viernes, 10 de agosto de 2018

ACTIVIDAD - EL CARBUNCLO AZUL

 GÉNERO POLICIAL 

ACTIVIDAD

1) ¿QUIÉN ES EL NARRADOR EN ESTE RELATO? ¿EN QUE PERSONA LO HACE?

2) ¿CÓMO DETERMINA S. HOLMES LAS CARACTERÍSTICAS DEL DUEÑO DEL GANSO?

3) ¿CÓMO SE DA CUENTA S. HOLMES QUE EL DUEÑO DEL GANSO NO TIENE NADA QUE VER CON EL ROBO?

4) ¿QUÉ ARGUMENTA S. HOLMES CUANDO DEJA EN LIBERTAD AL LADRÓN?

EL CARBUNCLO AZUL
DE ARTHUR CONAN DOYLE

Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi amigo Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las felicitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evidentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mugriento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de examinarlo.

-Veo que está usted ocupado -dije-. ¿Le interrumpo?

-Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que poder comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolutamente trivial -señaló con el pulgar el viejo sombrero-, pero algunos detalles relacionados con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos.

Me senté en su butaca y me calenté las manos en la chimenea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales estaban cubiertos de placas de hielo.

-Supongo -comenté- que, a pesar de su aspecto inocente, ese objeto tendrá una historia terrible… o tal vez es la pista que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.

-No, qué va. Nada de crímenes -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Tan sólo uno de esos incidentes caprichosos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delictivo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.

-Ya lo creo -comenté-. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres completamente libres de delito, en el aspecto legal.

-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los papeles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sutherland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el recadero?

-Sí.

-Este trofeo le pertenece.

-¿Es su sombrero?

-No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguientes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad, Peterson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, regresaba de alguna pequeña celebración y se dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de él, tambaleándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el escaparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también del botín de guerra, formado por este destartalado sombrero y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.

-¿Cómo es que no se los devolvió a su dueño?

-Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cierto que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Bakers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.

-¿Y qué hizo entonces Peterson?

-La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se quedó sin su cena de Navidad.

-¿No puso ningún anuncio?

-No.

-¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?

-Sólo lo que podemos deducir.

-¿De su sombrero?

-Exactamente.

-Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?

-Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?

Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa redonda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elástica, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que habían intentado disimular las partes descoloridas pintándolas con tinta.

-No veo nada -dije, devolviéndoselo a mi amigo.

-Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

-Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.

Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire introspectivo tan característico.

-Quizás podría haber resultado más sugerente -dijo-, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de probabilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atraviesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que sobre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la bebida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.

-¡Pero… Holmes, por favor!

-Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio -continuó, sin hacer caso de mis protestas-. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuentra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.

-Se burla usted de mí, Holmes.

-Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?

-No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?

A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apoyado en el puente de la nariz.

-Cuestión de capacidad cúbica -dijo-. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.

-¿Y su declive económico?

-Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.

-Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?

Sherlock Holmes se echó a reír.

-Aquí está la precisión -dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujetasombreros-. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hiciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra claramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha procurado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.

-Desde luego, es un razonamiento plausible.

-Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinando con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado dentro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de sudor del interior son una prueba palpable de que el propietario transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.

-Pero lo de su mujer… dice usted que ha dejado de amarle.

-Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acumulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.

-Pero podría tratarse de un soltero.

-No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mujer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.

-Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?

-Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por casualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escaleras cada noche con el sombrero en una mano y un candil goteante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?

-Bueno, es muy ingenioso -dije, echándome a reír-. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes decíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.

Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par en par y Peterson el recadero entró en la habitación con el rostro enrojecido y una expresión de asombro sin límites.

-¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! -decía jadeante.

-¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? -Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.

-¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! -extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pequeña que una alubia, pero tan pura y radiante que centelleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano.

Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.

-¡Por Júpiter, Peterson! -exclamó-. ¡A eso le llamo yo encontrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.

-¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!

-Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.

-¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Morcar? -exclamé yo.

-Precisamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y forma, después de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor sólo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.

-¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! -el recadero se desplomó sobre una silla, mirándonos alternativamente a uno y a otro.

-Ésa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que harían que la condesa se desprendiera de la mitad de su fortuna con tal de recuperarla.

-Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopolitan -comenté.

-Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del joyero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe -rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el siguiente párrafo:



«Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de haber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como “el carbunclo azul”. James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la condesa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que ausentarse. Al regresar comprobó que Horner había desaparecido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acostumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el tocador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el anterior testigo. El inspector Bradstreet, de la División B, confirmó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al existir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumariamente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligencias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»

-¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía -dijo Holmes, pensativo-. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. Aquí está la piedra; la piedra vino del ganso y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determinar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódicos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos.

-¿Qué va usted a decir?

-Deme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encontrados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperarlos presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.

-Mucho. Pero ¿lo verá él?

-Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos aseguramos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo harán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que inserten este anuncio en los periódicos de la tarde.

-¿En cuáles, señor?

-Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St.James Gazette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.

-Muy bien, señor. ¿Y la piedra?

-Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tráigalo aquí, porque tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su familia.

Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.

-¡Qué maravilla! -dijo-. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el crimen, lo mismo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favorito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangriento. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad. La encontraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y presenta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de carbón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la condesa, avisándole de que lo tenemos.

-¿Cree usted que ese Horner es inocente?

-No lo puedo saber.

-Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?

-Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valía mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.

-¿Y hasta entonces no puede hacer nada?

-Nada.

-En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volveré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presenciar la solución a un asunto tan embrollado.

-Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay becada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimientos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cuidadosamente el buche.

Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercarme a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y chaqueta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el brillante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.

-El señor Henry Baker, supongo -dijo Holmes, levantándose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar-. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al verano que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?

-Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.

Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. Su levita, negra y raída, estaba abotonada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impresión de un hombre culto e instruido, maltratado por la fortuna.

-Hemos guardado estas cosas durante varios días -dijo Holmes- porque esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio.

Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.

-No ando tan abundante de chelines como en otros tiempos -dijo-. Estaba convencido de que la pandilla de maleantes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.

-Es muy natural. A propósito del ave… nos vimos obligados a comérnosla.

-¡Se la comieron! -nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.

-Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fresco, servirá igual de bien para sus propósitos.

-¡Oh, desde luego, desde luego! -respondió el señor Baker con un suspiro de alivio.

-Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el buche y demás restos de su ganso, así que si usted quiere…

El hombre se echó a reír de buena gana.

-Podrían servirme como recuerdo de la aventura -dijo-, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.

Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.

-Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave -dijo-. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.

-Desde luego, señor -dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el brazo-. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del museo… Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el museo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, estableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una boina escocesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carácter discreto.

Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reverencia y se marchó por su camino.

-Con esto queda liquidado el señor Henry Baker -dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él-. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?

-No demasiada.

-Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.

-Con mucho gusto.

Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un pistoletazo. Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de los médicos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrábamos en Bloomsbury, frente al mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la esquina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.

-Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos -dijo.

-¡Mis gansos! -el hombre parecía sorprendido.

-Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.

-¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.

-¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?

-Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Covent Garden.

-¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?

-Se llama Breckinridge.

-¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.

-Y ahora, vamos por el señor Breckinridge -continuó, abotonándose el gabán mientras salíamos al aire helado de la calle-. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un extremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete años de trabajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocencia. Es posible que nuestra investigación confirme su culpabilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una línea de investigación que la policía no ha encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!

Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, y zigzagueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes tenía encima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, estaba ayudando a un muchacho a echar el cierre.

-Buenas noches, y fresquitas -dijo Holmes.

El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.

-Por lo que veo, se le han terminado los gansos -continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.

-Mañana por la mañana podré venderle quinientos.

-Eso no me sirve.

-Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.

-Oiga, que vengo recomendado.

-¿Por quién?

-Por el dueño del Alpha.

-Ah, sí. Le envié un par de docenas.

-Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted?

Ante mi sorpresa, la pregunta provocó un estallido de cólera en el vendedor.

-Oiga usted, señor -dijo con la cabeza erguida y los brazos en jarras-. ¿Adónde quiere llegar? Me gustan las cosas claritas.

-He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró al Alpha.

-Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?

-Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una nimiedad.

-¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cualquiera diría que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.

-Le aseguro que no tengo relación alguna con los que le han estado interrogando -dijo Holmes con tono indiferente-. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apostado cinco libras a que el ave que me comí es de campo.

-Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres -atajó el vendedor.

-De eso, nada.

-Le digo yo que sí.

-No le creo.

-¿Se cree que sabe de aves más que yo, que vengo manejándolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.

-No conseguirá convencerme.

-¿Quiere apostar algo?

-Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para que aprenda a no ser tan terco.

El vendedor se rió por lo bajo y dijo:

-Tráeme los libros, Bill.

El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la lámpara.

-Y ahora, señor Sabelotodo -dijo el vendedor-, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?

-Sí, ¿y qué?

-Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fíjese en el tercer nombre. Léamelo.

-Señora Oakshott,117 Brixton Road… 249 -leyó Holmes.

-Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.

-Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, proveedores de huevos y pollería.

-Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?

-Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete chelines y seis peniques.

-Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?

-Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.

-¿Qué me dice usted ahora?

Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que incluso le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y silencioso tan característico en él.

-Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink’Up» asomándole del bolsillo, puede estar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta -dijo-. Me atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una información tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigación, y lo único que queda por determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo…

Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz proyectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agitaba ferozmente sus puños en dirección a la figura encogida del otro.

-¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! -gritaba-. ¡Váyanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus tonterías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oakshott y le contestaré, pero ¿a usted qué le importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?

-No, pero uno de ellos era mío -gimió el hombrecillo.

-Pues pídaselo a la señora Oakshott.

-Ella me dijo que se lo pidiera a usted.

-Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí!

Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el preguntón se esfumó entre las tinieblas.

-Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road -susurró Holmes-. Venga conmigo y veremos qué podemos sacarle a ese tipo.

Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupillos de gente que aún rondaban en torno a los puestos iluminados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara había desaparecido todo rastro de color.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó con voz temblorosa.

-Perdone usted -dijo Holmes en tono suave-, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.

-¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?

-Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en saber lo que otros no saben.

-Pero usted no puede saber nada de esto.

-Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.

-Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito -exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos temblorosos-. Me sería difícil explicarle el interés que tengo en este asunto.

Sherlock Holmes hizo señas a un coche que pasaba.

-En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habitación confortable, y no en este mercado azotado por el viento -dijo-. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.

El hombre vaciló un instante.

-Me llamo John Robinson -respondió, con una mirada de soslayo.

-No, no, el nombre verdadero -dijo Holmes en tono amable-. Siempre resulta incómodo tratar de negocios con un alias.

Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del desconocido.

-Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.

-Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por favor, suba al coche y pronto podré informarle de todo lo que desea saber.

El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. No se había pronunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que le dominaba.

-¡Henos aquí! -dijo Holmes alegremente cuando penetramos en la habitación-. Un buen fuego es lo más adecuado para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ryder. Por favor, siéntese en el sillón de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?

-Sí, señor.

-O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta… blanca, con una franja negra en la cola.

Ryder se estremeció de emoción.

-¡Oh, señor! -exclamó-. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?

-Aquí.

-¿Aquí?

-Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo después de muerta… el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se agarró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las facciones contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.

-Se acabó el juego, Ryder -dijo Holmes muy tranquilo-. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego. Ayúdele a sentarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos impunemente. Dele un trago de brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!

Durante un momento había estado a punto de desplomarse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus mejillas, y permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.

-Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?

-Fue Catherine Cusack quien me habló de ella -dijo el hombre con voz cascada.

-Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de hacerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los métodos empleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había estado complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces? Usted y su cómplice Cusack hicieron un pequeño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación…

De pronto, Ryder se dejó caer sobre la alfombra y se agarró a las rodillas de mi compañero.

-¡Por amor de Dios, tenga compasión! -chillaba-. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería el corazón. Jamás hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!

-¡Vuelva a sentarse en la silla! -dijo Holmes rudamente-. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.

-Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.

-¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la auténtica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la piedra al buche del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Díganos la verdad, porque en ello reside su única esperanza de salvación.

Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.

-Le diré lo que sucedió, señor -dijo-. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. Salí como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que está casada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Durante todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me convenía hacer.

»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pentonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo robado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo convertir la piedra en dinero. Pero ¿cómo llegar hasta él sin contratiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían detener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pared, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.

»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los dedos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para hablarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros.

»-¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? -preguntó mi hermana.

»-Bueno -dije-, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.

»-Oh, ya hemos apartado uno para ti -dijo ella-. Lo llamamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.

»-Gracias, Maggie -dije yo-. Pero, si te da lo mismo, prefiero ese otro que estaba examinando.

»-El otro pesa por lo menos tres libras más -dijo ella-, y lo hemos engordado expresamente para ti.

»-No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora -dije.

»-Bueno, como quieras -dijo ella, un poco mosqueada-. ¿Cuál es el que dices que quieres?

»-Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.

»-De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.

»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kilburn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometido una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.

»-¿Dónde están todos, Maggie? -exclamé.

»-Se los llevaron a la tienda.

»-¿A qué tienda?

»-A la de Breckinridge, en Covent Garden.

»-¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? -pregunté.

»-Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude distinguirlos.

»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinridge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las veces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora… ahora soy un ladrón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!

Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.

Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sherlock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.

-¡Váyase! -dijo.

-¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!

-Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!

Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera precipitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.

-Al fin y al cabo, Watson -dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla-, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. Supongo que estoy indultando a un delincuente, pero también es posible que esté salvando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está demasiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabilidad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra investigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.

martes, 28 de junio de 2016

VIDA Y OBRA DE LIBORIO JUSTO

JUSTO, EL OTRO

Liborio Justo fue reuniendo a lo largo de su larga vida sobradas razones para convertirse en un mito. Hijo del general Justo, gritó “¡Muera el imperialismo!” en las narices del mismísimo Roosevelt. Militó en la izquierda y viajó varias veces por el mundo. Y además vivió 101 años. La tierra maldita, que acaba de publicarse, recoge su experiencia de joven aventurero en la Patagonia, la zona antártica y Malvinas y fue un gran éxito en los años ’30. Pero, además, conserva intacta su inusitada calidad literaria y brilla aún como una rareza de la literatura argentina.

Por Claudio Zeiger

Hay veces que la pregunta se abre camino: ¿existió una genuina literatura de aventuras en Argentina? Exploradores o científicos flemáticos, displicentes y caballerescos –esos caballeros de la civilización en medio de la barbarie– como los de Verne o Rider Haggard. Seres que buscan descubrir nuevas tierras, vivir experiencias por afuera de su hábitat citadino y cosmopolita. Aventuras de mar y tierra. Obviamente, pudo haber y hubo aventuras trasladadas de otras aventuras literarias y tamizadas por la propia experiencia, como en el caso paradigmático de Horacio Quiroga, cuentista genial y aventurero vital, pero que probablemente no se consideraría a sí mismo ni como un aventurero ni como un escritor de aventuras. Hay que aceptar que el género de aventuras expresó esencialmente el imaginario imperial, las ansias de conquista, tanto materiales como espirituales, de los civilizadores europeos y norteamericanos. Por eso, orientados por ese lado, poco y nada de literatura de aventuras puede rastrearse en la Argentina (geografía, más bien, de conquistadores, viajeros y exploradores). Pero el escritor- aventurero aun así fue posible. Un tipo de escritor que viajó para salirse de sí, de su mundo y quizá de su condición.

El caso de Liborio Justo, se sabe, roza la leyenda: el hijo del general Agustín P. Justo, presidente entre 1932-1938, que rompió con la tradición familiar y militó en la izquierda de los años ‘30 y ‘40; el hombre que vivió un siglo (1902-2003); el hombre que se dedicó a forestar unas islas profundas del Delta; el escritor revisionista de una obra histórica y sociológica nacional, sobre todo, Pampas y lanzas. Y detrás suyo también se filtró la leyenda de una tierra: la Patagonia como “tierra maldita”, tal la lapidaria afirmación de Darwin. Y entrelazadas con ambas leyendas, el mito del escritor aventurero que viajó y vivió las aventuras y luego las escribió de corrido, entre el humo y el ruido. Según escribió el propio Liborio Justo para la edición de La tierra maldita de 1933: “Estos relatos, que por muchos años el escritor sintió necesidad de escribir y luchó por no hacerlo, fueron escritos, nueve en los últimos quince días de abril y principios de mayo de 1932, y los tres restantes a fines de agosto del mismo año, principalmente en distintas bodegas y cafés del Puerto y de la calle 25 de Mayo de Buenos Aires”.


La precisión de los datos buscan el impacto y el colorido. Escritura febril y rápida, quizá descuidada, algo distraído mirando las escenas que uno puede situar en los bajos de Buenos Aires de esos años, rememorando los sucesivos viajes por los mares del sur, la Tierra del Fuego, las Malvinas, la región antártica, toda la aspereza del viento y el mar en la cara, el pasaje sin tránsito típico de Moby Dick: de perseguir la ballena blanca a echarse en la litera para leer a Platón en los ratos libres. Liborio Justo realizó entre 1925 y 1932 varios viajes por las zonas más australes del Pacífico y el Atlántico viendo de cerca la materia y los personajes de su libro.

Ese pasaje de vivir a contar es el justo y necesario para que nazca el mito del escritor aventurero. El impacto de La tierra maldita de Liborio Justo no pasó inadvertido en su momento. Fue un éxito literario arrollador, una revelación. Alguien mostraba otro mundo después de una incursión que tenía un plus de encanto, algo de gratuito, de apuesta existencial. Alguien volvía para pasarse unas semanas vagando y divagando por bodegones y cafetines y en pocas semanas, arrojaba las prendas de su experiencia sobre la mesa de la literatura prolijita y decorosa que por esos años criticaba el mismísimo Arlt. Un verdadero salvaje. Un auténtico escritor. Un aventurero que podía contarlo.

Pero no fue un espejismo el de quienes sintieron la sacudida de los cuentos de Lobodón Garra (seudónimo que utilizó Liborio Justo para la ocasión). El sacudón aún persiste. En un cálido prólogo de esta edición, Osvaldo Bayer confiesa: “Cuando terminé de leer La tierra maldita me pregunté con reproche:‘¿pero cómo, recién hoy, a los 83 años, he leído esta verdadera joya de la literatura argentina?’”. La expresión, “joya literaria”, le cabe al libro, podría ser la de un diamante en bruto, un diamante negro y legendario del que también se habla en uno de los cuentos.

La construcción del escritor aventurero que el autor redondeó en la nota introductoria, cede lugar a la fascinación desde las primeras páginas, porque los sucesivos cuentos que componen el volumen van tramando la “experiencia” de la tierra maldita con un trabajo literario artesanal y preciso que les confieren a las historias una gran modernidad (y que, dicho sea de paso, contradice bastante la figura del escritor que escribe al calor del recuerdo en los bodegones), especialmente en la plasticidad de las descripciones de paisajes tan duros y aparentemente monótonos, pero donde el ojo observador logra captar una variedad insospechada. Y los personajes: una vertiginosa ronda de hombres (“Patagonia –parece que decía– ¡tierra maldita!, ¡tierra de los hombres machazos y de las almas libres!”) que apenas rozados por los dedos de la aventura y el anonimato, protagonizan historias medulares, definitorias. Todos se juegan el destino en una jornada, en un viaje sin final, en una inmersión profunda en la tragicidad de la naturaleza. Hay cuentos de naufragios, de monstruos antediluvianos, de presos sublevados, de colonos, inmigrantes y refugiados; hay historias de indios sobrevivientes y alguna historia de la Primera Guerra Mundial. Todos son excelentes.

La vida llevaría a Liborio Justo por diversos caminos que lo apartaron de ese volumen de cuentos de La tierra maldita, pero no se le puede negar que los escribió de una vez y para siempre, con el pulso firme de la despedida y el filo de la memoria preciso y luminoso.

La lectura de La tierra maldita tiene muy poco de pintoresco y nostálgico. Sus historias, sus personajes, su estilo y su calidad son una auténtica celebración de la literatura, y de la aventura en su versión más noble: una supervivencia donde la muerte roza al hombre y la vida roza el mito.

FUENTE:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4119-2011-01-02.html

TEXTO DESCRIPTIVO Y EPISTOLAR (EL TEMPE ARGENTINO)

EL TEMPE ARGENTINO, DE MARCOS SASTRE
CAPITULO XIII 
EL CARPINCHO, EL QUIYÁ, EL APEREÁ, EL CIERVO 

De los abundantes recursos con que nos brindan las islas del Paraná, para el sustento del hombre, prefieren los isleños dos cuadrúpedos semi-anfibios, de carne sabrosa y sana: el carpincho o capibara, y el quiyá, impropiamente llamado nutria; ambos pertenecen al orden de los roedores. No es pues el carpincho un chancho como muchos se han creído: lo único en que se le asemeja es en la abundancia de su tocino y en el sabor de su carne, lo grueso de su cuerpo y en lo cerdoso de su pelo que es pardo y tiene debajo otro más corto y fino. Nunca llega a ser tan grande como el cerdo, pues el mayor carpincho no tiene más de cinco palmos de largo; su cabeza es muy corta, parecida a la del conejo, con el hocico mucho más romo, las orejas muy pequeñas, redondas y sin pelo; la boca chica con dos dientes incisivos en cada mandíbula; largos y corvos; carece de colmillos y de cola; las piernas son cortas, y más las de adelante que tienen cuatro dedos provistos de uñas anchas y obtusas ; las de atrás solo tiene tres dedos. Difieren del puerco, tanto por su forma como por su índole y costumbre. El carpincho es el animal más corpulento entre los roedores. Anda mucho en el agua, donde nada y zabulle, sacando con frecuencia la cabeza para respirar, no camina comúnmente sino de noche, sin alejarse de la orilla de agua, porque, corriendo mal, a causa de su excesiva crasitud y de sus cortas piernas, no halla su salvación sino precipitándose en el río cuando se ve perseguido. Dos criados en mi casa, no comen sino vegetales, y no se sirven de sus pies para asegurar la comida. Estos dos carpinchos, con otros más, fueron extraídos del vientre de una carpincha cazada en mi isla. Una de mis hijas los ha criado con leche de vaca, y le han cobrado tal afecto, que la siguen y acuden a su voz. Son de índole mansa y tranquila; ni aun en el estado salvaje acometen nunca a los hombres ni a los perros; no hacen amistad ni riñen con los demás animales. No dudo que la raza pueda fácilmente reducirse a la domesticidad; lo que sería una adquisición útil, por lo apetitoso de su carne y su mucho lardo; por su fecundidad, pues se asegura que dan hasta ocho hijos en cada parto; y por la baratura de su alimento, como que son animales herbívoros. Los que tenemos en casa se han aquerenciado tanto, que a pesar de vivir en entera libertad y en el campo, todos los días, después de satisfacer su necesidad de comer y bañarse, vuelven a reposar y tomar el sol en el patio, y cuando se les deja afuera de noche, bregan por entrar arañando las puertas. Gustan de que los alaguen; se dan con todo el mundo, y no se irritan aunque los maltratan. Los carpinchos pueden clasificarse entre los paquidermos, por lo grueso y fuerte de su cuero; curtido, es de mucha duración, y se le emplea en calzado y otros usos; pero los isleños poco se aprovechan de la piel, porque generalmente destinan el carpincho para su mesa, preparándolo de aquel modo peculiar a nuestro país, que da a las carnes una ternera, un olor y un sabor tan especiales: el asado con cuero. Págs. 268-273.- 

APÉNDICE IV DOMESTICIDAD DEL CARPINCHO 

Desde la segunda edición del Tempe Argentino está en mi poder una interesante descripción de las habitudes de un carpincho domesticado por el canónigo D. José Sevilla Vázquez, en su antiguo curato de Bella Vista, en la provincia de Corrientes. No habiéndola podido publicar en las sucesivas ediciones de mi libro, a causa de su mucha extensión, me he resuelto a darla hoy en extracto: 

Zárate, Diciembre 1º de 1860. 
“Señor D. Marcos Sastre:

                                  “Siendo suscriptor a la Biblioteca Americana del Dr. D. A. Magariños Cervantes, leí con mucho interés el Tempe Argentino de D. Marcos Sastre, que tanto ha llamado la atención de los amantes de la literatura, y hoy he vuelto a leer con igual gusto la segunda edición, en que encuentro nuevas páginas, llenas de instrucción de elocuencia y de verdad; pero lo que más ha llenado de gozo mi alma, lo que más la ha elevado a su altura son los Consejos de oro sobre la educación. Quiera el que todo lo puede que todos lean, estudien, aprendan y practiquen cuanto de noble, santo y bello Vd. ha proporcionado a las madres y a los preceptores. Dios quiera que las madres de los Argentinos pongan en acción los preceptos que Vd. establece para bien y provecho de ellas, de sus hijos y de la sociedad en general. Que los preceptores, verdaderos sacerdotes de la inteligencia, cumplan y observen los Consejos de oro, entonces, no hay que dudarlo, merecerán bien de la patria. La sociedad les agradecerá como agradecer y respetar deben todos a su autor. “La descripción del delta del Paraná y Uruguay, me trajo a la memoria un dicho de Mr. Bompland. En 1842 me hallaba en el pueblo de San Borjas, uno de los siete de Misiones, donde Mr. Bompland poseía una quinta, jardín botánico que él cultivaba por sus propias manos. Ponderando un día lo benigno del clima de las Misiones, lo productivo de su suelo, y sus exquisitas y abundantísimas frutas, añadió dirigiéndose a mí en tono festivo: “Sr. Cura, cuando Moisés prometió a los Israelitas conducirlos a la tierra de promisión, no la conocía ni sabía en qué parte del globo estaba esa tierra; pues si así no hubiera sido, habría marchado con su pueblo, sin descanso, hasta llegar a esta verdadera tierra de promisión, donde nos hallamos”. "Entre los objetos de la historia natural que Vd. describe, ha atraído particularmente mi atención la capibara o carpincho; por haber tenido la oportunidad de observarlo muy de cerca y por mucho tiempo. “En el año 1843, siendo cura de Bella Vista, compré por un real plata un carpincho mamoncito que, a juzgar por su pequeñez, tendría quince o veinte días. Principié a alimentarlo con leche de vaca. A los cinco meses estaba muy crecido, me seguía por todas partes, me acompañaba en mis paseos al rededor del pueblo, y aun en las visitas que hacía a mis feligreses. Cuando en el tránsito encontraba verde y fresca gramilla, solía quedarse saboreando su alimento natural; mas al reparar que yo me había alejado algunas cuadras, levantaba la cabeza, hacía una o más gambetas, acompañándolas con un resoplido, cual si estuviese en el agua, y a grandes saltos llegaba y se rozaba dando vueltas sobre mis pies, de tal modo que me privaba seguir caminando. Estas gambetas, vueltas y revueltas, cesaban cuando yo, acariciándolo, le decía en alta voz: Basta. Si por mi orden, alguno de mis sirvientes le impedía salir conmigo, el carpincho obedecía y quedaba cabizbajo, espiando la ocasión oportuna para la fuga. Rara era la vez que dejaba de conseguirlo, y entonces se presentaba en las casas donde otras veces él me había acompañado. "Todos mis feligreses, hasta los niños de la escuela, querían al carpincho; unos le daban pan, otros chipa (torta de maíz), quien dulce; y rara vez despreciaba el convite. Jamás siguió a otra persona más que a mí y a una sirvienta de color que cuidaba de su alimento. “También me acompañaba al baño, llevando sobre el lomo la ropa, sujeta por una cincha. Llegábamos al puerto, mas el carpincho no se movía de la orilla, hasta tanto que le aliviaba de su carga y entraba yo en el río. Entonces se arrojaba con estrépito y continuos resoplidos. Era cosa digna de notarse, que cuando yo zambullía, me esperaba en el mismo lugar donde yo salía, y nadando a mi lado regresaba a la orilla. “Vd. sabe que no hay, y añadiré, ni puede haber un Correntino que no sea un gran nadador. Las bellas y generosas Correntinas también hacen de ello alarde y tanto, que he visto a muchas hijas de Goya, de Bella Vista, y de la Capital, vadear el río Paraná y regresar casi sin descansar en la orilla opuesta que pertenece al Chaco. Todos a la vez invitaban al carpincho, lo acariciaban y aún lo obligaban a nadar con ellos: pero jamás lo hizo, permaneciendo siempre a mi lado y nadando al rededor. Quedaba en el río mientras yo me vestía; mas viendo que doblaba la sábana, salía a recibir su pequeña carga, marchaba adelante y me esperaba en la puerta de mi habitación, tendido de largo a largo. Ya la sirvienta le había quitado la ropa y entonces recibía un chipá que devoraba en dos minutos. “En un viaje que hice a la ciudad de Corrientes, me embarqué con el carpincho y lo hacía dormir en la cámara. Al segundo día de navegación, el viento contrario nos obligó a tomar puerto, y luego el patacho estuvo asegurado con un cable a un corpulento sauce, rozando su costado con la barranca, un poco más baja que el casco del buque. Salto yo sin plancha a tierra, siguiéndome el carpincho, que muy luego desaparece entre el follaje. Dos largas horas habían transcurrido; el sol se aproximaba al ocaso, y mi carpincho no volvía. Poco después un marinero, que desde lo más alto del palo mayor observaba la costa, me grita: “El carpincho se ha reunido una piara de carpinchos”. Regreso en el acto al buque, subo a la cofa o cruz del palo mayor y le llamo a gritos. El carpincho oye mi voz, la reconoce, deja la compañía de su especie, y ufano y corriendo a grandes saltos por la masiega, llega, salta sobre la cubierta, y mirando a lo alto, esperó que yo descendiera. “Continuaré refiriendo cuanto he observado en mi carpincho doméstico, durante cuatro años, hasta dejarlo en poder del Jefe de la escuadra inglesa en el Plata, Mr. Hotham, quien lo condujo a Inglaterra. Entonces el carpincho era corpulento, manso cual un perro faldero, sufrido como un cordero. Este animal semi-anfibio se reduce con suma facilidad a la domesticidad, a la que se presta de suyo, sin esfuerzo de parte del hombre; come de todo, carne cocida, legumbres; gusta mucho de la mandioca y batata; pero jamás vi a mi carpincho comer carne cruda ni pescado. No era glotón; por el contrario era parco; no despreciaba jamás el dulce, y tanto era así, que recibiendo en los postres su parte, pronto la concluía, y saboreándose volvía por otra. Testigo Mr. Hotham que, enamorado y admirado de su mansedumbre y de sus cualidades, lo llamaba, y luego que estaba a su lado, le ofrecía con su propia mano, colocando sobre la palma, el dulce que el carpincho comía con pulidez. “Los empeños de la amistad consiguieron que cediese mi carpincho, para regalárselo a Mr. Hotham. Yo mismo lo conduje a bordo, donde hallé una casita de madera, pintada al óleo, dispuesta para hospedar al carpincho, dividida en tres separaciones; una con arena, la segunda con su alfombra de triple, la tercera de dos varas y tres cuartas de largo, por dos varas de ancho, llena de agua. Por los periódicos de aquella época supe que Mr. Hotham regresó a su patria, pero nada puedo decir a Vd. sobre mi carpincho desde entonces. “S. A. S. JOSÉ DE SEVILLA VÁZQUEZ.

Nota: Tempe es nombre tomado del Valle de Tempi, en la Tesalia griega, donde el río Pinios desemboca en el mar en forma de delta; un sitio de gran fertilidad próximo al monte Olimpo, el lugar de los dioses.

FUENTE:
http://www.produccion-animal.com.ar/produccion_carpinchos/78-EL_TEMPE_ARGENTINO.pdf

CUENTO DE LOBODÓN GARRA, PUBLICADO EN LA REVISTA CARAPACHAY

La sudestada.

Los lugares más solitarios y desolados de las islas son las costas sobre el río Uruguay. En toda su extensión no se ven sino interminables montes de ceibos retorcidos y añosos y grandes sauces colorados. Ni un alma habita por aquellas casi inaccesibles soledades donde el agua levanta al aire los negros raigones de los árboles caídos. En algunos lugares se extienden inmensas capas verdes flotantes de las que emergen, a la distancia, pequeñas islas con ceibos achaparrados. Las bocas son tan hermosas como tristes. En algunas, como las de Brazo Largo, Brazo Chico, Gutiérrez, etc., los camalotes adquieren enormes dimensiones, varados en medio de juncales desolados y desiertos, que no terminan nunca. Como única expresión de vida, sólo se siente, a veces, el balido de las nutrias y se ve, de cuando en cuando, el pausado vuelo de alguna garza que se pierde por aquellos lodazales y tierras bajas inhabitables.

Más arriba, frente a la boca del Martínez y del Mosquito, el Uruguay alcanza a tener, según dicen, trece kilómetros de ancho, lo mismo que frente al Ñancay. Por allí ese hermoso y gigantesco río, lleno de bancos y troncos ocultos, adquiere su expresión más grandiosa y bravía y en esa tremenda cancha –por algo los criollos en la zona le llaman “la mar”- desarrollan su más extrema violencia las sudestadas. Un temporal de sudeste en aquel sitio es sencillamente temible y, al abatirse sobre las islas, no respeta ni a la costa misma, arrasando con todo.

Frente al Ñancay es donde esa acción es más apreciable. Allí el río ha avanzado cerca de cuatrocientos metros, sólo en el correr de los últimos años, dejando, como recuerdo de la antigua línea e la costa una ancha extensión donde hoy emergen, de entre las aguas, grandes raigones de árboles que antes crecían en la orilla. La acción del río ha sido tan avasalladora que, en cuarenta años un solitario puesto de la Subprefectura que aún allí existe, ha tenido que mudarse dos veces y el primitivo sitio en que se levantaba queda ahora bien adentro entre las aguas. Es más, el arroyo Las Ánimas, que desemboca en el Uruguay, lo hacía antes en el Ñancay, pero, al ser arrasada la costa de aquel río. Las Ánimas perdió su contacto con el Ñancay y se vierte hoy directamente en él, circunstancia que está en vías de repetirse con el Santos Grande, aún unido al Ñancay en un punto a donde acerca la acción aniquiladora de las aguas.

Y ya que hablo del Ñancay, quiero referirme a esa Ultima Thule, de las Islas del Ibicuy, sitio tan alejado y de difícil acceso –lo es sólo por el río Uruguay- que no muchos conocen dentro de las mismas islas, no obstante haber sido de los lugares poblados desde mayor número de años atrás. Allí, a principios de siglo, vivían Cecilio Lamariño, Feliciano García y Justo Cepeda. En 1906 el gobierno de Entre Ríos concedió 2000 hectáreas a tres alemanes: Luis Ostendorf, Otto Sagamüller y Jorge Weide, con la condición de que introdujeran diversas variedades de árboles de Europa. En la aventura, de todos éstos sólo quedó el último. Se trajo una mujer de Buenos Aires, una bailarina del Paseo de Julio, y allí se estableció. Años más tarde, en 1925, también llegó su sobrino, antiguo violinista, que hoy tiene su plantación cerca de la boca del Ñancay con una linda casita.

En la orilla izquierda, y ocupándola en una larga extensión, está el campo “La Calera” de los “Ingleses”, que en 1923 plantaron 50 hectáreas de sauce. Más arriba, hasta hace tres o cuatro años, última vez que por allí anduve, el Ñancay, rodeado de fajas sombrías y tupidas del monte blanco, estaba despoblado y selvático en un trayecto de kilómetros. Apenas, por ahí, a las cansadas, se alcanzaba a ver algún rancho cuya soledad y aislamiento impresionaba. Pero ahora, me informan que nuevas e importantes quintas han ido surgiendo en los últimos tiempos.

Aún más arriba, en el extenso curso del Ñancay, hay una propiedad donde, en 1922, se hicieron grandes plantaciones que luego quedaron abandonadas. Allí se trató, en 1938, de colonizar la zona trayendo catorce familias ucranianas. Pero debido a la marea del 40 se desanimaron y dejaron el lugar. Sólo quedó una que aún viven en el donde de ese mundo lejano y solitario. Hasta donde llegan mis noticias todos esos campos anegadizos, pero de mayor altura que los del Delta inferior y medio, después de un pasajero intento de plantar yute, en 1944, para lo cual se llegaron, con gran movimiento, a arar 40 hectáreas con tractores Caterpillar, estaban arrendados para hacienda.

En el Ñancay desemboca el arroyo Santos Grande que es mucho más poblado y hasta tiene algunas confortables viviendas de jardín, las que se adivinan muy antiguas, a pesar de que allí la soledad es doble: soledad dentro de la soledad de las islas. No es de extrañar, pues, que para salir de ella sus pobladores hayan contribuido este año a abrir un camino construido por iniciativa particular, el cual partiendo del Martínez, pasa, a través de albardones interiores, por el Ñancay hacia Gualeguaychú. Además, algún día ha de completarse el canal, ya iniciado hasta el Mosquito, que lo unirá al Martínez.

Aquella tarde había varios parroquianos reunidos en el almacén de Tristán, arriba de cuyo mostrador un cartel anunciaba a quien le interesara: “Aviso a los clientes que no se empresta ningún embase”. Allí estaba Salvador Aguilera que tenía un rancho cerca de la boca del Ñancay y pescaba “de firme” con trasmallo, el que colocaba al atardecer y retiraba a la madrugada. De preferencia se dedicaba al pejerrey, con abundancia de “matungos”, aunque asimismo sacaba dientudos, tarariras, mandubíes y bagres amarillos. También estaba Ramón Salazar, que vivía en el Ñancay, arriba de la boca del Santos Chico, solo, en un campo arrendado, cuidando una tropa de vacunos de su propiedad. A su lado aparecía Medardo Peñalva, criollo medio tuerto, que ya blanqueaba, de cejas y bigote hirsuto y espeso, como matas de paja colorada, por entonces arranchado en Las Ánimas, a quien se conocía con el nombre de “Mataojo” y, aunque él sostuviera que “a naides ofiende”, siempre andaba en líos con la Subprefectura por su manía de introducir al país mercaderías sin tomarse la molestia de pagar el correspondiente derecho de aduana. Completaba el número de los parroquianos, bebiendo su copita de ginebra, un holandés llegado tiempo atrás con el propósito, según contaba, de hacer plantaciones de menta, al que la gente conocía como Don Guillermo, quien había venido ese día al almacén con el fin de adquirir mercaderías, viaje que aprovechaba para hacer copiosas libaciones.

Mataojo estaba hablando de los Castro, famosos contrabandistas de la provincia de Buenos Aires, quienes, en una época que recordaba, tuvieron una lancha rápida a la que habían puesto por nombre “Sacale Pelusa”, y ninguna de la Prefectura podía alcanzarla. Hasta que, una vez, incautamente, lancha y conductores cayeron en poder de la autoridad. Luego recordó, como parte de sus aventuras, la ocasión en que, un día de mucha “nieblina”, sorprendido por la prefectura uruguaya, se tiroteó con ella y pudo eludirla metiéndose con su canoa sobre un bando donde, por falta de calado, no lograron alcanzarlo sus perseguidores, trance del que salió con un balazo en una pierna.

Aguilera, que ya había empezado hacía rato a empinar el codo, recordó por su parte, la vez que andaba pescando por el Uruguay con su tío Jacinto Ortiz, “que supo vivir con la india Gregoria”, y vieron llegar por la costa una procesión como de diez o doce que venían “ensuceaos po el barro y entre un lambedoral bárbaro”.

-Estaban vestidos e puebleros y algunoj hasta con valija. Agatas sabían hablar la castilla. Loj habían tráido e la otra banda largándolos en esa costa bruta, ande ni rancho hay, haciéndoles creer que era pa que no los viera la suprefectura, pero que dende áhi podían dir caminando hasta la estación. Querían saber ande quedaba la estación. ¿La estación? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Nos ráimos como locos. Hasta que se enojaron y querían matarnos pa sacarnos la canoa. Algunos tráian mucha plata en las valijas.

Ese día había amanecido nublado y con fuerte viento del sudeste, el que iba arreciando, poco a poco, como amenazando temporal.

Ramón Salazar, que ya se había manifestado algo inquieto, aprovechó una pausa en la conversación y salió hasta la puerta para consultar el tiempo. Luego regresó al mostrador, se hizo servir otra copa y, dirigiéndose a los demás contertulios, anunció:

-Me van a dispensar, señores, pero se está poniendo feo y tengo que dirme pa juntar mij animales.

Y dejó el almacén, llevando algunos vicios que había comprado, los que colocó en su canoa, partiendo con remada pausada a favor de la corriente, ya que el arroyo, por la fuerza del viento, estaba creciendo.

Un rato después, y siempre con el mismo viento, cuando aun no había hecho ni una parte del trayecto, comenzó a caer una llovizna fina y molesta.

Matías Chaparro, propietario y patrón de la chata “Siempre Francisco”, de treinta toneladas, con un cargamento completo de espinillo. Había empezado a cargar muy de madrugada, no obstante lo cual sólo a las dos de la tarde la labor estuvo concluida. Partió en seguida, pero el Ñancay es interminable y sería cerca de las cuatro cuando entró en el Santos Chico, mientras Sabino, el muchacho que le servía de marinero, subía hasta la timonera para alcanzarle algunos mates. Él también seguía con inquietud el fuerte viento que, cada vez más, se iba levantando y lo tomaba de frente, de modo que, en cuanto empezó a lloviznar, se vio obligado a levantar el vidrio delantero, el cual en seguida se empaño con gotitas de agua que le hacían difícil la visión y sólo le permitían distinguir, sin detalles, la masa de los árboles de la orilla del arroyo.

Así fue cómo, al cruzarse con la canoa en que venía Ramón Salazar, quien, remando de espaldas, tampoco se había apercibido de la proximidad de la chata, dado que el ruido del viento tapaba al del motor, se iba sobre ella y, si no hubiera sido por los gritos de Sabino, que se lo advirtió, la hubiera atropellado.

Pero, salvado el percance y marchando en sentido contrario, bien pronto se perdieron mutuamente de vista, tragados por la opacidad de la llovizna, cada uno en busca de su suerte.

Cuando Matías Chaparro llegó al almacén de Tristán ya era tarde y, con el cielo encapotado y lóbrego, oscurecía temprano. Atracó al muelle, detuvo el motor y, con la ayuda de Sabino, extendió una lona ancha sobre su carga.

Al entrar al Almacén, todo empapado, una lámpara iluminaba la escena y, entre el ruido de los chiflones, parecía que se había desatado la furia del viento.

Don Guillermo ya se había ido y sólo quedaban allí Mataojo y Salvador Aguilera, quien, tan locuaz como al principio, seguía su charla:

-¿Se acuerda, Don Peñalva, cuando nos tocó salvar a unos que armaron un viaje con el gringo Basic pa llegar hasta la Amazona? Habían salido e Güenos Aires en un barco e fierro que acomodaron pa el caso y hasta llevaban contratos con Uropa pa cazar tigres y sonceras pa venderle a loj indios. Pero, al llegar a la boca del Ñancay, una sudestada loj echó a pique y tuvieron que ganar la costa, ande pasaron la noche trepaos en una pila de madera, pidiendo auxilio.

“Es que el Uruguay es bravo cuando se enoja, amigo. El Uruguay ej un loco. Hay que tenerle miedo al Uruguay.

“Antes, pa surtirme, tenía que bajar hasta el almacén e Herrera, en el Brazo Largo. Una vez que diba con mij hijos, me agarró un temporal en la boca e La Tinta y, por suerte, pudimoj atracar en la costa con las provisiones que llevábamos. Sacamos la canoa a tierra y la dimos güelta pa que nos sirviera e techo. Nos quedamos áhi como tres días esperando que amainara hasta que, por insistencia e mij hijos, me decidí a seguir. Era una temeridá pero quería que vieran lo que era la mar. ¡Que viento! Pusimos la vela y hacía ruido como e areoplano.

“Otra vez que andábamos en la lancha e un compañero pusimos el espinel y, cuando teníamos que dir a recorrerlo, había un viento que levantaba una marejada bárbara. Yo no quería salir, pero mi compañero insitía.

“-Mirá, hermano, que ya es tarde y el dorao descarna mucho si lo dejamos.

“-Está fiero el tiempo pa salir –le dije-, pero, en fin, si te empeñás, dame eso.

“ Y me tomé casi un litro e vino.

“-Áhura podemos dir.

“En el camino vimos que ningún pescador había salido.

“Apenas cruzamos la boca el Martínez, la sudestada dentro a gopiarnos en el pecho en cada ola y la lancha se no enllenó de agua.

“-Mirá, hermano, que tenés razón. Mejor es que volvamos –me dijo mi compañero.

“-No –le contesté-, seguiremos. Yo soy un marino viejo y vos no sabés que lancha tenés. Tomá, manejá vos.

“Paramoj un rato pa achicar en la escuridá y con gran difucultá pasamos la canaleta e la costa. Hasta que llegamos al banco ande la marejada no era tan juerte.

“-Por lo menos tendremo tiempo e ver la mitá el espinel –me dijo-. La otra la dejaremos. Meté todo, bagre y pejerrey, que después limpiaremos.

“Empezamos por el gallo e la costa, dejando lejoj el del canal. Mientras capiábamos diba recogiendo la línea, metiendo todo adentro con la mayor rapidez. En eso estábamos cuando la lancha dio un güelco que noj hizo temblar.

“-¡Soltá el bolín! –me gritó.

“Terminamos cuando ya estaba aclarando.”

Mientras tanto el viento aun arreciaba. El fío se había intensificado. Por el arroyo el agua subía con fuerza. El frío se había intensificado. Por el arroyo el agua subía con fuerza. Camalote tras camalote pasaban velozmente hacia arriba y la noche se venía con un verdadero concierto del sudeste que parecía traer, a la distancia, algún eco del lejano tronar del Uruguay.

Chaparro, con Sabino, se preparó para pernoctar con su chata después de reforzarle las amarras. Y, ya oscurecido, de tanto en tanto, iluminaba con su linterna, que abría su foco sobre la cortina de la lluvia, permitiendo apreciar el agua que crecía arrastrando una interminable procesión de camalotes semidestruidos.

Cuando amaneció, al día siguiente, seguía la lluvia y el viento, y del agua estaba altísima, ya desbordando sobre el albardón.

Ramón Salazar había llegado a su rancho, la tarde anterior, con tiempo justo para juntar sus treinta animales antes de que oscureciera. Chapaleando entre el agua, que seguía, creciendo, los puso en una alturita que había hecho sobre el albardón, en un descampado, junto a un arroyo cegado por la espadaña, y allí los dejó soportando pacientemente el chubasco, con las ancas al viento, encerrados en un corral de palos de sauce que rodeaba el terraplén.

Pero, al día siguiente, calculó que, como el agua había seguido creciendo y el terraplén estaba muy pisado, nuevamente los animales debían estar entre el agua, que ya había inundado su rancho, por lo que subió en su canoa y, bajo la lluvia, fue a verlos.

Matías Chaparro miró el cielo que seguía lóbrego, tapado con nubes bajas que se desplazaban a la carrera, mientras se deshacían en una lluvia, ahora copiosa y continua, impulsada por un viento que, de más en más, arreciaba.

Con ese tiempo no podía entrar en el Uruguay. Pro tenía apuro en llegar a San Fernando, ya que estaba próxima una serie de días feriados y, si no se anticipaba, quien sabe hasta cuándo no descargaría.

Entró en el almacén para entonarse con una copa. Y, como dejara adivinar su intención de partir, alguien, desde atrás del mostrador, alcanzó a decirle:

-¿Se va, amigo? ¿No le parece que está muy feo?

-Todavía no sé –contestó-. Pero me gustaría estar en San Fernando cuanto antes.

-¡Es claro! –le respondieron -. Usté sabrá ¿no? Cada uno es dueño.

Después salió, puso su motor en marcha, desamarró y partió para acercarse a la boca. Allí vería.

Y mientras Chaparro se iba, Salvador Aguilera que, a causa del temporal también había pasado allí la noche, tirado en un rincón junto con Mataojo, retomó su monólogo rociado con nuevas copas:

-¡Que sudestada! Va a traer una marea grande. Mira con qué juerza sube el agua. Y el viento sigue como si nada. ¡Y aquí que castiga que ej una cosa bárbara!

“¿Se acuerda, don Peñalva, cuando se llevó la casa el viejo Weide? Había subido tanto el agua que tuvieron que dejarla porque se habían levantao los pisos y medio se estaba tumbando. La mujer salvó a nado a una chiquilina que tenían, llevándola hasta un árbol. Pero, cuando volvió pa recoger al viejo, la chiquilina se cayó y se la llevó la correntada. Hicieron muchos disparos e arma pa que vinieran e la suprefectura. Dicen que naides se anotició.

“Pero ninguna como la el 40. ¡Esa si que jué marea! Por un día no se vido más que cielo y agua, ¿se acuerda, no? Apenaj las copas e loj árboles. ¡y la e destrozos que hubo! El viejo Zoilo y su gente tuvieron que hacer un aujero en el techo el rancho y pasaron toda la noche ataos a la cumbrera, abajo e la lluvia. Algunoj arroyos estaban que no se podía pasar con las vacas ahugadas y los trozos e madera e la que se hallaba apilada en la costa pa venderse. El gringo Masakas se pasó la noche tirando las gallinas arriba el techo pa salvarlas, pero el viento en seguida se la voltiaba. Uno e los Aguirre, que andaba e diligencia por el albardón recogiendo las vacas, perdió el caballo al bajarse pa desenganchar un ternero. Lo encontraron cuando venía a pie, trasijado, con la agua hasta la cintura, ya casi duro e frío y empezando a temblar. Si no lo hallan se muere.”

-Yo también pasé las mías –comentó por fin Mataojo-. En ese tiempo yq estaba arranchao en Laj Ánimas y tenía una canoa que hacía agua y estaba pensando arreglar. Justo pa entonces vino la marea. Adentro el rancho había como metro y medio e agua. Tuvimos que subirnos todoj en la canoa y atarla al lao el rancho abajo e la lluvia. Así pasamos la noche. ¡Qué noche! Agua e arriba y agua e abajo.

Matías Chaparro se acercó trabajosamente a la boca. A la distancia llegaba el bramar del Uruguay. Era una locura tratar de salir con ese día, bien lo sabía. Pero el trayecto a hacer por el río era corto. En seguida entraría en el Martínez o, aún antes, en el Mosquito. Su chata era bien marina y merecía su confianza. Sólo tenía una duda: si le “daba” la maquina, un motor Diese, de dos cilindros y 25 caballos. Por lo demás, agua no faltaría.

Ramón Salazar, remando con dificultad entre el viento y la lluvia, llegó hasta el albordón, donde estaban sus vacas. El campo aparecía totalmente cubierto, quedando afuera sólo la punta de los pajonales y las lejanas arboledas. Con la cabeza gacha y el agua hasta las verijas, los animales lo recibieron con lastimeros mugidos que demostraban toda su inquietud.

La “Siempre Francisco” salió de la boca del Ñancay y puso proa al sudeste. El Uruguay era un mar embravecido. Y el oleaje, corto y escarpado, hacía cabecear a la chata levantando grandes columnas de agua que resbalaban sobre la lona volviendo al río.

Atando su canoa en las ramas de un pequeño espinillo, que crecía cerca del corral, con el fin de aguantarla de la correntada, Salazar se quedó mirando impotente, bajo la lluvia, como el agua continuaba subiendo como una amenaza temible y ensombrecedora.

Después de marchar un tiempo entre el silbido del viento y el azote de la lluvia, con el corazón que le latía con fuerza dentro del pecho, Matías Chaparro siguió avanzando, manteniéndose sobre la canaleta de la costa, mientras la proa de la chata levantaba al aire verdaderos penachos de agua que las rachas desmenuzaban en seguida, diseminándolos violentamente sobre la superficie encrespada del río.

Nada podía hacer ya por sus animales como no fuera contemplar, empapado y azotada su cara por la lluvia, cómo el agua, cada veza más, los iba cubriendo, en tanto que el toro bufaba y las vacas redoblaban sus interminables mugidos.

¡Podría aguantase hasta el Mosquito? La “Siempre Francisco” avanzaba, cabeceando, a su marcha máxima, con el timón doblado totalmente a la derecha, luchando contra la presión del temporal que tendía a empujarla implacable hacia la extensa y procelosa playada de la orilla.

Hasta que, de pronto, el toro, que ya casi flotaba, se levantó sobre sus patas traseras y, embistiendo los palos de sauce, destrozó el corral lanzándose decididamente al agua.

Pero llegó un momento en que Chaparro creyó comprender que la máquina no le respondía y, cada vez con mayor inquietud, atendía la marcha de la chata, fija su mirada en la costa que, quizás a causa de su propio temor, a cada instante le parecía más próxima.

En cuanto el Toro se lanzó al agua, Ramón Salazar contempló con asombro cómo el animal nadaba hacia él y, cuando estuvo cerca, con las patas delanteras trató de treparse a la canoa.

Y bien pronto, al asentarse el casco de la chata en el intervalo de dos olas, Chaparro sintió un golpe que lo hizo palidecer.

Ramón Salazar, levantando en alto un remo, descargó un golpe sobre la cabeza del toro, que ya estaba a punto de hacerle zozobrar la canoa, y siguió golpeando hasta que el animal se hundió arrastrado por la corriente.

Matías Chaparro sintió otro golpe, más fuete aún, golpe de la quilla contra el fondo. Y, desde ese instante, cada ola que levantaba a la chata, la dejaba caer, luego, con más fuerza, contra el duro lecho arenoso del río.

Tan pronto como el toro desapareció hacia el campo, Salazar vio ahora, sobrecogido, cómo, por el boquete abierto por aquél las vacas y los novillos se iban lanzando en tropel hacia la canoa, nadando entre resoplidos y con un terrible espanto reflejado en los ojos.

A medida que menudeaban los golpes, intensificados por el peso de la carga, Chaparro comprendió que había perdido el control de la chata, y fue en ese momento que otro golpe, más fuerte aun, seguido de un siniestro crujido, pareció destrozar a la “Siempre Francisco”, que, no obstante, volvió a salir a flote con dificultad.

Los animales, ya en el agua, pujaban tratando de treparse unos sobre otros y, los que hacían punta, levantaban las patas en un intento desesperado de subir a la canoa.

El agua empezó a inundar la bodega y la chata, un poco escorada, volvía a caer, golpe tras golpe, a cada ola, para levantarse, luego, cada vez con mayor lentitud. Hasta que el motor se detuvo.

Entonces, Salazar, tomando el remo por el lado de la pala, comenzó a repartir golpes, mecánicamente, desesperadamente, como quien sabe que de su esfuerzo, sin ninguna vacilación, depende su propia vida.

El casco, en una interminable secesión de golpes, se fue asentando sobre el fondo, en tanto que la silbante marejada pasaba sobre la carga de espinillo, batiendo la lona desgarrada que se sacudía al viento locamente, dando bárbaros chasquidos.

Agotado y a punto de desfallecer, Salazar siguió repartiendo golpes, cuyo eco resonaba entre el resoplar angustioso de los animales que, uno a uno, iban desapareciendo desvanecidos, arrastrados campo adentro por las aguas.

Apoyada ya sobre el lecho del río y cubierta por la marejada, la chata quedó, al fin, tumbada e inmóvil, mientras Sabino, sin alcanzar a utilizar el chinchorro de remolque, que había zozobrado junto a la popa, se sintió arrastrado por el oleaje y, al rato, casi sin aliento, pudo llegar hasta la costa, que no estaba lejos, tiritando entre el batir intensísimo de las aguas desbordadas.

Y cuando, después de un intento que jamás pudo calcular, siempre entre la lluvia y el viento, Salazar se tiró al fondo de la canoa, ya medio anegada, ahí se quedó exhausto, jadeante, sin comprender aún con certeza lo que había pasado.

Todo el día, negramente encapotado, siguió lloviendo y soplando viento del sudeste. Por la tarde, con lluvia intermitente, aun arreció el temporal. El viento se hizo huracanado, con violentas rachas que parecía querer levantar los techos y arrojaban granizadas de lluvia contra las ventanas y sacudían las puertas. Llegaba claramente el ulular de lo chiflones en el monte. Las copas de los sauces se doblaban casi hasta el suelo y sus gajos golpeaban los vidrios. El arroyo aún seguía creciendo vertiginosamente. Impulsado por la sudestada, el Río de la Plata retrocedía desbordando sobre las islas. Los camalotes, deshechos, pasaban como chicotazo. Y el agua subía y subía a medida que el viento continuaba.

Así pasó todo ese día y aun el siguiente. Hasta que, al oscurecer de éste, por fin cesó la lluvia. ¡Qué sensación de placidez cuando no se sintió más su golpea contra el techo! Pero el viento no cedía.

Recién, casi a las 72 horas, poco a poco, el viento comenzó a calmar. No obstante la corriente del arroyo continuaba vertiginosamente hacia arriba.

A media noche, a pesar de algunas ráfagas ocasionales, el desborde del arroyo era ya bastante tranquilo, aunque el agua mantenía su alto nivel sobre el albardón y los camalotes continuaban pasando hacia arriba.

Al otro día, ya sin viento, era evidente que el agua, después de llegar a su nivel máximo, algo había descendido. Quedaba la señal, en los troncos de los árboles, del límite que habían alcanzado. Pero la corriente se mantenía estacionaria.

Más tarde comenzó su marcha descendente. Los camalotes volvían a pasar hora, pero hacia abajo. Y esa marcha adquirió velocidad tendiendo a que el arroyo llegara, en uno o dos días, a su nivel más menos habitual, nivel que nunca es permanente ni preciso.

Mataojo, después de achicarla con una lata, desamarró su canoa, que se llamaba “El murciélago”, y salió remando, de pie, despacio, hacia adelante. Pasó frente al matadero, junto al almacén, con su gran corral de troncos de sauce, de los que colgaban algunos cueros de oveja empapados por la lluvia. Después cruzó al lado del cementerio: cuatro o cinco tumbas visibles, dos con bordes de material, una con cerco de hierro y varias cruces de palo sin ningún nombre. Siguió por el Santos Grande abajo y, luego, por el Ñancay.

Al entrar al Uruguay el gigante estaba tranquilo. Su inmensidad resplandecía iluminada por un sol espléndido y el paisaje se mostraba como regocijado por el fin del temporal.

La costa de las islas blanqueaba con los árboles quebrados. A la distancia se alcanzaba a ver, muy lejana, las barrancas de la costa oriental. Y arriba, sobre el cielo celeste, una enorme bandada de cuervillos, formados en una inmensa V, se internaban sobre el río, cruzando rumbo a la otra orilla, ignorante totalmente de las tragedias y de las fronteras de los hombres.

Liborio Justo (Buenos Aires, 1902 – 2003) fue un escritor y teórico político argentino. También era conocido con los pseudónimos de Quebracho y Lobodón Garra.

FUENTE:
https://revistacarapachay.com/2015/10/01/rio-abajo-por-lodobon-garra/