII de La Argentina de Díaz de Guzmán:

[...] hambre que sobrevino estaba la gente muy triste y desconsolada; llegando a tanto extremo la falta de comida que había, que solo se daba ración de seis onzas de harina, y esa podrida y mal pesada; que lo uno y otro causó tan gran pestilencia, que corrompidos morían muchos de ellos [...].

Carta de Isabel de Guevara:

[...] Y como la armada llegase al Puerto de Buenos Aires con mil e quinientos hombres y les faltase el bastimento, fué tamaña la hambre, que a cabo de tres meses murieron los mil. Esta hambre fué tamaña, que ni la de Jerusalén se le puede igualar ni con otra ninguna se puede comparar. [...]

BIOGRAFÍA DE TADEO ISIDORO CRUZ

I’m looking for the face I had
before the world was made.
Yeats: The winding stair.


El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desem-peñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… 


El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro 

De Jorge Luis Borges, El Aleph (1949)

Traducción del epígrafe: “Busco el rostro que yo tenía antes de que el mundo fuera creado”, Yeats (poeta inglés).

En este cuento el autor toma de la obra Martín Fierro de Hernández el personaje del sargento Cruz, le inventa un nombre y una historia. La escena final recrea el encuentro entre Cruz como sargento de policía y Fierro como gaucho perseguido que aparece la obra de Hernández.

RUY DÍAZ DE GUZMÁN - 1612

La Argentina - Libro I

Del descubrimiento y descripción de las provincias del Río de la Plata, desde el aso de 1512 que lo descubrió Juan Díaz de Solís, hasta que por muerte del general Juan de Oyolas, quedó con la superior gobernación el capitán Domingo Martínez de Irala

Capítulo I - ¿Quién fue el primer descubridor de estas provincias del Río de la Plata?


Después que el Adelantado Pedro de Vera, mi rebisabuelo, por orden de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, conquistó las islas de la Gran Canaria, que antiguamente se dijeron Fortunadas, luego el Rey de Portugal mandó poblar las islas de Cabo Verde, que están de aquel cabo de la equinoccial, y cursar el comercio de las minas de Guinea, y por el consiguiente el año de 1493 salió de Lisboa un capitán llamado Américo Vespucio, por orden del mismo Rey don Juan, a hacer navegación al Occidente, al mismo tiempo que Cristóbal Colón volvió a España del descubrimiento de las Indias. Este capitán Américo llegó a Cabo Verde, y continuando su jornada pasó la equinoccial de este cabo del Polo Antártico hacia el Oeste y Mediodía, de manera que llegó a reconocer la tierra y costa del Brasil junto al Cabo de San Agustín, que está ocho grados de la parte de la línea, de donde, corriendo aquella costa, descubrió muchos puertos y ríos caudalosos, y toda ella muy poblada de gentes caribes y carniceras: los más septentrionales se llaman Tobaiaras y Tamoios. Los australes se dicen Tupinambás y Tupinás; son muy belicosos, y hablan todos casi una lengua, aunque con alguna diferencia: andan todos desnudos, en especial los varones, así por el calor de la tierra, como por ser antigua costumbre de ellos. Y como de este descubrimiento naciese entre los Reyes de Castilla y de Portugal cierta diferencia y controversia, el Papa Alejandro Sexto hizo nueva división, para que cada uno de los Reyes continuase sus navegaciones y conquista: los cuales aprobaron la dicha  concesión en Tordesillas, en 7 días del mes de junio de 1494, y con esta demarcación los portugueses pusieron su padrón y término en la Isla de Santa Catalina, plantando allí una columna de mármol con las quinas y armas de su rey, que están en 28 grados poco más de la equinoccial, distante cien leguas del Río de la Plata para el Brasil, y así comenzaron los dichos portugueses a cruzar esta costa, por haber en aquella tierra mucho palo del Brasil, y malagueta, y algunas esmeraldas que hallaron entre los indios, de donde llevaron para Portugal mucha plumería de diversos colores, papagayos y monos diferentes de los de África; demás de ser tierra muy fértil y saludable, de buenos y seguros puertos. Quiso el Rey don Manuel dar orden que se poblase, y así el año de 1503 dio y repartió estas costas a ciertos caballeros, concediéndoles la propiedad y capitanía de ellas; como fue la que le cupo a Martín Alfonso de Sosa, que es la que hoy llaman San Vicente, la cual pobló el año de 506; y repartiéndose lo demás a otros caballeros, hasta dar vuelta a la otra parte del Cabo de San Agustín, se le dio y cupo por suerte a un caballero llamado Alfonso de Albuquerque, donde pobló la villa de Olinda, que es la que hoy llaman Pernambuco, por estar sitiada de un brazo de mar que allí hace, que los naturales llaman Paranambú, de donde se le dio esta nominación. Está de la equinoccial ocho grados, el más populoso y rico lugar de todo el Brasil: comercio y contratación de muchos reinos y provincias, así de naturales como de extranjeros. Después de lo cual el año de 1512 salió de Castilla Juan Díaz de Solís, vecino de la villa de Lebrija, para las Indias Occidentales: este era piloto mayor del Rey, y con su licencia, aunque a su propia costa, siguió esta navegación, que en aquel tiempo llamaban de los Pinzones, por dos hermanos que fueron compañeros de Cristóbal Colón en el descubrimiento de las Indias; y continuando su derrota llegó al Cabo de San Agustín; y costeando por la vía meridional, vino a navegar 700 leguas, hasta ponerse en 40 grados, y retrocediendo a mano derecha descubrió la boca de este gran Río de la Plata, a quien los naturales llaman Paraná guazú, que quiere decir río como mar, a diferencia de otro de este nombre Paraná, que así este lo es de forma, que es uno de los más caudalosos del mundo; por el cual Juan Díaz de Solís entró algunas jornadas, hasta tomar puerto en su territorio, donde pareciéndole muy bien, puso muchas cruces, como quien tomaba posesión en los arenales, que en aquella tierra son muy grandes: y teniendo comunicación con los naturales, le recibieron con buen acogimiento, admirándose de ver gente tan nueva y extraña: y al cabo de pocos días sobreviniéndole una tormenta, por no haber acertado a tomar puerto conveniente, salió derrotado al ancho mar, y se volvió a España con la relación de su jornada, llevando de camino mucho brasil, y otras cosas de aquella costa  de que fue cargado; y el año de 1519 Hernando de Magallanes, por orden de Su Majestad, salió a descubrir el estrecho, que de su nombre se dice de Magallanes para entrar en el mar del Sud en busca de las Islas Malucas, ofreciéndose este eminente piloto, de nación portugués, a descubrir diferente camino del que los portugueses habían hallado, que fuese más breve y fácil; y armando cinco navíos a costa de Su Majestad, metió en ellos 200 soldados de mucho valor, y partió de San Lúcar en 20 días del mes de septiembre; y llegando a Cabo Verde, atravesó con buen viaje el Cabo de San Agustín, entre el Poniente y Sur, donde estuvieron muchos días comiendo él y sus soldados cañas de azúcar y unos animales como vacas, que llaman antas, aunque no tienen cuernos: de aquí partió el siguiente año, último de marzo para el mediodía, y llegó a una bahía que está en 40 grados, haciendo allí su invernada; y reconocido el Río de la Plata, fueron costeando lo que dista para el estrecho hasta 50 grados, donde saltando siete arcabuceros a tierra, hallaron unos gigantes de monstruosa magnitud, y trayendo consigo tres de ellos, los llevaron a las naos, de donde se les huyeron los dos; y metiendo el uno en la capitana, fue bien tratado de Magallanes, asentando con él algunas cosas, aunque con rostro triste; tuvo temor de verse en un espejo, y por ver las fuerzas que tenía, le hicieron que tomase a cuestas una pipa de agua, el cual se la llevó como si fuera una botija perulera: y queriendo huirse, cargaron de él ocho o diez soldados, y tuvieron bien que hacer para atarlo, de lo cual se disgustó tanto que no quiso comer, y de puro coraje murió: tenía de altura trece pies, y algunos dicen quince. De aquí pasó adelante Magallanes a tomar el estrecho, haciendo aquella navegación tan peregrina en que perdió la vida en las Malucas, quedando en su lugar Juan Sebastián Cano, natural de Guetaria, el cual anduvo según todos dicen 14000 leguas en la nao Victoria: de donde se le dio un globo por armas, en que tenía puestos los pies, con una letra que decía: primus circumdedisti me; y no pudiéndole seguir en esta larga jornada Álvaro de Mezquita, dio vuelta del mar del Norte para España, donde llegado dio noticia de lo que hasta allí se había descubierto y navegado; por manera, que de lo dicho se infiere, haber sido Américo Vespucio el primero que descubrió la costa del Brasil, de quien le quedó a esta cuarta parte del mundo su nominación; y Solís el que halló la boca del Río de la Plata, y el primero que navegó y entró por él; y Magallanes el primer descubridor del Estrecho, que costeó lo que hay desde este Río de la Plata hasta 56 grados de esta tierra y sus comarcas.
   

BORGES Y SARMIENTO

El general Quiroga va en coche a la muerte
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)


El madrejon desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frio del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una arania.

El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galeron enfatico, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.

Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.

Esa cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿que ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.

Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?

Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de punialadas lo mentó a Juan Manuel.

Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.

   

jueves, 17 de abril de 2014

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

CIUDAD DE MÉXICO.- El premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez, de 87 años, falleció hoy en su casa de esta ciudad.

Afincado en México desde hacía más de tres décadas , el destacado escritor vivió sus últimos años retirado de la vida pública y en sus escasas apariciones prefirió no hacer declaraciones a la prensa.

El colombiano es considerado una de las principales plumas de la historia de la literatura en español y autor de algunas de las novelas más aplaudidas del siglo XX, como su obra cumbre, Cien años de soledad (1967).

Gabo o Gabito -como lo llamaban sus amigos y sus hermanos- recibió numerosos reconocimientos, además del Nobel, a lo largo de su carrera, entre los que se destacan: el Premio Dimitrov de Bulgaria, la Condecoración del Águila Azteca de México y la Orden Félix Varela de primer grado de Cuba. Asimismo la Universidad de Columbia le otorgó el doctorado honoris causa y el gobierno francés lo galardonó con la Legión de Honor.

Nacido en Aracataca, un pequeño municipio del departamento de Magdalena, el escritor experimentó desde muy chico su acercamiento al mundo de las letras. Según él mismo contó en algunas entrevistas, se topó casi por casualidad con el clásico de la literatura Las mil y una noches, que sus abuelos tenían guardado. A partir de allí empezaría su amor por los libros y por la creación de mundos imaginarios.

FUENTE
LA NACIÓN